Entre los animales, un insecto

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I.

Un jueves, cuya fecha prefiero ignorar, me dirigí a una conferencia de oportunidad empresarial para el posicionamiento de una nueva marca en el país. Contrario a lo que se pueda cavilar, no iba pensando en conformar el bloque de una pirámide, acaso en cargar un vagón con productos vendibles ni en establecerme como parte de una red comercial de carácter infalible. Ese tipo de conferencias están conformadas por emprendedores, personas que se hacen llamar “anclas”, laburantes para una marca que funciona a nivel regional. Bajo el supuesto de ser sumamente ricos, los emprendedores están tan ricos, que quieren estar más ricos… al acostarse en sus camas, cada noche, se saben tan pobres como las personas que pretenden convencer. En otras palabras, me dirigía a un lugar donde se congregan personas que no están luchando por causas propias, y que se dan baños de perfume vendiendo su propia imagen para convencer a millones de colombianos de algo para lo que nadie nunca estará realmente convencido: ganar más de lo que se tiene.

“Los colombianos”, aquí, suenan a una acepción grave, pues no admite regímenes de propiedad. Con un progresivo grado de inocua estupidez, “los colombianos” son eso que representa una manera de llamar a quienes llevan más de quince años asistiendo a estas reuniones, que van, una y otra vez, para alguna vez tener dinero “propio”. En palabras más soft: para tener dinero “indie”. Pero permítaseme aclarar algo. Los vendedores nunca son colombianos; son, por así llamarlos, “personas de acá que han sido llamadas del más allá”. A su imagen, yo soy lo contrario, sin asimismo ser lo impropio. Yo, sencillamente “soy de acá”. Uno tan de acá, que por ser condescendiente con un buen amigo, uno revestido en las arras del emprenderismo, acepté la ridiculez de ir a un encuentro que, de inicio, me tenía como un agente fallido.

No armé escándalo, y anticipadamente lo acepté. Me vendí, directa y groseramente. “Te acompañaré, mi amigo, así eso no sea lo mío”, le dije. En el fondo, sentía la necesidad de perder algo de ética. Sentí la tentación de ser, siquiera por un instante, parte de este mundo en el que he vivido, en el que la ética no es algo más que una propaganda. Me vendí, y así lo tomé. Si me había ofrecido como venta directa ante las buenas intenciones de mi amigo emprendedor, de aquel que me había invitado con sus ojos brillantes, endulzados en la nostalgia de nuestra niñez, decididamente no estaba listo para comerciar, o emprender, o adinerar, o florecer. Desde un comienzo, yo me había enterrado a mí mismo. Pero salí. Salí a buscar lo que no se me había perdido. Salí de mi casa vistiendo un polo sencillo, un jean casual, un par de botas semipresenciales y un reloj económico, yendo a pie hasta el lugar.

 

II.

En el camino que recorre la calle 48, en sentido occidente a oriente, en Bucaramanga, se encuentra un puesto de policía. Justo en el denominado CAI del Hotel Dann Carlton, comencé a escuchar voces escandalosas, voces de persecución y alarma, venidas de ajetreados ciudadanos. Las voces se fueron sumando todas en un mismo tono, detonando ante un escurridizo objetivo, al cual se dirigían. Aquellos ciudadanos actuaban de forma voluntaria y por contagio. Eran voluntarios persiguiendo voluntariamente a un infame criminal. Juntos, perseguían a un muchacho de no más de veintidós años que, pensándolo bien, vestía igual que yo: polo, jean, zapatos semipresenciales y un pequeño reloj. La única diferencia entre él y yo, era que el teléfono celular que él llevaba en una mano lo había sacado de las manos de una jovencita, amedrentándola cuadras atrás, mientras el que cargaba yo en el bolsillo se lo había pagado a una compañía de telefonía celular en diez mil pesos.

Sobre el tema había reflexionado tiempo atrás, observando videos como sendas evidencias. “Entre más tranquilamente vive la gente, menos maneras de tranquilizarse encuentra”, había concluido una buena vez. Cuarenta vecinos de un vecindario barranquillero se habían reunido, y armado, y con piedras, varillas y garrotes, aguardaban a que un pobre y flacucho morenito de menos de veinte años saliera de una casa, en la que fue encontrado buscando lo que no se le había perdido. Lo curioso no era observar la coincidencia comunal, aquella solución vecinal de manos propias ante el desconsiderado hurto que los tenía contravenidos. Lo curioso fue observar que las piedras, las varillas y los garrotes, no se pusieron en movimiento sino hasta que llegó la policía. Lo había reflexionado, pero nunca había sido testigo directo de un acto tan impactante, como lo es el linchamiento colectivo y espontáneo contra todo acto de maldad, incorrección, incivilidad y alteración del orden establecido.

