El remo de arcana

Zancudo…

Zancudo. ¿Zancudo?

¿Viento? Humo…

Zancudo: ¿qué se siente morir como zancudo?

Morir. ¿Es lo que se siente?

Esporádicamente.

Esporádica…

Esporádicamente. Mas, dígame: ¿qué se siente morir como zancudo?

Espora…; ¿y cómo se lo digo, si por primera ocasión en mi existir me encuentro suspendido, como usted, sin ser el viento de mis alas y siendo el contenido del propio viento?

Siendo así, ¿qué se siente volar sin tener la sensación de, en algún momento, poder controlar los destinos de su vuelo ante el primer aleteo efectivo?

¿Cómo dárselo a entender, Espora, si pienso que usted nace de un desprendimiento connatural a lo surreal, destello de lo sobrenatural para el que la fantasía de la suspensión nada puede hacer con un par de alas?

La manera de la que me valgo para afirmar que lo que dice es cierto, es el hecho de exponerme su certeza en la forma de una pregunta afirmativa.

No se lo puedo decir porque lo estoy viviendo, Espora, no porque no tenga una idea de qué se siente. La abrigaría diciéndole que la muerte se vive, en el calor de una benévola mentira, y siento, a su vez, que voy en contra de las predisposiciones domésticas de la materia fija, para las que la muerte, muerta está. Es probable que sea el frío del ensimismamiento.

¿Siente que vive su propia muerte? En el espacio de la penetración espontánea del mundo fijo se sufre de otro tipo de ansiedad.

Aunque no me lo crea, siento que tengo el control de mi vuelo. Es posible que ya no tenga alas y me desespere esta conciencia que me surge, y que me dice que, si quiero ir a algún lugar, ya no me basta con hacerlo ni pensarlo, ni con prepararlo para llegar a destino. No lo puedo hacer; pero vivo lo impensado. Siento el control porque ni peso soy para el viento, que, así y todo, me mece. ¿A usted la mece? Me otorga la tranquilidad de saber divisar un horizonte del estar y librarme del peso de tener que mantenerme con cuidado en donde estoy.

¿Siente que ahora mismo es la muerte? ¿Se siente en la capacidad de suplantar a una presencia milenaria a la que todo ser vivo le teme, sea cual fuere su forma?

¿A usted la mece?

No es un cuestionamiento compuesto de mi sustancia. Albergue el cuidado: nadie le ha dicho todavía en qué fase de muerto se encuentra.

Ante la posibilidad de perturbarme por la indefinición, Espora, siento la tranquilidad irresponsable de ser nadie. No soy cosa alguna, lo sé, pero aún soy. No puede decir que soy nada cuando, en la nada que soy, dialogo. En el peor de los casos, dialogan conmigo.

Debe albergar cuidado, Zancudo. La muerte llegó, y ahí abajo se encuentra su cuerpo. Es la cosa que era y de la que ha salido expulsado, es su razón de haber sido. Mire por un momento lo que era: la sensilia hará con usted lo opuesto de lo que pretende hacer con su cuerpo. Una palma lo espichó y, como si fuera el interior de una lenteja, sale usted ahora por los aires sin contemplar el rastro de la vida, que ha dejado en la forma de un croquis fibrilar servido en una cena de pus violeta sobre una superficie. ¿No cree usted que el hecho de haber muerto es más evidente en su forma física que en su tránsito esporádico?

¿Está tan segura de que de un óbito nace vida y que un vaho es el veneno de la muerte, si usted es, entretanto, una forma perpleja e indefinida de los dos?

La única forma de la que me valgo para dar crédito a su pensamiento nace de la nada que somos, aunque su nada es digna de un lamento lacrimoso, y la mía de una lágrima acuífera, esencial. Saber lo que se será es más prioritario para los seres cruzados en el umbral de la existencia que para aquellos que consideran que algo se ha sido, y, en la acumulación de esos algos, se puede llegar a ser. Aquí no tenemos derecho a socavar con fraccionamientos, porque sentimos la nada que somos.

Hace referencia a la razón como si fuera algo resuelto. Parado aquí, deambulando aquí, haciendo lo que sea que estoy haciendo; desde aquí se ve un cuerpo que, espichado y hecho poca cosa, siento ajeno por completo. Justo a pocos segundos de haber sigo alguna vez zancudo. Distante en la física con que la vida se cosificó en ese cuerpo en el que aguardé, determinado por mi vida como pretendiente del néctar. Diría que, a la razón, busca en mí una premisa en un lugar donde no hay silogismos. Donde no hay, como así lo sospecho, polen.

