El romance de la París revolucionaria

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La París romántica también hereda las voces de un pasado revolucionario. Por una parte, el acto de protesta de los famosos chalecos amarillos inaugurado el 17 de noviembre de 2018, recoge el rechazo generalizado por el alza del precio de los combustibles. En su accionar inundan la ciudad con pancartas, proclaman arengas y en casos extremos se enfrentan con la fuerza pública dejando a Paris intransitable sábado a sábado en muchas de sus plazas y avenidas. Por otra parte, desde el jueves 5 de diciembre del 2019, “la ciudad luz” vive la huelga de transportes más larga de su historia, superando los 28 días del invierno de 1986-1987. Los turistas y residentes naufragamos entre una y otra estación de metro buscando la ruta de llegada a nuestros propios lugares. Son tiempos turbios y agitados para vivir y visitar las atracciones parisinas. ImNoaginé muchas situaciones al aterrizar en esta capital del mundo. Pero, difícilmente, experimentar un episodio de esta magnitud.

La protesta liderada por los servicios de transportes inició después de conocer la reforma pensional liderada por el gobierno del presidente Emmanuel Macron y su primer ministro Édouard Philippe. La iniciativa busca unificar el complejo sistema de los 42 regímenes jubilatorios existentes y establecer un único modelo por puntos en el que todos los trabajadores, incluso el mismo Macron, disfruten de los mismos derechos de su jubilación por las mismas contribuciones. Esa variación del sistema pensional implicaría, entre otras cosas, subir la edad pivote de jubilación de los 62 a 64 años. Para los sindicatos la medida es injusta e injustificada, pues representa una “línea roja” que transformaría el modus vivendi de los franceses.

La huelga se ha extendido durante todo diciembre y lo recorrido de enero; no hubo tregua en navidad, ni en año nuevo. Los franceses, los extranjeros residentes y los turistas se han visto afectados con el tráfico interrumpido en todo el sistema. Algunas empresas han recomendado a sus oficinistas trabajar desde sus casas. Por su parte, los restaurantes y hoteles, aunque no han disminuido su personal, han reducido la intensidad horaria de sus trabajadores. Los cursos de francés y las universidades, o han cancelado sus actividades o retrasaron su calendario académico. A pesar de que con el paso de los días las líneas funcionan de manera intermitente en los horarios que consideran necesarios la red nacional ferroviaria (SNCF) y el transporte urbano en la región parisina (RATP), la ciudad parece sitiada. Actualmente, de las 14 líneas del sistema de metro de la RATP, solo funcionan con regularidad, salvo algunas excepciones, las líneas automáticas #1 y #14. Las otras líneas se activan en ciertos horarios, con frecuencias interrumpidas y con algunas de sus estaciones cerradas. La situación ha provocado saturación en todos los accesos al transporte.

La huelga ha construido pequeñas historias, allí asoman nuestras caras llenas de incógnitas como reacción a la aparente contradicción entre la París romántica y la París revolucionaria. Para los que viven en las puertas o afueras de la capital, el desplazamiento ha sido todavía más complejo. Por ejemplo, en mi caso que, vivo al norte de la ciudad, exactamente en Saint Denis (un lugar histórico con más estigmas que realidades). Trabajo sobre la conocida avenida de Champs Elysses, junto al Arco del Triunfo. Normalmente, mi trayecto al trabajo antes de la huelga duraba 35 minutos, tomando dos líneas de metro de la RATP. Durante el paro, mi recorrido aumentó a dos buses y un metro, aumentando el tiempo de llegada a más de dos horas. Esperar el transporte y acceder a él implicó toda una lucha acompañada de empujones, pisotones, gritos y en ocasiones de una nube de malos olores.

Otra escena es la de Juan Felipe González. Quizás y seguramente como la de muchos otros. Se quedó sin empleo justo al inicio de la huelga. Su búsqueda de trabajo inició inmediatamente; sin embargo, encontrar una plaza en algún lugar fue una odisea. La dificultad aparte de la temporada invernal fue la escasa movilidad para dejar su CV y el mismo contexto de las manifestaciones que impactó negativamente en el flujo de turistas y con ello del comercio en general. Las ventas de los restaurantes y hoteles sufrieron los efectos, y eso implicó disminución en las actividades laborales. Para diciembre, un tráfico completamente perturbado y tensiones entre todas las partes; según los sondeos, cerca del 60% de los franceses querían que el Gobierno retirara la reforma, aunque en paralelo crecía el rechazo a las huelgas, sobretodo, por los efectos sufridos en el sector de transporte ferroviario y metropolitano de la capital francesa.

La Huelga ha sobrepasado la barrera de los 40 días, circunstancias muy desgastantes para los diferentes actores. Los sindicatos, como la Confederación General de Trabajadores (CGT), Fuerza obrera (FO), Solidarios, la Federación Sindical Unitaria (FSU), la Confederación Francesa de Gerencia-Confederación General de Ejecutivos (CGE-CGC) y los sindicatos estudiantiles Unef y UNL siguen convocando a sus militantes para pedir “la retirada del proyecto de la reforma de negociaciones constructivas para mejorar el régimen actual”. Sin embargo, sus huelguistas cada vez son menos y los que asisten, se manifiestan desgastados al no ver una pronta retirada del proyecto, regresando poco a poco a la normalidad. Desde el Gobierno, el presidente E. Macron y E. Philippe, aunque han cedido con algunos gremios como el de la Policía, siguen en firme y no retiran la reforma.

El efecto de la huelga permite por lo menos tres consideraciones. La primera, vivir en París implica no solo disfrutar de sus rincones románticos y sus infinitas actividades culturales; es también aprender a coexistir con la lucha que traen las causas sociales. La segunda, distinguir que buena parte de la sociedad francesa no solo es observadora; al contrario, la conciencia colectiva de diversos sectores (educación, transporte, salud, etc.) ganada en la espesura de los siglos, la hace activa, reconociendo que el poder también habita en ellos. Finalmente, que uno y otro acto de protesta construyen una red de conexiones entre los sucesos, entre las personas, entre las cosas del mundo, episodios que tienen efectos en otros lugares; porque el ciudadano francés es heredero y símbolo de los ecos de la Marsellesa. Todo esto ocurre en París, porque no hay nada más romántico que la revolución.