Equilibrio individual mancomunado

el zancudo

 

Equilibrio individual mancomunado

 

Pregúntesele para qué vive,

cuál es el fin de todos sus esfuerzos,

y se sentirá embarazado.

 

Daisetz T. Suzuki y Erich Fromm

Alza la mañana con un frío fresco, un aire desprendido de la yerta; ésta, venida de los jugosos frailejones de la montaña. Acusa una frescura total, desposeída de cualquier deber, incluso de la intención misma de despertar. Es un frío que se acaba, que se acaba durante el día, se deja sentir menos cada día. Cobija con su manto a los durmientes, incitando un amanecer furioso e incentivante, para algunos sólo un despertar repentino, un bostezo para echar un cobijazo de vuelta, y un segundo sueño. Los parques se atestan, infinidad de cuchos se ponen sus tenis y se agachan, se estiran, abren los brazos, respiran la consagración con el cuerpo, que con su memoria les recordó cuidar a destiempo. Los peques tienen cara de malgeniados, de esa levantada que vino con mojada, enjabonada y puesta del uniforme, que tan poco les ha caído bien. Pero allí andan, caminan al compás de las muecas, esperando la ruta de sus lápices y cuadernos, que habrá de prolongarse durante un nuevo y largo día. Los celadores de turno llegan, y le dan el espaldarazo a los que fríos de verdad, han encontrado un poco de aliciente en el comienzo de la mañana, para ir y cerrar sus ojos en contra de la multitud durante el resto del día. Los perros huelen, maúllan, mean por todos lados, se acurrucan para dejar su cultivo y ya limpian la tierra: un nuevo día para ellos. A los gatos los despiertan los pájaros, que cantan, pero los gatos no se levantan, prefieren atacar a los emplumados en otro momento. La máquina de los hombres se enciende de repente, y las cacofonías de la vida braman a través de sonidos de motor, del humo abriéndose paso en los compresores, y en esa falta de garbo con que los hablantes juntan sus voces, que no hablan entre sí, para dar a conocer el sonido enrarecido de la vida humana. Los carros apenas se prenden en la cercanía, ya por la voluntad de quienes los pagaron, que con sus maletas de proyectos, y un nuevo y rutinario día, salen a cumplir. No saben muy bien qué es eso que deben cumplir, pero a eso salen, a cumplir, siempre y en todo lugar. Quienes por el viaje de las letras y el desequilibrio de la existencia coinciden con el amanecer, tras haber disentido en las manos del arte y el cobertor de las estrellas, vienen del día anterior. Y están allí, parados, cansados y resueltos, justo cuando la condena reflexiva de la noche ha cesado… y van y duermen, sí, como nunca antes. Respiran el pulso con que los seres inaugurales se levantan, cada pulso agitado en contra del pulso avejentado del trasnocho. Los hombres se levantan, se desalojan de toda esa bruma fría, y se sienten más vivos que anoche.

Ahora, ya despierto, te pregunto:

—¿Despertaste? —y no respondes.

Me miras como si llevara cara de loco. Rehúyes.

—Es en serio: ¿Despertaste? —insisto.

Te vas, y me toca gritarte a tus espaldas lo siguiente:

—Dime: ¿No hacemos lo mismo cada mañana? ¿No somos lo mismo?

Grito con tan poco aliento que apenas me oyes. Me dices que no, y te vas.

Me condenas a postergar mi caída en una almohada. Si a ti el frío te anuncia la entrada a las cobijas, a mí, con el calor emergente, me toca postergar la entrada a las mías exactamente en el momento en que lo tenía planeado.

Desde el momento en que me condenaste a pensar en ti —puesto que he dejado descontado que no piensas—, revendo mis dotes humanos y acepto la mirada arrugada con que me ves, y soy eso: un monstruo. Uno que da risa, uno que no te quita el sueño, pero uno al que no puedes matar, uno que te atormenta. El que no me veas muerto hace que me veas así, que me veas como un insecto.

Y te pregunto nuevamente:

—Dime: ¿Qué haces que no hagamos todos? ¿Puedes pensarlo un poco?

Prefiero responderte. Si ya eres sordo, me corresponde anhelar que seas como los caballos: un ser que reduce su horizonte para dirigir sus días, pero que no está ciego.

Si no es así, créeme, tendrás derecho de réplica. Sólo deberás responder a mi cuestionamiento:

—¿Qué es lo que no haces, que hagamos todos?

Dime qué no haces.

