Felices fiestas

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Felices fiestas

Existen momentos cuando miras a un costado y luego al otro, que observas tu entorno, tu realidad, tus objetos personales e impersonales,  tus formas raras de  hacerte un lugar en el mundo; cuando ocurre todo eso y el balance es positivo,  debería aparecer un maestro de ceremonias acompañado de una modelito en bikini tras el sonido de una chicharra de esas que deja sorda a una tortuga, mientras caen serpentinas del techo diciendo que te ganaste el premio del programa; y mucho más en estos días,  cuando intentas caminar por la séptima y se hace imposible transitar con tanta gente en las calles,  o tal vez en las luces del parque bicentenario o  la torre de Colpatria,  en el  show de fuegos artificiales en los centros comerciales,  en la algarabía por gastar dinero infamemente,  en todo eso que hace el último mes del año, el más feliz, independientemente de la calidad de año que se haya tenido.

Sin embargo, cómo no mirar por la ventana y sentir que falta algo, que desde hace años la navidad no es ni será la misma,  que toda navidad pasada fue mejor, pero no toda,  o todas,  vale descartar quince o dieciséis navidades últimas, el nuevo siglo no la ha ido muy bien con la navidad para mí, para mí y unos cuantos que conozco, algunos no los veo hace mucho, y otros les perdí la pista, otros son meros recuerdos felices…  ¿Cómo narrarlo?, ¿por dónde empezar?, cómo acudir a cada sensación, a cada rostro, a cada cosa que fue, es cierto, la navidad en los años noventa fueron las mejores, y cómo no serlo…

El barrio El Tejar en Bogotá está dividido en once manzanas,  la primera de ellas,  la manzana 19, ubicada en la intersección de las avenidas: Primero de Mayo, 68 y del Ferrocarril. Allá mis abuelos construyeron una casa por allá en el año 60,  y allá viví hasta hace algunos años.

Ahora ubiquémonos en cualquier año de la década de los noventa, en una navidad tal vez del 95 o del 96, cuando por fin disfrutaba vacaciones de fin de año y podía despertar a la hora que quisiera.  Recuerdo salir al parque de la manzana a eso de las seis de la tarde. A esa hora ya se encontraban mis amigos del barrio, esos con los cuales aprendí a caminar,  alrededor del parque armando la estructura del pesebre que montábamos todos los años para rezar la novena con todos los vecinos. El color azul plateado del ocaso en el cielo señalaba que en realidad era navidad, y que la navidad en el Tejar era mágica, y así,  el sol terminaba por ponerse dejando una noche estrellada, que acompasaba los movimientos de la madera y el martillo que le imprimíamos para armar el bonito pesebre aquel.  Cómo no recordar los rostros de ellos,  sus rostros jóvenes, sus rostros de dieciséis años así como el mío, sus rostros expectantes a la vida, en fin, así transcurrían los primeros días de diciembre hasta que llegaban las novenas de aguinaldos,  y cuando esto ocurría, una migración de tíos, primos y demás familia extendida de todos los que nacimos y vivíamos allí aparecía en la novena, en el centro del parque,  y cuando esto ocurría siempre aparecían las primas de alguien que no veías de hace una navidad o navidades anteriores,  primas encantadoras, bellas, llenas de magia adolescente.  Cómo recuerdo  aquellas  primas; y después de las respectivas oraciones y villancicos,  un inocente y  mágico beso de navidad esperaba detrás de un árbol en el parque, a las nueve y treinta de la noche.  Vale resaltar que eran los noventa, y que éramos adolescentes, casi niños, de un beso y un obsequio de navidad no pasaba la cosa. 

Llegaba el 24 de diciembre,  todos los que vivían o alguna vez vivieron allí,  o los hijos de quienes alguna vez vivieron allí,  se reunían alrededor del pesebre que con mis amigos habíamos construido,  se repartían regalos a los niños, las botellas de vino y aguardiente rodaban, y  la cita de encontrarse detrás del árbol o de ir a la casa de la abuela de ella a intercambiar regalos,  terminaba por cerrar una historia que culminaba en esa noche de juegos pirotécnicos,  celebraciones y mágicas navidades en la 19 del tejar, que daban el preludio a la fiesta de fin de año, y a la “Quema del Diablo” que organizaban los adultos de aquel tiempo.  

Pero el tiempo y sus cambios,  el cambio de siglo, el Y2K,  qué se yo,  atravesó al Tejar, a la manzana 19, a la mayoría de quienes vivíamos allí,  el tiempo como un viento voraz que todo se lo lleva, terminó por volar entre los años las navidades allí.  Allá ya no hay primas que llegan a casa de sus abuelos puesto que la mayoría de ellos ya están muertos,  las casas vendidas,  y en síntesis no hay razones  de regresar. Ya no hay postes iluminados ni  pesebres construidos por los adolescentes del barrio.  Ya no hay obsequios ni reuniones en los antejardines de las casas, no hay amigos esperando a que llegues en la noche a celebrar con ellos.   Hoy la manzana 19 del Tejar goza de  calles apagadas, de antejardines sin luz,  de un parque vacío,  y de una serie de recuerdos que vagan en el centro del parque o sobre las aceras de la  Manzana. Fantasmas de esos que alguna vez fuimos, se extravían en los nuevos colores del barrio.  El fantasma de mí lo observo desde la lejanía del barrio, sus ojos expectantes y cundidos de sueños reflejando la lozanía de quien aún no se ha enfrentado a la vida de verdad. 

Esas fueron mis navidades, y  por eso puedo decir que toda navidad pasada fue mejor, sin embargo: Feliz Navidad para todos los lectores de Águilas y Moscas, y para el  equipo de la revista esperando encontrarnos de nuevo en el 2017

Felices Fiestas…