El hombre del autobús

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Foto tomada de: https://foroalfa.org/articulos/adios-a-las-tablas-de-los-buses-en-bogota

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El bus estaba lleno.  Casi no me logro subir. Me tocó entrar por la puerta de atrás. Apenas entré, sentí su mirada. Me hice la distraída. Bostecé. Le di los mil quinientos del pasaje a un hombre de chaqueta café. “Gracias”, dije. Me miró. No quería hacerlo, pero le tocó. Él se los dio a una mujer alta, con aretes de flores. Un billete viejo y cinco monedas de cien, algo que casi nunca sucede. Ella también lo miró mal a él. Y así, hasta que la plata  llegó a la cabina del bus. El otro hombre seguía mirándome. Le di la espalda. Quedaba incómodo. Mi maleta golpeaba la maleta de otra mujer. Nos empujábamos. Me tocó volver a la posición inicial, frente a él. Lo miré un segundo, tratando de decirle que me molestaba. No lo logré. Me miraba, me miraba directamente a los ojos. Volví a bostezar. Revisé mi celular. Nada. Nadie me escribía. Trataba de mirar para otros lados, esquivarlo, pero no lo lograba. Lo miré de nuevo. Abrí un poco los ojos. Moví la cabeza, como si aceptara algo. El hombre tenía una cicatriz en el cachete izquierdo. Llevaba una camisa azul con rayas blancas. Una pulsera de oro en el brazo izquierdo. Tenía aspecto de ser un viejo en el cuerpo de un hombre de treinta. Llevaba una maleta que colgaba del hombro derecho. Era pequeño. Tenía poco pelo, las orejas grandes.  Un bigote mal cortado. El bus olía mal. Me miraba. Me miraba y parecía no inmutarse. Yo iba a la casa de mi madre. Faltaba una hora de recorrido. Pensé en que no podría aguantar una hora su mirada. Lo volví a mirar fijamente, tratando de soportar, de hacerme la fuerte. Tratando de decirle que también podía mirarlo, reconocerlo, hacerlo sentir miedo, incomodidad. Pero algo tenía en los ojos. Algo que yo no tenía. Yo no podía. Mi debilidad. No sé.  A veces movía la nariz, como si le picara.  Volví a mí celular, esta vez quería saber la hora. Repasé las conversaciones. Nada. Hice tiempo abriendo y cerrando los mensajes, y nada.  3:05 de la tarde. Levanté la mirada. Ahí estaba. En la misma postura. Con el mismo gesto. Inmóvil. Dudé otra vez de la hora. Tal vez por conveniencia. Sí, 3:05¿Quién era ese hombre? ¿Quién era yo para ese hombre? Retrocedió un poco el rostro.  Se metió la mano en el bolsillo. Mi miró de nuevo, inmediatamente. Sentí un gran temor. Me volteé. Me volteé y timbré. Sentí que me agarraría por la espalda. Que me cogería fuertemente y me insultaría. Sentí que le había hecho algo, algo que no recordaba. El bus no paraba. Faltaban más de cuarenta cuadras para llegar a donde mi madre. Volví a timbrar, insistentemente. Nadie más se daba cuenta. Solo yo. El hombre y yo. Timbré de nuevo. Me volteé por última vez. Ahí seguía. Sonrió. ¡Sonrió! El conductor abrió la puerta. No había terminado de parar y me bajé. El corazón era una bomba. Miré por última vez, ahora desde el piso. Levantó la mano. Se la llevó a la cabeza y se limpió la frente. Como si tuviera algo. Luego se despidió. Se despidió y seguía con la sonrisa. El hombre con la sonrisa y la mirada.

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