Además de levantarnos cada día, hay cosas que hacemos todos, realmente todos. Me refiero a que hay cosas que no admiten un “hay quienes”, de ninguna manera. Son intrascendentes, acaso superfluas en el sentido mismo de la consciencia de su acción, en la medida en que pasan de maneras tan fluidas por la cotidianidad que su importancia es desapercibida.

Allá afuera está más de uno cortándose las uñas de los pies, desencarnando su mal aspecto y tallando la dura superficie de la uña del dedo gordo, que por ejemplo, se resiste a dejarse vencer por el diente de metal, que allí va a su encuentro. Ya se vive una primera contradicción. En este mismo instante, segundo a segundo, está el que anda pujando, encorvado en su asiento ahuecado, intentando que salgan los mojones, y que salgan rápido o lento, o pronto porque no hay tiempo, o sencillamente bien. Y si no es contradicción, no dejamos de hacer múltiple a un acto que es homogéneo. No encontramos cómo conformarnos con que solo salga.

Y al ver al mojón, a mí me da risa. A ti de pronto asco. Al ver al mojón, ni tú ni yo vemos más allá.

El que puja, puja porque procesa una cantidad inmensa de comida, procesada asimismo de infinitas maneras en el camino de su procedencia, que llega a la boca sólo en el estado último de la producción. Los tajos son acompañados por litros de agua al día, galones por familia, toneladas cúbicas por población. Galones de gasolina para el transporte de las mercancías, miles de cigarrillos fumados por el conductor en su trayecto, los vasos desechables del tinto de la secretaria que los despachó, las empanadas consumidas por los trabajadores del centro de empaque de comida, y cuantas injerencias más podamos imaginar.

Todas, están vinculadas a todos. Lo están en el acto del consumidor, sin excepción individual, en el ejercicio de eso que llaman logística, el inteligente invento de la programación de servicio alguno disponible. En este caso, logística es sinónimo de muchas cosas. Son kilos y kilos de carne, carbohidratos, salsas y aliños, de productos venidos cada uno de logísticas distintas, intermediadas por los sectores de producción. Kilos y kilos de estiércol, también, lanzados a un vertedero municipal del que seguro ninguno sabe dónde queda, y si en efecto procesa tanto desecho a rigor.

Paralelo, van también los oficios risueños del acto humano de vivir. Allá caen las motas y motas de pelo provenientes de entrepiernas, axilas, mentones e incluso traseros de estéticas figuras, afeitadas por gustos personales o por necesidades distintas, del terciopelo psicosexual de una quinceañera a las piernas limpias para evitar la frotación del viento de un ciclista o de un nadador. Pelos cortados por un metal que demorará mil vidas humanas en hacerse nuevamente piedra, o por una cera que se materializó sólo para robarse unos pelos en los celos del calor.

Vuelve la cadena a repetirse. En cualquier sala de espera, cada cliente toma su turno, proveído por una máquina que automatiza la salida programada de trocitos de un rollo de papel, con su respetivo número. Van de a trescientas emisiones de papel por establecimiento, gastando rollos y rollos que antes de la papelera sólo cumplen la función —¿bondadosa? en todo caso— de entrar en contacto con una mano. Sólo eso, ni qué hablar de las hojas de cuaderno, que otrora eran generalizadas y afortunadamente han sido reemplazadas por tabletas y medios digitales; que aunados, suman un gasto increíble de energía, venida de nuevo de afluentes acuíferos y plantas de procesamiento de crudo. El agua vuelve a salir de nuestro páramo, con la logística natural de la vida, de esa montaña que a los seres nunca les queda mal, pues no descansa ningún día. Pareciera que cada día produce más, como calculando la cantidad de los nuevos sedientos. Lo hace incluso aquéllos días en los que mineros informales vierten ácidos y químicos a su subsuelo. Crudo que sigue allí, inmodificable en la tierra, así las empresas petroleras continúen pagándole más al abogado defensor que al ambientalista energético de su nómina.

Cuenta también el tonelaje de pastillas, acompañadas de su papel y acrílico, que llegan al cuerpo humano para procesarse en materia y energía, para pervivir en la existencia de quien la toma. Camiones enteros surten a las droguerías con éstas, sumadas a sus cartones de empaque, recibos de transporte, dotaciones gratuitas de prueba para médicos y, de nuevo, el consumo diario. Cosas hechas para facilitarle a los humanos ponerse a tono con su vida.

Son muchos eventos logísticos entrelazados por el mero acto de vivir, que es distinto del de existir. Es aquí donde paro de enunciar, para entender qué es lo truculento que hay entre nosotros. La suma de logísticas de cada día presumen lo verdaderamente sorprendente, que no es la acumulación, sino el delirio de lo irrefrenable. El daño no está en lo que ha ocurrido con los años, en términos materiales, sino en lo que ocurre con el hoy, en términos logísticos de la vida. Lo diario es el concepto ponzoña.