En los tiempos recientes, “los colombianos”, esos mismos que son reunidos en una acepción símil de lo ignoto en los entornos empresariales, aquí vienen a ser una apoplejía: “¡Los colombianos!”, en signos admirativos. Hombres y mujeres de bien, acostumbrados a los diálogos de paz, al repudio a la guerra y abrazados en la esperanza por el futuro, misericordes con el ambiente, la niñez y la cultura. Allí estaban ellos, persiguiendo al ladrón.

En frente de todos, venía el criminal, el muchacho, ya trotando y con los pulmones aminorados. Venía mirando hacia atrás, repetidamente, como el pescador que puso el cebo y pescó a un tiburón en agua dulce, totalmente arrepentido de haber pescado. Cuando pasó el semáforo, me asusté: venía directo a mí. Tan falto de reflejos, allí me quedé quietico, y le vi pasar a sólo un metro de distancia. Él pasó, no me hizo nada, en realidad. Uno de sus persecutores, preso de la urgencia, me empujó hacia un lado en su camino, cayendo yo en mis incipientes nalgas como consecuencia. Sobre un ángulo inferior al humano, observé el correr del pobre muchacho, quien cruzó hacia el horizonte en el final de la cuadra donde me encontraba, para salir de mi vista. Pensé hacia él: “Ojalá corone, pelao’. De lo contrario, será un amasijo en minutos”.

Continué caminando, dispuesto a leer las noticias al siguiente día, o incluso a ver un video de esos que en las redes sociales llaman “virales”, como si algo viral no fuese otra cosa que la transmisión de una enfermedad, con la particularidad de que estos enfermos son gente a la que le gusta enfermarse. Como lo he dicho, en ese día estaba dispuesto a pisotear la ética de mi ser, y por ello, seguí caminando como si nada.

Pero la acción se devolvió hacia mí, con un impulso imantado. El ladrón, pescado cuadras más adelante por nuevos activistas y miembros comunitarios del restablecimiento del orden común, corría de nuevo hacia mí, sin saber que en realidad venía también hacia el puesto de policía, ubicado a sólo un paso de calle de donde me encontraba. De nuevo, me quedé quietico en mi lugar. Era como si el ladrón supiese, aun sin verme, que en mí no encontraría a un antagonista, tampoco a un defensor. Apenas al cruzar por mi lado, el ladrón, que venía raudo como una veleta presa del miedo, fue derribado intempestivamente por un ágil motociclista, que en un solo movimiento tomó su casco, y con su gerundio, lo bajó al piso de un ‘cascazo’. Los perseguidores se fueron reuniendo alrededor del señalado, y con lo que tenían en sus manos, fueron reuniendo fuerzas para atestar el golpe, uno suyo para cada quien. Angustiados, mis ojos persistían en mirar, aun cuando mi deseo era dejar a la imaginación el recreo de los sonidos de todos aquellos golpes.

El policía del CAI fue advertido, y casi con el mismo susto del ladrón, salió corriendo hacia el acto, sin tener muy claro qué hacer. Justo cuando los ciudadanos se percataron de la venida del policía, se inauguró la atestadura de golpes. Iban carterazos de piel brillante, maletinazos con el peso en su interior, manotazos que eran más de uno porque el primero no fue lo suficientemente inclemente, pisotones selectivos y detectivescos en el estómago, patadas iracundas en la espalda, puños en los lugares donde más duele. Y más ‘cascazos’.

Al ver venir al polizonte, volví a pensar, y hablé hacía mí, como si le hablase al agente: “Métete, y a un movimiento en falso, terminas cascado en nombre de la misma ley para la que trabajas”. En efecto, cuando el policía intentó disipar los golpes, más de uno se llevó, antes de controlar al infractor. “Cálmense señores, ¡cálmense!”, repetía, con los ojos tan quebrantados como los del joven que tomaba en sus brazos. Lo levantó con la costumbre policial, sin dubitaciones, pero podría decir que lo hizo con delicadeza, hasta llevarlo del cuello de la camisa hasta el puesto de policía, sacando al que, en esos momentos, bien podía haberse tomado por “presa”, y sustrayéndole la posibilidad de transformarse en un mártir de la raponería o incluso en una víctima de la justicia social de mano propia.