Veo que se siente en la capacidad de referirse a la muerte como vida, y a la vida como una suerte de oquedad para la que usted es nada, para la que es inexistencia. ¿Cree usted que la inexistencia tenga alguna forma de morir, por fin, en los filamentos de la desintegración?

El silencio y la penumbra no suelen ser ambientes propicios para angustiar a un zancudo. Es por eso que, en la vida que soy, de lo que alguna vez fue un zancudo, siento que la desintegración ha sido posible en mí sin que, a su vez, se yerga sobre este plano una forma de inexistencia más sentida que la fragilidad física. Sentir la muerte en un ambiente tan familiar es otra forma de vivir.

¿Piensa que la oscuridad puede ser un parámetro de juicio, de la belleza o del existir, en la circunstancia de un cuerpo ubicado más allá de las percepciones y las formas sensoriales?

Ya no soy cuerpo; de eso seguro. Siento, me enaltecen los destellos de brillo que se reflejan en usted. Son símiles del agua cuando era larva, una incertidumbre hermosa que me impide pensar en necesario ocupar mi tiempo cuestionándome qué seré. Cavilo que la gran diferencia entre usted y yo es que, bien o mal, la ventaja de haber sido algo, y haber vivido entre las sombras, me permite pensar en que usted, materia de lo inmanente, tiene muchos más deseos de ser que yo.

Me valgo para pensar que lo que dice no tiene hermosura alguna por un único motivo: veo que ha puesto una pregunta en la forma de una afirmación seca y directa. Para ser espíritu de zancudo, se siente gran cosa. ¿Piensa usted que mi pequeñez, relejada en lo disperso y diluida, es medida alguna para mis alcances, en los términos de la vida?

¿Cómo responder a ello, Espora, si en la vida potencial seré la desventaja de lo ya creado, por beneplácito un renacido, siendo usted el germen inocente de la fundación?

¿Cree usted que será posible su renacimiento? ¿Cree usted en la imposibilidad de que yo me haga nada, o me desintegre súbitamente, como sugirió antes?

El que haya perdido el sentido de la vista, esa bella manera de dimensionar las cosas y de hacerse a una idea de ellas, con expresiones tan indescriptibles como las del movimiento, es ahora una aquiescencia. ¿Ve usted, Espora?

Por supuesto que veo. Por supuesto que lo hago. Ocurre que ver, a mi manera de ver, es divertido únicamente cuando danzan por los aires los espíritus que fueron. Verlos alzar en la desazón de la inexistencia no es tan divertido. Me acerqué porque, verlo a usted, en la celebración de la muerte, resultó graciosísimo.

¿Puede usted ver mi forma, mi áurea?

Su áurea.

¿Mi áurea?

Sí. La puedo ver, aunque no se lo puedo describir. Puedo valerme de su imaginación como la mejor medida para otorgarle la mejor descripción de su búsqueda. Puedo atenerme a ella por mis desatenciones ante la forma, cuando lo mío ha sido vivir en el fondo del tiempo.

Siendo así, puedo verla. Pienso que lo más bonito de este estado es que no existan los espejos. Me la imagino brillando, y no empujo mis pensamientos imaginativos hacia esa imagen. El primer brillo me lo otorgó su voz, que quebró el silencio como una onda en oleaje, que tocó mi áurea y vibró las primeras palabras de lo que, pensaba, podría haber sido todo menos una pregunta. De lo que podría haber sido todo silencio y nada más.

Juega usted con las palabras como si usarlas en sentido prospectivo representara el uso de una idea. Lamento decirle que aquí no funcionan esos trucos. ¿No se ha dado cuenta de que aquí no existe la comprensión analógica de los sentimientos, en el uso de las palabras? Preferentemente dígame, en la cruda ociosidad: ¿qué siente?

Además de sentirme cuestionado, siento la insensibilidad. Que los sentidos son innecesarios cuando se tiene el alma tuerta, el espíritu sordo y el áurea en el piso. Solía creer que la insensibilidad era una pena, y una culpa. Solía creer que la insensibilidad era algo para achacarle a los tuertos de alma, sordos de espíritu y con el áurea aplanada. Como estoy: a punto de achacárselo. Solía existir para volar por encima de las falencias espirituales. Ahora no. Siento la insensibilidad como un mal menor para los sentimientos. El que me incomode un poco, posiblemente por la manera en que ha crecido su tono, me hace pensar que, así sus sentimientos poco me importen, sus razonamientos me duelen. Quizás todo sea una cuestión de cortesía, de la que también deba desprenderme ahora.