Cada día que pasa, aprendemos a vivir con más que el ayer, mas nunca con menos. El proceso sólo descansa por un momento en la noche, justo cuando duerme la gran mayoría. Entre todos, cuando el único que toma energías es el cuerpo mismo, el mundo en general descansa, al dormir. Parece descansar de nosotros.

El sol saldrá a su hora. El frailejón derretirá su cuerpo, el viento matinal soplará con fuerza, y lo harán solidarios, antes de la salida del sol. El pájaro, ya paloma gris en su defecto, pintará un par de cantos al aire; las escuchará solo un gato. El hombre hace temblar la tierra al levantarse; la rata correrá despavorida a las cloacas, la cucaracha a los resquicios. Los visitantes ocasionales ya no serán visitantes, y los colibríes, los ciempiés, las libélulas y los escarabajos pasarán cada vez menos, pues serán seres de una farándula perdida. Los visos de gentes destemplando sus perezas saldrán con la curia de sus propios deseos. Y lo harán de por vida. Los condenados a la noche les darán esa oportunidad. Los búhos, gatos e insectos atestiguarán el secreto de sus noches, pues los condenados no les prohibirán a los milimétricos los errores de su existencia calculada: la reproducción, el derroche, la desatención, el desalme. Juntos, todos se irán durmiendo, ya no importa la hora, y se levantarán estupefactos cada cierto tiempo, ese en que coincidirán como vagos de la consciencia, para decir: “hay más gente de la usual dando botes en la calle”, “hay más edificios apiñados en contra de la montaña que hace unos años”, “hay más desorden del que solía haber en los andenes”, “esa calle solía ser un muy bonito jardín de flores”.

Es tu bondad, mañana mía, mañana de montaña, la que me hace pensar que vivimos eficazmente, pero vivimos menos bien. Vivimos cada vez “menos bien”, a pesar de nuestra comodidad.

Por ello, al despertar en una bella mañana de martes, imagino lo que todo el mundo hace, sin distinción. Imagino con humor y risas la cagada del vecino, la afeitada de nalga del novio querendón, la enjabonada del regordete, el huevo frito preparado por mamá para el niño de primaria, la sonada del narizón abriendo sus fosas, la paja jocosa del que bien madruga, el encendido de aparatos electrónicos para sugestionar los sentidos, y en general, en lo que hacemos todos. Ya no seres vivos sino seres humanos aprovechando la cualidad infinita de nuestra existencia, aquélla de convertir un pensamiento en una necesidad.

El flujo de las voluntades de la vida contagió a los hombres de la ciudad sin el brío con que cantaban los gallos antes de destapar al sol en los campos. Se contagia la vida con los sonidos de una vida que ha tapado por completo la coexistencia del hombre con el mundo, y queda el hombre mismo, desperdigado en antagonismos, entre las diferentes maneras de ver a otros hombres. De la hidra sonora con que unas sandalias perezosas empataban con el alebrestado canto matinal de un azulejo, el mundo se ha acostumbrado a tener todo cerca, muy de cerca. El agua cerca, al giro de una perilla; el calor cerca, un pocillo y dos minutos en un electrodoméstico; el tiempo cerca, relojes por todos lados; los hijos cerca, el perfume cerca, el traje cerca. No se puede tener tan de cerca a un azulejo, ni mucho tiempo a la vista a un colibrí. Lejos el alma, lejos el trabajo, lejos el mundo, lejos la sensibilidad. Nacemos en la hiedra, y somos la enredadera que se alimenta de la hidra. Nos quitamos la grasa acumulada de las horas, abrimos los ojos acusando poca pesadez matinal y le damos uno de esos bellos abrazos a la vida, en uno de esos días en que una distracción nos permitió entender por un instante qué es eso que significa.

El ser humano supera el flujo de la vida natural para transformar en necesidad un cúmulo infinito de artificios, para estar por encima de las condiciones de su generalidad viviente. Agradecemos cada vez menos a la tierra, si es que ya no damos gracias al planeta, a la Tierra. El ser humano corriente es común, demasiado común, y el inconforme, que pena porque no lo es, es tan común como su silencio. La paradoja es que el hombre común vive insatisfecho, y lo manifiesta todo el tiempo, y el hombre inusual vive engrandecido con su silencio, engañosamente contento.