Cuando me puse a reflexionar sobre el acto, había retrocedido unos quince pasos hacia el lugar donde los ciudadanos iracundos se encontraban madreando al ladrón, aún presos de las ganas de darle un nuevo golpe, uno suyo para cada quien. Lo hice, quizá, con el objeto de parar a los ciudadanos puñeteros, pero no alcancé a llegar a tiempo, de cuando el policía acudió al suceso. Lo hice, quizá, para decirles: “¡Ya! ¡Ya! Ya está bueno. Ya lo agarraron. Ya está bueno… Esperemos a la policía”. Entonces, en el espejo de todo, en el que todos parecían criminales y ninguno un infractor, no reconocí en mí los hábitos del bueno del polizonte. De alguna forma, en un proceso que actúa exclusivamente en la conciencia, en esa palabra escrita con ce, en la conciencia religiosa y moral, entendí que, por mi conocimiento, era yo mismo un infractor. Digo esto sin el miedo a que alguien se ofenda por percibir que pretendí defender al ladrón, o con las ganas de llevarme la gloria beata de la voluntad pacífica. No. Lo digo porque así lo pensé, y lo sentí, antes de seguir caminando sin peso, como lo dictaba mi día de ética a cero.

Entendí por un momento el por qué Robert Musil simplificó la musicalidad de la literatura al emparentarla con la lírica, y afirmar que la lírica es sencillamente el conjunto de palabras que se pueden esgrimir cuando suena una lira en el aire, no más. Me acordé de mi amigo Edson Velandia, el trovador équido, de cuando, en ocasión de uno de sus recitales, presentó la trova “Quieto”, de su autoría, con una voz firme: “Ésta canción está dedicada a todos los ladrones que merecen mi respeto, esos que roban de frente y no de espaldas. Va pa’ los ñeros, gamines, galas y ratas de paso. En esta época en que a esos pillos los cogen en las calles y los vuelven chicuca, me gustaría saber si todos los buenos ciudadanos estarían dispuestos a responder con las mismas ganas a los ladrones que visten bonito. Quisiera ver a todos esos señores linchando en las alcaldías, cogiendo a los políticos en las calles, bajándolos de los carros y dándoles garrote. Dejarían de ser unos payasos para mí. Por eso, esta canción está hecha para los ladrones de verdad, los de calle, que van por lo suyo y lo consiguen, siempre de forma ejemplar y sin dañar a nadie”. Y ahí mismo decidí escribir sobre esto, para lo cual el costado siniestro de mi conciencia respondió en mi contra, a sabiendas de mi impavidez previa. “Mejor no escriba nada. Eso sería hacer lo mismo que desató este tipo de venganzas, que es agarrar a las redes sociales para ejercer periodismo ciudadano, que por serlo, es barato e irresponsable, y lo convertiría en combustible de la culpa”, recitó una voz en mi sien. “Quieto… quieto… quieto”, me repetía, como en la canción del trovador.

Entones, lo pensé un poco más, con el propósito de convertir el asunto en un remolino. Un ladrón que echa burundanga a su víctima puede ser más criminal que el ratero de calle, pero un crimen no es de justicia relativa. Sin embargo, la justicia no hace al crimen, sino su ausencia. Mi amigo, el magnífico trovador, podría estar también equivocado; al fin y al cabo, se pone la cabeza de un burro cuando se pone a cantar. Si la ausencia de justicia no es injusticia, en realidad no es un problema criminal, sino ético. Si el mundo en el que vivimos se parece a un mundo de ratas, el problema no deberían ser las ratas sino quienes quieren tratar a las ratas como insectos, espichándolas en sus manos o conservándolos en alcohol, cuando en realidad lo que se padece es de una plaga. En la plaga, la única certeza es que todos podemos estar enfermos.

Frené el asunto, y flui hacia el otro escenario, como cuerpo sobre carpeta enjabonada, llegando al lugar al que inicialmente me había encomendado. Para pensar en el acto tendría varios momentos, en un acto que, por sí, “había presenciado más de lo suficiente”. Esa fue mi conclusión más sensata.

 

III.