¿Siente usted que la cortesía sea la falta de palabras, el silencio absoluto? ¿Siente usted que mi llegada fue algo hecho para sentir cosas?

¿Y cómo decírselo, Espora, si usted parece tan experta como inane, tan certera como desprovista de toda influencia? ¿Cómo decírselo sin que su distancia no sea reciedumbre, sin que mi inocencia no encuentre el brío para dejar de hacerse víctima, para ponerle palabras en su boca y creer, así sea por un momento, que no saber puede ser algo más que usted?

¿Siente usted que estoy siendo descortés? ¿Cree usted que mi comunicación le altera en algún grado su insensibilidad? Sé nada de la cortesía porque, si lo que usted dice es cierto, la sensibilidad es un elixir que se toma despacio.

Puedo decirle que el sentido del gusto es otra de mis dudas. Solía ir por los jardines con el frenesí de la dulzura, y con el ánimo de estar viviendo. Mi primer desencuentro se dio cuando divisé por primera ocasión a una de mis pares femeninas. Ella veía mi deleitar del néctar de una orquídea con una insensibilidad temeraria, aunque no me dejaba de observar.

El eco poco resuena en la gracilidad de la asfixia del oxígeno, y, sin rebote, temo que su historia es inequívocamente intrascendente. ¿Es muy difícil soltar los recuerdos para esgrimir lo tenue, lo escueto que se es?

Espora; si me cohíbe del pasado, habiéndome prohibido el futuro, mi elipsis se ve castigada por el ruido. O, vaya cosa, ser silencio.

El pasado en usted es un asidero muy fuerte; cuánto más si se recurre como efecto dado, como pasado, y no en el instante del momento que ha y transcurre. Si yo misma he entrado en su pasado, entonces prosiga. Saber del pasado no es tan cruel como saber del futuro.

Al principio creí que ella envidiaba mi néctar, por lo que tuve la cortesía de ofrecerle un poco. No quiso. Después pensé que estaba lo suficientemente llena, y que tomar demasiado néctar podría ser algo malo para el estado de ánimo. Practiqué el nunca quedar repleto, y no perdí la sonrisa. Ella entonces me sonrió, y me mandó un beso. Al cabo de un tiempo llegó de nuevo, con la boca llena de sangre. Fue cuando me dijo que le diera un beso, y no fue su boca, sino la sangre, la que me supo a gloria. A mis ojos, ella se hizo inevitablemente despreciable. La sangre y la belleza. Siento que ahora el gusto es incierto, y que la cortesía lo es todo. Podría haberme enamorado perdidamente de esa zancuda desaforada y sangrona si, desde un comienzo, hubiera accedido a probar algo del néctar que le brindé. Todo es relativo. Con usted, Espora, siento que la atracción es, como en mi vida de zancudo, una mera acción física. Con su cortesía incluida. En nuestro caso, cinética de la incertidumbre.

De lo único que me valgo para afirmar que usted es descortés, es su exceso de palabras y la seguridad con que las emite. La profusión de palabras es tan descortés para el silencio, que, de tanto hablar, estamos obteniendo la capacidad de movernos, y dejando aumentar en nuestro pensamiento la posibilidad de dirigir esos movimientos hacia un lugar común a lo pensado. ¿Siente usted que la comunicación sea una onda en movimiento?

¿Cómo decírselo, Espora, si el movimiento del que vengo parece mucho más movimiento que la quietud dilatada de este pernoctar eterno de nadas? 

Ahora sí, Zancudo; dígame: ¿qué se siente morir?

¿Dice usted que me he hecho algo que por fin me desprendió de mi condición de zancudo? O, ¿afirma usted que soy zancudo de nuevo?

Responda la pregunta, por favor. Su procacidad no encontró esta vez una manera de responderme entre preguntas.

Lo ignoro. Sé que estoy muerto, pero hace un momento me sentí inmensamente vivo.

Es el motivo por el que me permito volar con usted, antes de hacernos fecundidad o polvo.

Qué grandeza; si es que aquí se pueda ser gran cosa.

Es por ser gran cosa que lo puedo acompañar en su desasosiego. La grandeza diminuta. ¿No siente que de nada de lo que hace sale de algo de lo que fue?