Imagino en la inocuidad por una sencilla razón: ¿Hay gasto que se haga que no se cobre?

Entonces, pienso en las maneras en que se regula la existencia en la vida animal. Primero, pienso en las hormigas, en cómo su reproducción acelerada se ve regulada por el encuentro periódico de colonias contrarias, en las que una de ellas muere por completo. Miles de ejemplares se esfuman de un tajo, aniquilados bélica y viscosamente por otros, como si la colonia de Nueva York fuese en un momento desplomada por completo por la de Los Ángeles.

Se me vienen a la mente, en segundo orden, las bandadas de salmones cruzando el océano sin parar, recorriendo kilómetros de aguas gélidas para llegar a los cruces de rio y de mar, ascendiendo contra la corriente por kilómetros utópicos, contra la roca, la veintena de osos depredadores en el camino y la lógica misma de la relación fuerza y peso. Pienso en su desenfrenado derroche de energía, esa corporal y dependiente exclusivamente de cada ejemplar, y de cómo su denodado gasto se cobra con la muerte, a la que llegan sólo algunos después de desovar, pero a la que acuden todos en la diáspora total de la reproducción salmónida de temporada.

Y en tercero —sólo por abreviar el asunto—, pienso en las estepas africanas, en las que el cuerpo muerto de un ñu es el alimento del cazador, del león, la hiena ladrona, el ave carroñera y las bacterias. Un cuerpo es la coexistencia de especies distintas, juntadas en el acto de pelarse la dotación de energía para salirle al paso al día a día.

Admiro entonces al hombre, capaz de solucionar las disputas de maneras distintas a la guerra, después de que el occidente europeo jugase a destruirse en dos ocasiones durante el siglo veinte, justo cuando lograron inventar las herramientas de destrucción masiva potencialmente más eficaces. Admiro de estos seres el equilibrio de sus gastos corporales de energía, cuando solucionaron la manipulación de los frutos de la tierra para la potenciación de las cualidades orgánicas de la misma, desde el grano de maíz en los mayas al nanoagua de las universidades estadounidenses. Y cuando las diferencias sociales se extralimitan en su organización, en la vida de los hombres salen sin sospecha poblaciones como la colombiana, la haitiana, la nigeriana o la india, en cuya base de estratificación social se sobrevive, se comparte y se vive feliz con menos de la estimación posible para hacerlo. En Colombia, vivir con un sustento de diez mil pesos diarios es lo mismo que hace un profesor de música cuando arma un conjunto de cámara compuesto por niños: posibilitar lo imposible.

Pero desde que entré en conciencia de que soy un hombre enfermo, en el sentido clínico de la palabra, aunque me esperance en el progreso de la civilización de los seres a los que pertenezco y algún día se encuentre la solución definitiva que permita a mi páncreas producir de nuevo insulina de manera natural; soy consciente de que vivo en una cadena sobredimensionada para mi existir. Inyecto mi cuerpo de manera artificial para evadir las fallas estructurales de mi organismo, dadas a mí de manera natural.

Y persisto, lo hago.

Me organizo todos los días para superar el problema de mi vivir. Confluyo sin así estar de acuerdo, por así decirlo. Pero confluyo. Lo hago en cadenas de producción desequilibradas para el planeta, pues de una aguja que sólo uso dos o tres veces, vierto al basural no sólo mis desechos orgánicos; mi mierda, mis pelos, mis uñas y los efectos de mi comida; sino kilos y kilos de deshechos quirúrgicos de difícil disolución orgánica. Me hago parte de un problema que va más allá de la prosperidad de nuestra especie, que va aunada al sobrecupo con que puebla el hombre su hogar y del crimen provisto por sus gustos adquisitivos, que es la doble cara de la prosperidad.

Y cuando asumo que vivo un poco más de lo que debería, y abrazo tenuemente a la muerte, te veo pasar en la mañana. Allí vas, listo para comerte al mundo de ser necesario. A tu imagen, me es imposible morir con algo de calma, y me es imposible vivir como vives.

Si el día a día y la irrefrenable condición humana de extralimitar la vida se me convierte en ponzoña, me miro al espejo y allí estoy: con una larga y filuda pronunciación bucal, con unos ojos rotos cuyo manto de brea, del iris, se ha tomado al ojo entero. La tristeza pone curvo mi cuerpo, que sostengo en mis hombros, de los que salen alas hechas de las lágrimas que no brotan de mis ojos humanos. Ennegrecido quedo al amanecer, cuando vengo de la noche esperando que pares, así sea por un mísero día, y me respondas la pregunta de la que yo mismo no puedo escapar cada una de mis noches en vela.