El hotel donde se realizaba la conferencia empresarial lleva el nombre de la ciudad, y es bonito. Digamos, es moderno en su aspecto y de ubicación central. Por lo mismo, es un lugar desabrido, demasiado nuevo como para tener algo qué decir. Era el noveno piso. Saludé a la recepcionista, quien me esperaba con elegante inmadurez, con esa cara de una chica que decidió salir de cita con uno porque francamente no había alguien más. Con cara de sustracción. Tomó mis datos, y como borrego, me situó en una silla donde ella quería, y donde yo no: allí delante, juntito, pegado a todas las otras personas, sin dejar espacio al que, como yo, quiere hacerse en un rincón. Y bueno, me tocó ver de frente a la sofisticada hablante.

Era una costeña de egreso javeriano y rosarino, una mujer que había estudiado bacteriología, tenía dos hijos y su esposo era el socio mayor de la marca. Lo que para cualquier expositor serio era una información superflua, para la gente que estaba allí era información crucial: “Con mi vida los engancho, y si soy bacterióloga y les demuestro que todos podemos comerciar, los agarro de lleno y los pongo a delirar como en iglesia fanatista”, traduje en mi mente, mientras ella decía lo mismo pero acorde al lenguaje ameno. Y lo logró.

Las señoras bumanguesas y los jóvenes emprendedores de la ciudad son individuos extremadamente fáciles de convencer. Como si de logística militar se tratase, los peones dan campo al comandante. Acto seguido, vino su esposo, un ser que apareció de la nada, “el más de los mases”, y en efecto, lo confirmó con creces. Es un administrador de empresas que se enganchó en la compañía como primerizo, y que explicó, con su propia vida, cómo todos podíamos tener un carro de más de cincuenta millones de pesos, un ingreso semanal de unos cinco milloncitos, un par de viajes de crucero y una visita con los socios al único hotel de siete estrellas del mundo, en Dubai. ¡Histriónico! ¡Admirable! Puedo decir que me temblaron las piernas. Y lo que me podría interesar, aquello que fui a buscar y por lo cual acepté la invitación de mi gran amigo de hace décadas, hizo apenas parte de un 2% de la charla, que era la importancia de los productos alimenticios sin azúcar que la compañía ofrecía.

Cuando me paré, vi que el salón del hotel no era más que un salón comunal. Denoté que todo tiene cierto nivel de gracia, y que, en realidad, estaba muy bien vestido para la situación: casual, relajado y sin exaltaciones. Ofrecí un par de saludos y le respondí a un par de coloquiantes, con vaga originalidad: “¿Qué soy yo? Apenas un escritor”. Ninguno realmente sabía qué significaba esa palabra, afortunadamente. Si como ser humano no podía entender qué es ser un corredor de bolsa, una costurera o un ingeniero metalmecánico, lo mejor que me podía pasar era que ninguno de ellos supiera qué es escribir. En la ignorancia, los seres nos alimentamos con la práctica de las cosas comunes, con el terrible agravante de que nunca nos congregamos a conciencia en los usos de esa comunidad, que son sus giros de dinero, su ropa, sus bujías y mis letras, que hacen parte de todos nuestros días. Una costeña ilusa y un rolo con ínfulas neoyorquinas, en medio de las babas, son quienes terminan congregándonos.

Pensé que en realidad debí ser muy tonto cuando le respondí a los conferencistas lo siguiente: “No. En realidad no quiero un carro de lujo, no necesito aumentar mi autoestima y pensar en ganarme diez millones semanales para lograrlo. Me bastaría con tres millones y recibiría lo restante a buen querer, con propósitos culturales y sin ánimo de lucro. Tampoco deseo que, si llego a tener una familia, me convierta en un hombre totalitario capaz de relacionar todos los ejes de mi vida a un negocio. Mucho menos quiero ir por el mundo como ustedes, pasando por los lugares más exóticos sin representar asimismo a algo exótico que venga de mí, precisamente siendo de lo más corriente, previsible y aburrido con el mundo. Eso, que no es otra cosa que no encontrar el sentido de nuestra tierra, es ir e ir, queriendo ir hacia el exterior para así cumplir los sueños que la tierra que los parió no le concedió a sus ojos, por alguna razón. Amo mi sencillez, no soy lujoso y adoro mi tierra, para la cual trabajo con silencio”.  Pensé que fui muy pero muy tonto, porque les respondí sin abrir la boca. En público, me limité a una obligación casual: “Soy diabético y me interesan sus productos, así que quiero conocer sus componentes para ver si puedo probarlos. Respecto al negocio, no es mi sector, y siendo sincero, los únicos que pueden progresar son los administradores de empresas, gente que tome esto como un trabajo. Lo mío es la cultura”.

Caminé hasta casa, de vuelta. Dos hechos críticos, dos relaciones de hecho. Asistí a dos eventos con la voluntad del curioso, y el peso de quien se ve en medio de los actos.

 

IV.

“Lo mío es la cultura”, me dije. De esa última palabra, de eso culto que no pude ser, se desprendió mi siguiente desvarío, ligado al primer acto de mi día. “Celebro con los brazos abiertos que los colombianos estén condenando de maneras tan abiertas cualquier injusticia social cotidiana. Lo celebro. Por algo se comienza. Hoy presencié una de esas cosas en las que puedo asegurar ‘esto no lo vi nunca’, y en cierto sentido, representa para mí un progreso, en los tiempos del olvido ético. Es un activismo responsable, efectivo y fuerte”, pensé. Pero al pensarlo, irremediablemente me vino la desazón. En realidad nunca pensé de esa manera, en el transcurso de los eventos. Mejor, osé en confesarme lo siguiente: “Da miedo cuando las cosas que van a levantar a un pueblo son más enclenques que el peso del mismo pueblo. Quiero la justicia, pero no a los golpes. Tampoco la quiero moral, por el bien común. No puedo considerar los actos de justicia como algo importante, pues eso deben ser, cuestiones sin importancia que se practican todos los días, precisamente porque todos entendemos su importancia. No anhelo la perfección, le huyo. Debe seguir existiendo el ‘polocho’, ese policía criollo de potencia ordinaria, el que ‘casca’, el que golpea para controlar. Debe seguir existiendo el derecho, muy de ellos, de estar en la acción, de ser los protagonistas y sentir el peligro. La persona justa debe ser precisamente justa, de justeza, aquella que rodeó al malandrín y considera ese acto el cumplimiento del propósito, y punto. No podemos darle el derecho a los policías de considerarse débiles, impotentes ante alguna situación”.

Cuando pienso en si a mi instinto, que también está por allí, guardado y listo para actuar, se le hubiese dado la gana de agarrar a muecos al ladrón, quizás también hubiese sentido la alegría del deber cumplido. Pero no. Lo que más me pesa, es entender que todos los pasos que da alguien hacia adelante apenas son pasos, no cumplidos.

Hay una conciencia que transforma a los ciudadanos con expectativas de futuro en animales. Los esfuerzos cotidianos dados por la honestidad y por un sentido común en desarrollo, funcionan como el instinto: no se sabe a qué atenerse, aun cuando se sabe a dónde se pretende llegar. Los hay como animales insensatos, meros animales viviendo su ciclo de vida, arrojados a la expectación del engaño. Los hay otros como mascotas, en medio de su bola de azúcar, ocultando su animalidad con el color, que no es otra cosa que tinta sobre un lienzo en nulo. Concurren otros por su naturaleza torpe, pues son torpes en la aplicación de sus pensamientos más justos. Existimos otros arrogantes, animales hinchando el pecho de león cuando apenas se es un lindo gatito. Juntos, somos animales incapaces de controlar nuestro instinto. Un instinto que es cultural, y que nos lleva a decir: “soy colombiano, porque quiero ser colombiano”. Eso, que no es otra cosa que afirmar: “soy colombiano, porque no me queda de otra que serlo”. En ninguno de los casos lo somos por antonomasia. Y al querer serlo, somos un colombiano queriendo ser mejor que otro colombiano, es decir, aspirando a inculcar una sociedad mejor que la de ayer. Vemos hacia adelante, y nos vamos de bruces, con mucho humanismo y un escaso control de los instintos.

Un “animal” es todo aquél hombre que no entiende al hombre. Es decir, que no logra entender sus actos. Cuando se es un vengador en potencia, el dinero es la excusa para las más acciones decentes, pero la enjundia es el fragor de las convicciones totales, no de las sencillas, de las más parciales. En ocasiones, el animal menos “animal” es el que sobrevuela sus días con la debilidad de un abominable insecto. A un insecto el hambre sólo lo mata, y por eso no tiene problemas en tragar mierda para vivir, pues aunque se sabe animal, y la sangre bien le sepa a un buen manjar, sabe que lo uno no justifica lo otro.

En la vida, no hay que olvidarse de la sorpresa. No de esa que se quiere, sino de esa que se recibe, como lo inesperado que nos ocurre al salir sin motivos a la calle, a buscar lo que no se nos ha perdido. O incluso peor, a encontrar lo que no hemos tenido.

Atentamente,

EL ZANCUDO aristocrático y displicente

Presidente de una nación invertebrada

Bucaramanga, 1º de septiembre de 2016