Florence, de Andrea Echeverri

Parto de una aclaración inicial, dado que en nuestro país no hemos comprendido aún el sentido de la crítica: quien señala los aspectos negativos de un hecho no actúa de mala fe. Es, simplemente, una persona que ejerce su derecho a la opinión y señala lo que, a su juicio, está mal.

Por esta vía (señalar despectivamente a quien no está de acuerdo con lo que nos gusta o con lo que creemos) nos han conducido los políticos. No apoyar las propuestas del ex presidente Álvaro Uribe, por ejemplo, era sinónimo de simpatía con la guerrilla. Y exigir una ciudad limpia, ordenada, equivale hoy a ser godo. Lo curioso es que una persona puede ser antiuribista y, a la vez, odiar la mugre de la ciudad, y no saber entonces si es de derecha o de izquierda.

Ahora bien: llegados a este punto, quiero comentar la última canción de Andrea Echeverri, titulada Florence. La aclaración hecha en los dos párrafos anteriores me será útil para cuando caiga la cascada de calificativos que, desde ahora, sé que serán inevitables: machista, patriarcal…

Andrea Echeverri, a quien admiro por canciones como Maligno y Rompecabezas, hace un homenaje muy merecido a una mujer que, para mí, es sinónimo de valentía. Me refiero a Florence Thomas, quien no calla a la hora de denunciar los atropellos que en este país se cometen a diario contra las mujeres. Leer sus columnas es recordar que en Colombia las lecciones más elementales son las más difíciles de aprender: no golpees a tu novia ni a tu esposa, mucho menos a tu ex pareja; no te creas con derechos de propiedad sobre ella; no la mates porque ya no quiere estar a tu lado; no la acoses laboralmente; no te aproveches de tu condición de profesor para exigirle sexo a cambio de nota; págale lo mismo que a un hombre por su trabajo…

Repito: son lecciones tan elementales y, sin embargo, parece que nos las dijeran en chino. Como cuando nos dicen “No orines en la calle”, “No te cueles en Transmilenio”, “Recoge los excrementos de tu mascota” y parece que nos estuvieran hablando de Física cuántica.

Pero el tema de mi columna es otro: la cantante bogotana le hace un homenaje a la francesa que ha luchado como nadie por los derechos de la mujer, pero su canción es francamente horrible. Supongo que eso sucede cuando uno politiza el arte. Un cantante (o un pintor, o un escritor) no debe poner su arte al servicio de una causa. Muchos lo han hecho y por ello nos resultan tan chocantes. Ahora bien: el arte, es cierto, puede tener una carga ideológica enorme, pero no puede darse el lujo de renunciar a serlo. Sostiene Pereira es una denuncia política contra la dictadura de Salazar, pero no deja de ser una de las más hermosas novelas que nos legó el siglo XX. Y A pesar de vôce, la canción de Chico Buarque, critica lo que sucedió en Brasil hace unos años, sin que su canción suene a mero panfleto.

Lo contrario fue lo hecho por algunos cantantes de la Nueva trova cubana, que nos dejaron canciones espantosas, olorosas a ron y tabaco, en las que hablaban de Cuba como el mejor país del mundo y de Estados Unidos como la reencarnación de todas las pestes de los tiempos modernos. Ninguna de las dos afirmaciones es correcta, pero a ello conduce el arte politizado.

Un artista, repito, puede tener sus simpatías políticas y luchar por ellas a capa y espada; pero no puede permitir que esas ideas se cuelen en su trabajo. Defender el vegetarianismo, como una forma efectiva de frenar el impacto ambiental de la ganadería extensiva, es un acto plausible; pero cantarle a las zanahorias y a la remolacha es de pésimo gusto. Y en eso cae la canción de Andrea Echeverri: “El respeto a la mujer entre todas hay que imaginar, construir e instalar”, “Entre mujeres hagamos conexión, estudia y trabaja, lee a Florence y no uses faja”, “Sé independiente económicamente”… No sé ustedes, pero yo me siento oyendo a un pastor cristiano o a un político en campaña. O a un pastor cristiano haciendo política con su campaña. Un artista, y Andrea lo es, puede decir todo ello sin caer en lista de consejos, con tantos imperativos de por medio.

Finalmente, el riesgo que corre este tipo de ‘arte’ es el encasillamiento. Florence puede convertirse en un himno y, en ese orden de ideas, renunciar a ser canción. Y Andrea Echeverri, de acuerdo con esta lógica, pasaría de cantante a activista. Y eso no está mal, repito. Tampoco, que nuestro vehículo de expresión artística defienda ideales loables. Lo realmente chocante es lo político pésimamente llevado al terreno del arte. Es más convincente La letra escarlata que un coro que repita cien veces “No juzgues a las infieles”, y más categórica Samurai, de Hisako Matsubara, que una canción que defienda la idea de que los padres no pueden imponerle un esposo a sus hijas. Porque en las dos novelas mencionadas hay poesía. Porque en ellas no se cae en el instructivo y se va más allá de lo literal. Porque en ellas abunda lo que falta en la última canción de Andrea Echeverri.