El pastorcito mentiroso

Por: Jesús Antonio Álvarez Flórez

Un día, un pastorcito paseaba por el campus universitario. Feliz en su ignorancia (había leído cuatro libros de Historia y se consideraba más culto que los demás), oyó que el ministro haría una Reforma tributaria que afectaría su parcela y la de sus vecinos. Entonces llamó a los otros pastorcitos y les dijo: “Compañeros, la oligarquía nos va a quitar lo poco que tenemos. Hay que conformar una Asamblea”. El pastor y sus amigos nunca habían realizado un evento parecido, por lo que la improvisación fue evidente. Los días pasaron y las herramientas de trabajo dormían en el granero, cerrado por el pastor y varios de sus amigos.

            Semanas después, los pastorcitos dormían frente a la bodega y preguntaban, desilusionados, si ese día podrían ir a trabajar. “Mi familia lleva tiempo sin comer”, dijo uno. “Mi papá no cree que yo sea pastor”, dijo otro. Mientras tanto, el pastor dormía en los pastos de la granja, arrullado por el ritmo de la música. Cuando los otros pastorcitos le reclamaron por no hacer nada, el pastor se levantó, feroz, y les dijo que no había que bajar los brazos, que era necesario luchar en contra el Estado. “Si ustedes participaran de la Asamblea, estarían enterados de lo que estamos haciendo”, les dijo. “Pero no podemos hablar en la Asamblea. Solo ustedes lo hacen y deciden por nosotros”, le respondieron. El pastor entró en cólera y los llamó tibios, al tiempo que les cerró la puerta en la cara y decretó una nueva Asamblea permanente.

            Llegaron las fiestas de Navidad y los pastorcitos, sin nada que comer, decidieron que era necesario volver a sus trabajos. Así que, luego de las festividades, y alentados por los capataces, volvieron a tomar sus herramientas y le dieron vida a la parcela. “Vendieron el paro”, dijo el pastor. “Fachos, arrodillados”, siguió gritando. Pero los pastorcitos tenían hambre y estaban aburridos en sus casas.

            Meses después volvió la normalidad a la granja. El sol estaba en lo alto y la pradera lucía verde, fértil. Pero el pastor estaba harto de su trabajo. Era el empleado más flojo del predio, el más torpe con las herramientas y el más lento para pensar. Así que un día, luego de oír que el ministro haría otra Reforma tributaria, llamó a sus compañeros y los volvió a convocar para una Asamblea permanente. Era un 15 de octubre. Los demás pastores, impávidos ante el cierre, le recordaron que ellos irían a protestar en contra del Estado el 21 de noviembre. “¿Qué haremos en estos treinta y siete días?”, le preguntaron. “Una Asamblea”, respondió él, y de inmediato cerró el granero y se echó a dormir.

            Las herramientas empezaron a oxidarse tras el candado que las protegía. Algunos decidieron que lo mejor era irse a otras parcelas, en donde, si bien la cosecha no era buena, por lo menos había comida todo el año. Lo mismo acordaron unos pocos capataces, cansados de pedir al fiado en todas partes y trabajar día en noche en varias fincas para poder vivir. El pastor, mientras tanto, estaba recluido en el granero. Tras la cerradura se le podía ver feliz, bailando con sus amigos y discutiendo tonterías. Uno de los pastorcitos decidió quitar una de las materas que bloqueaban la entrada y recibió insultos e improperios por parte del pastor, quien dijo estar ocupado en una estrategia para acabar con el régimen. Los demás pastores huyeron del lugar, despavoridos.

            Otra Navidad llegó y el régimen no cayó. Antes bien, se fortaleció, pues el pastor propuso como estrategia de guerra una serie de coreografías que no condujeron a nada. Los pastorcitos, otra vez hartos, decidieron entrar al granero y sacar sus herramientas de trabajo; pero el pastor dijo que solo la asamblea podía decidir si todos volvían o no a sus puestos. “Y a ustedes, ¿quién los eligió? ¿Quién les pidió que nos representaran?”, preguntó uno. El pastor entró en cólera y habló del capitalismo salvaje, de la lucha contra el paramilitarismo y el orden mundial. Dijo la palabra “Resistencia” varias veces, aunque nadie recuerda lo demás. No obstante, al ver que los pastorcitos estaban decididos a retornar a sus trabajos, él, con mucho pesar, tuvo que retomar las labores de la granja, cosa para la que no estaba completamente apto. Antes de tomar el azadón, le pidió a su jefe que, en lugar de las seis hectáreas diarias de labores, le permitiera hacer un trabajo diferenciado y podar tan solo dos, pues la reflexión y la lucha le habían estropeado los huesos. El jefe aceptó y el pastor volvió a su trabajo sin rechistar.

            Pero un día, mientras los pastorcitos hacían la siesta, apareció en la granja el ministro y anunció, por tercera vez, un Reforma tributaria y la inminente explotación del páramo, pues el presidente había decidido buscar oro y petróleo en sus linderos. El pastor, asustado, llamó a gritos a los pastorcitos, quienes, molestos como estaban, siguieron durmiendo y no le prestaron atención. El pastor saltaba en sus dos patas y les decía: “Esta vez es verdad, muchachos. Aquí está el ministro”. Pero los pastorcitos, concentrados en sus herramientas, decidieron hacer caso omiso de las advertencias. Días después, terminaron sepultados por una avalancha de lodo, piedras, cianuro y Asambleas permanentes.

            El ministro, con unos binoculares de gran potencia, vio cómo las piernas del pastor sobresalían del barrizal, y lamentó en secreto la muerte de su mejor empleado.