EL OFICIO DE SER NIÑO

Sin embargo intentémoslo, como un viaje meramente ficcional apoyado en los relatos y registros históricos...

Fotografía: http://www.notpennysblog.com/2012/02/love-letter-to-new-york.html

Por un instante traslademos nuestra memoria  hacia un lugar lejano en el tiempo, dejemos que la mente viaje en el tiempo y se ubique en ese lugar: París, Mayo de 1968. Ahora percatémonos que tanto yo, como ustedes, no habíamos siquiera nacido para esa fecha, y mucho menos nos encontrábamos en Saint Dennis levantándonos en utopía. Sin embargo intentémoslo, como un viaje meramente ficcional apoyado en los relatos y registros históricos que se encuentran en la biblioteca o en internet, en lo que nos contaron los profesores de Humanidades en la universidad o el mamerto de filosofía en el colegio. Sí, ese mismo que era el sex simbol de las niñas  de once, y que se derretían al escucharlo narrar los hechos de Mayo del 68 como si el arquetipo encarnado éste, hubiese estado allí también.

Iniciemos el viaje, de pronto estamos en Saint Dennis. Los estudiantes de la Sorbona se han tomado la plaza,  los grafitis en las paredes,  Sartre fumando en la puerta de la universidad, y de pronto por  una calle, aparecen los trabajadores de la Renault bajo la consigna  “Queremos tiempo para vivir”…

Qué lindo sonaba esa consigna, y todas las que acudieron en ese atípico mes donde la utopía se hizo materia y anduvo por las calles de París, donde confluyeron  trabajadores, estudiantes, académicos, periodistas  y que en cierta manera lograron modificar en algo el rumbo de la historia.

Sin embargo, creo que al festín se olvidó contar con un sector de la sociedad, uno que si hubiese estado allí, tal vez no le estaría yendo tan mal en estos días. Me refiero a los niños, y me refiero a ellos en el sentido que la consigna  “Queremos tiempo para vivir” los debió haber tenido en cuenta desde el principio.

Los resultados de este desconocimiento en esos días  se observan en este nuevo siglo. Un niño en este tiempo  vive más ocupado que uno.  A ellos los botan de la cama a las cinco de la mañana. Luego de una ducha rápida, un desayuno embutido a las malas y vestidos con el uniforme a las carreras,  pasa  un micro bus a recogerlos para llevarlos al  colegio o similar. 

En el colegio cumplen las mismas labores que un oficinista.  Toman dictado del libro de texto a su cuaderno al pie de la letra, pues al parecer  la información va para el cuaderno y no para el cerebro.  Hacen trabajos, carteleras, resuelven problemas y todo eso en un rango de ocho horas.

Al salir del colegio, regresan a casa a hacer tareas. Entiéndase hacer tareas como llevar el trabajo a casa. Esto lo hacen los adultos una o  dos veces al  mes por mucho; los niños en cambio lo hacen todos los días hábiles, observando caer la noche sobre el escritorio de la sala o la mesa del comedor entre cuadernos, libros de texto y un odio al sistema forjándose en su interior, aunque aún  no sean conscientes de ello. 

Ahora bien, se diría que para descansar estarían  los fines de semana. Pues para los niños no es así. Sábados y domingos a clases de piano, de ballet, de pintura, el club de lectura en la biblioteca, el curso de fomi o de origami,  y si no es eso,  entonces es la visita a la abuela, a la tía solterona, a la iglesia o al cementerio, y entonces surge la pregunta  ¡A qué hora los pobres infantes viven! ¡A qué horas juegan!, y es precisamente porque a las palabras que más le temen los padres es precisamente a estas dos: “Tiempo Libre”. Sólo con pronunciarla les da horror, ¡Tiempo Libre! Por dios, si a los niños hay que mantenerlos ocupados, no hay que dejarlos que tengan tiempo de adquirir malas mañas, como por ejemplo esa de vivir, esa es la peor  de todas, vivir debilita el carácter, la disciplina y el orden, pero sobre todo, le quita el tiempo que necesitan los adultos para divertirse, porque eso de ser padres es muy duro.

Estas realidades se observan en los parques, con juegos de madera o de metal abandonados entre el óxido y la inutilidad, y luego se quejan que ahora los usan para beber cerveza en el balancín, por lo menos alguien los ocupa. Por eso es que ya nadie juega “Yermis” o “Tarro Quemado” porque no hay con quien, porque las múltiples ocupaciones de los niños no les permiten relajarse en su esencia más pura. Por eso pasan tanto tiempo en la internet, porque el chat es el único medio que tienen para socializar y así, un niño parece cada día más adulto,  navegando entre responsabilidades y hechos cumplidos, y así ven pasar la vida por el lado, ven caer la noche tan rápido que la infancia se va totalmente ignorada, triste y por la puerta de atrás.

Ahora regreso de nuevo en mis recuerdos inventados a Saint Dennis  en Mayo de 1968. Desde los campos Elíseos se observa venir una manifestación de niños con pancartas levantadas, gritando consignas que dicen  “Queremos tiempo para vivir” tal vez si eso hubiese ocurrido, los niños de este tiempo serían niños, y no pequeños oficinistas trabajando por nada.