Pero recién apareces y ya te vas, te fuiste. Me toca plasmar aquí mis pensamientos, con el compromiso de ponerlo ante tus ojos sin llamar a tu puerta. Y pienso que no es improbable.

Entre más y mejor se vive, más consciencia se puede tener del gasto de la vida y de la incertidumbre del costo de la misma. Pues, por ejemplo, lo que debió haber sido la muerte de mi ser y el cese del inconmensurable gasto energético de mi cuerpo vivo, para darle paso al niño que nació y que reclama su campo en el gasto energético global; yo soy, como todos, un gasto individual que no se cobra por estar sencillamente gastando todos por igual.

Día a día, hay cosas que hacemos todos, sin distinción. Cosas que solo cada uno, y en la intimidad, debe resolver sobre cómo ‘decir’. Decir lo que sea para saber qué es lo que se hace en pro de ser un equilibrio entre la masa total. Y decimos muchas cosas, mientras las hacemos todas como cadena global.

Al mirar al cielo, en esta bella mañana de refresco entiendo que la espesura de su cuerpo y los filamentos de brotan danzantes, entre los blancos y los azules de las nubes movidas por el viento, dependen de mí. Dependen de cómo trate mi vida, en el cuidado de su belleza natural, y en cómo me alimente como ser vivo, y como ser humano, para que cuando el cielo se alimente conmigo la vida siga siendo vida a pesar de la muerte.

Pero no te tengo en frente, y no respondes mi pregunta:

—¿Qué es lo que no haces, que hagamos todos?

Doy entonces mi respuesta, que al no ser tal, se ha convertido en una promesa. Una con la que me levanto todos los días como ser vivo, pero con la que anochezco. Lo hago como ser vivo, pero sobretodo como ser artificioso, buscando la unidad de mi existir.

«Austeridad, gracia y conciencia, de lo metafísico a lo ambiental: dejo en tus manos lo que la justa existencia me permite ahora, para apaciguar lo que la justa naturaleza me mandó, pero por posibilitarme seguir viviendo, evadí. Juro ser tacaño con una sola persona, y es conmigo mismo. No es mucho lo que necesito para apreciarte en vida. Y voy a ser austero, para entender las maneras intangibles de perdurar en el tiempo. Adjunto, me personifico en el único ser vivo que se lleva a la tumba a más humanos que el mismo ser humano, apenas un insecto transmisor, y me abstengo en vida de reclamar para mí lo que no me pertenece. Así puedo entregarte al muerto que por ser humano no reclamaste, y te solicito el permiso de seguir viviendo con un propósito mayor al nuestro.», afirmo.

Respecto de ti: sé que llegarás tarde, y que dirás que no tienes tiempo. No es de extrañar, pues llegarás tras todo un día vendiendo el tuyo. Sé que me saludarás con desgano, y en silencio te repetirás la cuestión que más te embarga hacia mí. Te preguntarás cómo es que sigo vivo, y no te llevará más que un instante rapaz. Te irás a comer, y sin cocinar, llamarás desde un teléfono a la logística de la comida, y botarás cinco bolsas de papel innecesarias a la caneca como resultado. Allá irán, a la única que tienes, pues no reciclas. Saludarás a tus hijos con ganas de que se queden dormidos rápido, te mirarás al espejo en una pantalla de imágenes y cuando te acuestes, voltearás la espalda a tu pareja —si es que la tienes— para prometerle —o prometerle a tu otro yo— que el fin de semana irán a distraerse y pensar un rato, pero hoy no. Sé que dirás, siempre y en todo momento: “Hoy no”.

Eso lo sé. Pero no eres tú el que más me preocupa. Al pensar en ti, sueño con prometer decirle a toda niña en embarazo o a toda joven con más de un niño en la mano que por su culpa es que hay chicos como tú, y que como tú, sus hijos tampoco entrarán en razón. Prometo no alegrarme con la vida que nace.

La salud de nuestra especie es admirable, pero da miedo.

Yo soy un humano frágil, y ya soy otra cosa. Soy un zancudo porque a pesar de que te abrazo y no te mato y sigo siendo tan humano como tú, me corresponde dejar algo de enfermedad en un mundo al que la salud le está haciendo daño.

No puedo actuar por todos, pero soy parte de todo.

«Si mi vida lo amerita, que mi existencia también lo haga.», afirmo.

Es mi equilibrio individual mancomunado.

 

 

 

Atentamente,

 

EL ZANCUDO aristocrático y displicente

Presidente de una nación invertebrada

 

 

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