El ser más evolucionado

Imagen tomada de Pixabay

Dicen los que saben, que hace millones de años el hombre no era más que un primate nómada, el cual viajaba en pequeños grupos e intentaba sobrevivir al ataque de otras feroces especies. También, dicen que en algún punto evolucionó; que empezó a caminar erguido y que emprendió una lucha por mantenerse en esta tierra salvaje y ruda. En esa lucha, aprendió a defenderse y a atacar, hasta que logró escalar a la cúspide de las especies terrestres. Igualmente, afirman que después de cientos de años en la cima de los animales, ese primate evolucionado enloqueció y se convirtió en el más grande depredador, destructor y exterminador jamás nunca visto: el hombre.

Hace cientos de años, iniciamos una frenética carrera por destruir todo a nuestro paso; ahora, parece que la estamos ganando. De esta manera, emprendimos una violenta guerra contra la naturaleza, la declaramos nuestra enemiga jurada y nos prometimos dejar nuestra huella en cada rincón de su existencia. Primero, invadimos cada espacio de su ser. Luego, asesinamos a miles de sus hijos y los eliminamos para siempre de la faz de la tierra; y finalmente, contaminamos sus venas, sus pulmones y sus entrañas. Pero eso no fue todo, porque cansados de nuestra fácil victoria sobre la sumisa naturaleza, decidimos atacarnos a nosotros mismos; dimos inicio a un proceso de autodestrucción. 

Así, comenzamos invadiendo, como miles de hormigas pequeñas y hambrientas, hasta el más recóndito lugar de este planeta tranquilo. Nos instalamos plácidamente sobre sus tierras y construimos enormes edificios de concreto y acero, devorando ferozmente bosques y selvas, que albergaron durante millones de años a esos otros seres que existieron antes que nosotros. Poco a poco, el verde de la vida se fue marchitando para dar paso a un gris opaco y duro. Pero no nos conformamos con eso, porque nuestro egoísmo tiritante de envidia ante el resplandor de las estrellas en el cielo creó luces para opacar y esconder a aquellos astros plateados. Sin embargo, esa invención fulgurante solo fue posible desviando y atrapando, en inmensas jaulas de cemento, la sangre de nuestra madre tierra: el agua.

No obstante, aún tampoco nos sentíamos satisfechos; pronto quisimos arrancar de las entrañas del planeta todos sus preciosos tesoros, para crear con ellos joyas y coronas que nos ratificaran como los reyes de esa cadena evolutiva. Así que, sin la más mínima consideración, asaltamos su interior, rompimos sus huesos y dejamos enormes cicatrices sobre su piel de pasto. Y por esas heridas, comenzó a brotar una sangre negra y espesa, mal oliente y aceitosa, que se esparció como una tinta casi permanente por las quebradas, ríos y mares de esa madre convaleciente. Y esa agua, cubierta de ese pestilente líquido, empezó a contaminarse, a morir lentamente, dejando de lado su pequeño propósito de crear la vida.  

  De la misma manera, empezamos a querer ser como otras especies, por eso construimos pájaros enormes, caballos más rápidos y peces descomunales; y los usamos para volar por los cielos, caminar por la tierra y navegar por el mar. Ahora sí éramos casi los reyes del mundo. Sin embargo, todavía teníamos que ratificar que éramos la especie dominante. Entonces, capturamos a los otros animales, los usamos como alimento, como diversión, como rehenes; y con miles de ellos nos ensañamos y los masacramos para que nunca volvieran a existir. Estábamos ganando la guerra evolutiva.

Todavía más, deseamos cambiar el color de los cielos y la tierra, el azul y el verde nunca fueron nuestros colores favoritos. Por ello, teñimos los cielos con polvo negro y los suelos con tonos desérticos; nuestra obra de arte estaba casi culminada. Pero todo no podía ser tan perfecto, porque pronto esos artistas que habían transformado el mundo, empezaron a tener diferencias entre ellos. Esas diferencias crecieron hasta hacerse tan insostenibles, que un día cualquiera la guerra estalló. El hombre había empezado a luchar contra sí mismo, y en esa guerra cualquier cosa era válida. Por lo tanto, creó armas, bombas y espadas, y dio inicio a la dominación de los de su propia especie. En eso, el primate se pasó cientos de años.

Tiempo después de todo aquello, ese homínido evolucionado se detuvo por un instante a pensar; estaba cansado, su hogar estaba destruido y tenía hambre y sed. Entonces, decidió salir a buscar comida para comer y agua para beber, pero recordó que la naturaleza ya había muerto. Debido a esto, reflexionó y entendió que debía pedir ayuda; sin embargo, volvió a acordarse de que él era la única especie que quedaba. Estaba solo. De ahí que, triste y abatido, comprendió que debía buscar un nuevo hogar, debía encontrar en el universo otro planeta que pudiera recibirlo, porque esa tierra desértica y destruida ya no podía ser el hogar del ser más evolucionado.