Estudiar en el campo: las dificultades de la educación

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Hace unos días hablé por teléfono con un amigo del colegio donde estudié, un establecimiento educativo en la zona rural de Barichara, Santander. Me alegró aquella conversación, pues antes éramos amigos inseparables y en gran parte de las clases nos la pasábamos hablando sobre lo que íbamos a hacer cuando nos graduáramos. Hacía tiempo que no sabía nada de él, y me contó que se había ganado una beca para estudiar en las Unidades Tecnológicas de Santander, en Bucaramanga. La noticia me alegró mucho, ya que en 2016, año en que nos graduamos, solo el 1 % de las matrículas universitarias provenían del campo, y de todos mis compañeros yo fui el único que estuvo en ese 1 %. Ahora muchos de ellos han terminado una tecnología en el SENA, mientras que otros decidieron quedarse en el campo o irse a trabajar a las ciudades.

Luego de esa noticia, reflexioné acerca de todas las cosas por las que pasamos para poder ir a estudiar. Aunque casi todos mis compañeros vivían cerca del colegio, se podían contar casos de quienes vivían a 1 o 1,5 kilómetros de la escuela. Esa cifra es insignificante si se compara con el informe de la organización de la sociedad civil Niñez Ya, presentado en 2016, donde se dio a conocer que en zonas de periferia —como la Amazonía, Guaviare, Vichada y La Guajira— la distancia entre los niños y las instituciones educativas oscila entre los 8 y los 14 kilómetros. Pero sin importar la distancia en que nosotros estuviéramos, si llovía, el barro se metía en los zapatos y se tenía que hacer un gran esfuerzo para poder caminar sin embarrarnos el uniforme. Claro que cuando llovía no era tan malo todo, pues el día se mantenía fresco y, cuando salíamos, los que vivían más lejos no se quemaban las pestañas ni llegaban como un tomate a sus casas por el sol tan fuerte que hacía en verano.

Después le pregunté a mi novia, quien también estudió en el campo, en una institución educativa de San Gil, Santander, si ellos tenían transporte o tenían que caminar como nosotros. Me respondió que sí había, pero no en los primeros meses del año escolar. Entonces ellos tenían que caminar 3 horas, y eso, si los Arenales, unos niños muy pobres que iban de preescolar y tenían que ir hasta el colegio dos veces a la semana porque la escuela más cercana la cerraron, no se iban con ellos, porque significaba media hora más. Luego, con un tono melancólico, me contó la historia de los Arenales y añadió:

—Me pregunto qué será de esos renacuajos, porque no los he vuelto a ver y creo que ya no están estudiando.

La historia de los Arenales me recordó que, hace como dos años, en mi colegio hubo un conflicto porque el rector quería unir las dos sedes que tenían hasta grado 11. Eso significaba que varios estudiantes, los de la sede donde estudié, tendrían que caminar entre 2,4 y 3 kilómetros para ir a estudiar. Al fin el rector logró unir las dos sedes, pero las cosas no salieron tan bien, pues había prometido transporte y, en los primeros meses, a esa promesa le pasó lo mismo que al humo que sale de mi taza de café: se desvaneció sin dejar rastro. En una entrevista que le hice a Alexis Benavidez, un amigo que tuvo que caminar varias semanas hasta que se retiró, dijo:

—La escuela necesita mejorar el transporte. Cuando se caminaba a pleno sol por una hora o cuando llovía, eso era muy “gonorrea”; por eso la gente se cansa.

Luego de unos meses de la unión, la cooperativa del pueblo ayudó con parte del transporte y los estudiantes ponían el resto. Así, mi hermana menor dejó de caminar bajo ese sol asfixiante y pasó a la carrocería de una “Luv” con otros 20 estudiantes.

Por otra parte, no solo teníamos dificultades relacionadas con el transporte, sino con los profesores, ya que muchos de ellos daban clase a 2 grados diferentes, sin contar que a veces esos profesores no eran especializados en el área que dictaban. Por ejemplo, tuvimos un teólogo que nos dio inglés y una trabajadora social que nos dio matemáticas; aunque se esforzaban mucho, no tenían una preparación profesional en esas materias. Por otra parte, en mi salón, cuando estaba en 11°, éramos pocos estudiantes, seis de 11° y cuatro de 10°; pero en las otras sedes de la institución, donde se enseñaba solo hasta 5°, por salón podía haber más de 20 estudiantes de diferentes grados. Esta cifra es pequeña, ya que, según el senador Senén Niño (2017), “la cobertura es deficiente y el sistema educativo no está bien financiado; además, la cantidad de niños por educador es alta si se compara con estándares internacionales que están entre 16 o 19 niños por educador. Hoy tenemos cifras entre 40 y 50 niños por docente”.

A pesar de que en mi colegio ese sobrecupo no es tan alto en comparación con otras zonas del país —como a las que se refiere Senén Niño—, si se tienen en cuenta las dificultades del docente para cubrir los dos cursos, con el tiempo se ven reflejados esos problemas en los resultados de las pruebas Saber. Según el resumen del Índice Sintético de la Calidad Educativa (ISCE) (2017), en esta institución el desempeño en Matemáticas y Lenguaje en educación media fue de 52/100 y 53/100, respectivamente. Las últimas gestiones del rector han permitido que se tenga un profesor por área, pero se sigue enfrentando el problema de tener varios cursos en un salón.

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Las palabras de mi novia sobre los Arenales me dieron vueltas en la cabeza por un buen tiempo, sobre todo la parte de “…creo que ya no están estudiando”. Aunque no es tan sorprendente, ya que, según datos de la fundación Compartir y Fedesarrollo, en 2016, la tasa de permanencia escolar en la zona urbana fue del 82 %, mientras que en la zona rural solo llegó al 48 %;  y, de acuerdo con lo que dijo en 2017 Alejandro Vanegas, director de fomento del MEN en ese entonces, el 62 % de los jóvenes de las zonas rurales no se matriculan en educación media. Eso me hizo pensar en varios amigos que dejaron de estudiar y se dedicaron a trabajar porque no veían en la educación un medio de superación económica o se cansaron de caminar, como mi amigo Benavidez. Es más, en la entrevista me dijo:

—Esa misma tarde que me salí de estudiar, me vine a trabajar.

Ahora él trabaja en una tienda en Bucaramanga, donde tiene un horario de más o menos 16 horas, de las cuales descansa solo 2. Sin embargo, expresa que económicamente mejoró su situación, pues cuando estaba estudiando solo trabaja por las tardes, cuando salía del colegio. Por otra parte, José Zabala, quien también trabaja en la misma tienda, me contó, mientras lo acompañaba a llevar un pedido, que se salió de estudiar hace aproximadamente 3 años, cuando tenía como 16, y con voz pensativa me dijo:

—No me tramó estudiar, porque veía que me iba mejor afuera que en la escuela; me sentía mejor; estudiando era siempre lo mismo y por fuera se hacía plata. Me salí a final de año, y cuando eso era que había más trabajo y pues se hacía plata.

Ahora que escribo esta crónica, reflexiono acerca de qué habría sido de mí si no hubiera obtenido una beca y no estuviera en ese 1 % del 2016. Tal vez me arrepentiría de no haberme salido de estudiar antes, como lo hicieron Benavidez y Zabala, pues al parecer la educación en el campo no tiene un fin práctico. No está pensada para las necesidades de las comunidades, sino en un marco de estandarización de la información, donde saber leer y sumar es suficiente.