Sé que lo que fui, en algún punto, tiene más posibilidades de hacerse nada en mí que en el mundo del que fui. Estoy casi seguro que la existencia es un estado que respeta los planos de la existencia misma, y que lo que fui quedará en los términos de lo que logré ser. Aún no sé si lo que pienso es posible, pero no me queda de otra que pensarlo de esa manera. Si mi existencia física pudo ser superada por mi espíritu, una leyenda recurrente en los zancudos debiera dictar que en este mismo instante debe haber un zancudo erigiéndose sobre dos pies, para los que volar sea un movimiento que ya no se accione con la propulsión de las alas ante el viento. Lo bello de mi muerte, como desacato del espíritu, en el que se invierte sangre en los depósitos de lo innecesario, posibilita que ahora, en los periplos de la inexistencia, tenga la fe de ser nadie, con la certeza digna de haberlo sido todo en un plano al que definitivamente, y para siempre, no existiré más. Que lo que fui sea nada es una recompensa. ¿Será esta la recompensa de la muerte? ¿Viviré mi muerte? ¡Vivo mi muerte!

No es necesario que celebre. Está confundiendo la levitación oscilante, el estado de la suspensión inmaterial, con la satisfacción de la existencia. He sabido, por experiencias de almas tristes, que eso es el amor. La existencia depende, en este caso, de mí. Soy el cuerpo del existir, que viaja desprovisto de toda intención. Soy la metáfora de lo bello, de una idea inspiradora, de un pálpito emotivo. En el plano de la vida, la belleza consiste en hacerme posible. ¿Cree usted que su muerte es un suceso sobre el que yo no tenga participación?

¿Y cómo decírselo, Espora, si su amor es tan desencantador? ¿Cómo explicarle que la vida, por la vida misma, resulta tan insípida como la vida de un zancudo macho, que nunca prueba la sangre? ¿Cómo decirle, Espora, que la vida sin la presencia de la muerte es un camino infatigable por no sentirse abandonado? ¿Cómo decirle que, en este estado de mi muerte, la muerte es un camino terminado, satisfecho en el quiebre de la vida y el sentir de esta vivencia del sobre existir; para lo que, en otro tiempo, me preocupé por supervivir? ¿Cómo decirle, de otro lado, que de usted no depende mi vida porque usted es la vida misma, irónicamente poco atractiva por andar cuestionando lo que no sabe: la muerte?

Me valgo de su respuesta para afirmar que su existencia es tan absurda, que los delirios de su superioridad trascendente se confunden con la satisfacción del desaparecer. Y, de paso, en el cuestionarme. Cuestionar el motivo de mis viajes por lo ignoto, para lo que la soledad cumbre de mi silencio requiera el uso de mis estancias. En el lugar indicado, esparcirse, como espora por el universo. De un atisbo microscópico de vida, ser un ciclo astronómico de choques, en amalgamas químicas de filamentos, en hilos impensados de masa. O en intrusión de formas negras de energía invertida, a la espera de mí. De chispas, cortes y destellos.  

Puede que sea hora de que siga su camino de hacerse cosa, Espora. Abrigar la idea del existir improbablemente es el resultado de un pensamiento, y usted es, en hecho y suceso, una pletórica consciencia cuyo único temor es nacer. No puedo dejar de pensar en usted como una macrospora. Según comienzo a entender, es una espora gimnasta en la búsqueda de esperma, buscando la germinación. Con imaginar me basta: la asexualidad corporeizada en un espécimen de múltiples sujetos. Bello sería atestiguarla nacer; en la inconsciencia del ser nacido, el fruto de una idea viviente.

¡Vaya, Zancudo! Le ha salido un turupe del óbito.

Espora: ¿eso importa?

No…, no era turupe. Parece una gota de aceite, para la que esta charla puede ser un día que se puso sobre una espora.

¿Está diciendo que soy espora?

Otro turupe. ¡Sí, es turupe! Por favor abra los ojos, e intente ver con los ojos.

Eh…

¿Puede ver?

Uh…

Se vas a convertir en cilio…

 

Espora, distraída por su preponderancia, y sorprendida por el suceso, cayó en el plano físico y entró por la nariz de una mujer que, con sus manos, había matado al zancudo. O, posiblemente, que había espachurrado su cuerpo para sacarlo del plano físico.

La humano despertó desconcertada. Airosa, aunque sumamente desconcertada. Percibió que su soledad era habitada por millares de ninfas y abejorros invisibles. Se despertó con la sensación de tener su cuerpo poseído de flagelos.

Sección: