Enigma, poema

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Enigma

Otro día que termina sin respuesta…

¿Qué extraño? No recuerdo la pregunta;

la olvidé en el camino,

cuando me detuve a ver el paisaje,

a ver de cerca la cara de sombras fugaces,

cuyo ir y venir colman nuestras horas.

Se deslizan en silencio, en puntillas,

para que nadie note sus ausencia súbitas.

A solas, tras la ventana,

espío el cielo vacío y escruto la tierra baldía.

Ajeno se me antoja el mundo, distante y borroso;

se hace y deshace al soplo del viento…

huye con las hojas secas en vaivén nostálgico;

en el rumor del río que no cesa de pasar,

se ahogan los escenarios fijos en las pupilas del muerto;

su sino los empuja al barranco, al lechoso pozo,

donde dioses y hombres olvidaron su infancia:

¡la fuente que sana con dolor las heridas!

En cuyo fondo yacen los restos de jóvenes hermosos,

que esperaron pacientemente su día;

lamentaron tantas penas y gozaron tantas dichas,

absortos en sus rostros reflejados en aguas cristalinas,

se dieron a la danza lúbrica, al contoneo de caderas,

al contacto de los miembros elásticos y duros,

mamaron de las ubres hinchadas de la loba,

que los amamantaba orgullosa en su cubil.

Mas sobrevino la noche, y ellos, mudos, miraron al vacío;

se tendieron, exhaustos, a la ribera helada;

juntos, arropados de piel y escarcha, esperaron el alba…

su noche fue eterna, lo saben sus huesos ateridos,

sepultados en el fondo del estero olvido.

Pienso en ellos, en mí, en los otros:

en su sangre hermanada en los torrentes oscuros,

sus palpitaciones salaces, sus arrebatos de ternura;

en las cenizas de sus pasiones y deseos,

su fe quebrada por las dudas,

en su palabra falaz, atavío de mentiras,

en sus juegos crueles, de cuchillo y espada,

y pilas de cadáveres y moscardones verdes;

en su insistencia de palimpsesto,

sus huellas pintadas en la tosca piedra,

sus catedrales celestes en honor a sus dioses ostentosos,

su llama vivaz por lo bello, por remontar la clepsidra,

por su insana manía de ser…

¡Tanto amor y tanto odio! ¡Tanta vida y tanta muerte!

¿Adónde irán con tal afán? ¿Se agitan así por miedo?

He olvidado algo, aunque no sepa qué…

Todos los días olvido, todos los días recuerdo que olvido…

Vivir es una muerte lenta,

cargada de angustia, con dulces armisticios:

el amor, que aletea cerca,

que invita a ser sin ser…

Vuelo de palomas blancas, que se pierden en la nada,

arrullo del mar, cuyos labios húmedos besan pies de arena;

alba y ocaso en ebullición de colores:

rosa cremoso, naranja níveo y púrpura real,

la gama de las musas al servicio de Aurora y Hécate.

Anuncio de primavera, de música en el alma;

el retoño del cuerpo, en busca de un lecho,

el lenguaje de las miradas, del gesto coqueto,

el roce de caderas, ansiosas por manos cálidas,

muslos tornadizos, dispuestos a franquear el pudor,

descubrir su fruto pulposo a bocas dignas del goce.

Armisticio que bien vale una vida.

y también asoma el Arte, la poesía del instante;

esculpir el tiempo, sin importar el mundanal ruido,

huir a través de la bitácora mágica,

a las esferas danzantes de dioses paganos,

vivir las aventuras y desventuras de sombras queridas,

gravando sus palabras en la roca negra,

en medio de la noche eterna del dolor y la amargura;

me consuela pensar en sus dulces cadencias,

en el trino celeste de ruiseñores ocultos en el bosque,

la voz angélica de quienes lloraron amargamente sus penas,

y quienes cantaron largamente sus fugaces alegrías,

en el convite de propios y extraños,

en la saturnal forzada de marionetas pretensiosas…

Criaturas frágiles que escribieron en la arena,

con temor a los embates del viento,

que durante eones ha barrido el fruto de sus esfuerzos.

Me conmueve su tenacidad infantil,

sus deseos por conectar mundos y almas,

hombres y mujeres, sin fronteras ni razas,

sin obstáculos absurdos fundados en el odio y el miedo,

su ardiente anhelo por ser algo más que arcilla derruida…

pienso en la poesía, la veo y la siento y  la oigo y la digo y la callo;

agradezco su influjo de luna azulina, de sol carmesí,

sus fuerzas magnéticas y sus melodías armoniosas y desfasadas,

que se filtran en mis venas, que corren por mis flujos sanguíneos,

se aposentan en las entrañas agitadas,

y suben en volcánico asenso hasta la garganta;

se infla en el pecho la llama,

y se lanza impetuosa por la boca la ígnea flama.

Hemos de arrasar el mundo, hacerlo añicos en un puño,

para que de sus ruinas nazca una nueva esperanza.

0h, hermoso juego de niños, te lo debo todo…

tuya es la pátina color pastel sobre los rescoldos amorosos,

a ti se debe el relucir de un día y la melancolía de un ocaso;

a ti el mirar por la ventana y otear horizontes seductores,

soñar despierto que la vida es sueño y la muerte, ilusión,

que ésta es un cruel sendero y el sueño un bastión,

la fortaleza de los desesperados, el ardid del cantor.

¡Dulces armisticios, cuánto les debe la vida!

Esta noche, bajo las estrellas silenciosas,

deseo una respuesta, mas no recuerdo la pregunta…

La tengo en la punta de la lengua,

pero se escurre como aceite, se anuda en mi garganta,

me pesa la consciencia insomne de quien ve y calla…

El cristal reluciente del espejo se resquebraja,

sus venas pardas dejan entrever resquicios de la nada.

Los he visto desde niño, azorado al principio,

apenado más tarde, cuando la fruta yacía en el suelo,

entre gusanos viscosos y febriles, apiñados por el festín de la pulpa seca.

¿Qué he olvidado? Sueña la marioneta,

mientras entre sus dedos de madera, palpa el hilo de sus miembros;

no hay público para sus monólogos,

ni un papel que encaje con sus dudas…

sólo mira por la ventana el descenso de los astros,

le queman sus mejillas lágrimas de vidrio cortado;

y nota la sangre deslizándose lenta por los pómulos de cartón.

Siento que falta algo una vez concluyo mis labores,

mi jornada, tras el crepúsculo, resulta odiosa, dura, negra…

No recuerdo la pregunta, pero cuánto ansío una respuesta.

Hoy tengo las horas tristes;

las cuento una a una, a falta de otra cosa.

Cuervos torvos anidando en mi cabeza,

revolotean sin propósito, en desorden,

queriendo echarse a volar,

mas chocan en los cóncavos pliegues de mi pena.

Y su prisión los altera, les obliga a chillar estridentes, sin descanso…

Un día más es un día menos de cara a la muerte…

¿Y la respuesta? ¿Y la pregunta?

Mucho me temo que no recordaré el enigma;

la esfinge asiente tocada su cabeza con un sombrero gracioso,

mientras se lima las garras para verse presentable.

Yo la veo hacer en silencio,

deseoso de atraparla en alguna falta;

quizá así pueda saber qué olvidé en el camino,

regresar sobre mis pasos y ver que del otro lado hay un sol vivo,

tomarlo entre mis manos, comérmelo y más tarde seguir caminando.

Ir por el mundo con la plena certeza de que sé la respuesta,

Aunque nunca nadie pregunte por ella, ni se interese por mis desvelos.

Pero no sé ninguna respuesta…

Me lo dicen los días, al caer la tarde y emerger la noche.

lo he olvidado: lo sé al mirar al viejo que cruza la calle;

arrastra sus pasos y no va a ninguna parte.

Miro por la ventana, y puedo oírlos volar;

me martillan las sienes como torpedos,

Graznan cuervos las ligerezas de mi memoria.

Un día más… ¡otro día con pájaros en la cabeza!

 

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