EL HALLAZGO ARQUEOLÓGICO

Todo indica que el Gobierno sacó una colección de historia de la literatura para incentivar a los niños a leer obras clásicas.

En excavaciones realizadas por una firma de ingenieros contratista del Distrito para la ampliación de una de las vías del centro de la ciudad, ocurrió lo que los arqueólogos o funcionarios del la Contraloría llaman un “Hallazgo”.  Al parecer,  mientras una de las cuadrillas se encontraba perforando más allá de tres metros de profundidad, dieron con un objeto extraño en forma  de cubo recubierto por un forro de cuero. Luego que los obreros lograran sacar el dichoso objeto y, entregarlo a los ingenieros para su respectivo análisis, estos lograron comprobar después de muchas  pruebas de laboratorio qué: 1) Era un baúl de madera 2) Llevaba enterrado allí mucho tiempo.

Ahora bien, lo que no pudieron descubrir los ingenieros era el contenido del baúl, al parecer porque este se encontraba cerrado con un candado gruesísimo, y pues ellos se encargaban de hacer vías y no abrir candados, así que le entregaron el baúl ese a los arqueólogos de Patrimonio para que ellos se encargaran de resolver el misterio del baúl enterrado y poder continuar con el arreglo de la calle en cuestión.

Fue entonces cuando uno de los arqueólogos me contactó para acompañarlos en el proceso de indagación del origen y naturaleza del baúl aquel.  Lo primero fue establecer la forma en la cual sería tratado el candado  para no destruir una posible pieza de museo. Aunque el mismo tenía un fino labrado en el tambor y su color era similar al de los rifles antiguos,  generaba cierta duda de su antigüedad  una inscripción en el mismo que decía “Yale”. Posteriormente se pudo observar que no había necesidad de destruir el candado porque al parecer estaba abierto.

Posteriormente se dio el momento de abrir el baúl aquel, nadie se imaginaba que podría encontrarse allí,  desde tesoros hasta los trastes de una vieja loca de la era republicana, como el gato de Shrodinger. Todo era posible y a la vez nada, sólo había que destapar el baúl, que fue lo que en realidad se hizo. Y después de una humareda de polvo y pedazos de barro que se alojaban allí, se encontraron una serie de libros  envueltos en una  tela negra y amarrados con cabuya vieja. 

Sin reparo alguno se retiró el envoltorio, encontrándonos con una especie de enciclopedia de literatura universal que comentaba obras clásicas desde los griegos hasta el romanticismo francés.  Era una colección interesante, muy valiosa y hasta ilustrada, comentaba la sinopsis de cada obra, la vida del autor y su aporte a la cultura occidental. Lo curioso era que una enciclopedia de este calibre estuviera enterrada, y que ninguno de nosotros tuviéramos conocimiento de la misma. Así que buscamos en la página legal de la misma y encontramos que al parecer se trataba de una colección que había sacado el  Gobierno de aquel tiempo para la educación secundaria.

Tratándose de un producto oficial, nos dimos a la tarea de investigar el origen de dicha colección,  pero en ningún estamento oficial reconocieron la existencia de dicha enciclopedia. Ya desanimados pensamos en cerrar el caso,  pero un día cualquiera, sentado en una de las bancas de la Jiménez con séptima, haciéndome embolar los zapatos y mientras hablaba por celular con mi amigo arqueólogo, el embolador escuchó mi conversación y me dijo: - Oiga don, yo sé de lo que usted está buscando.

Tuve que pagarle al embolador por la información e invitarlo a un tinto en el “café pasaje”. Pero el relato del hombre aquel se resume a lo siguiente:

Todo comenzó a principio de siglo XX,  el padre del embolador en aquel tiempo era un niño y fue éste quién le transmitió la historia. Todo indica que el Gobierno sacó una colección de historia de la literatura para incentivar a los niños a leer obras clásicas. Sin embargo, sólo editaron una que fue entregada a una escuela en un pueblo cercano a Bogotá, y al parecer, dicha colección estaba embrujada.

Esto se vino a evidenciar en el hecho de que los niños que tuvieron contacto con dichos libros, empezaron a experimentar una serie de percances paranormales. Cuentan que primero fue un chico que al leer Caperucita roja  se convirtió en un hombre lobo, y en las noches aparecía para comerse a las jovencitas del pueblo. Posteriormente se cuenta de otro niño que al leer  Cirano de Bergerac, le creció tremendamente la nariz y se dedicó a ser poeta cuando sus padres ya lo proyectaban de abogado. Se presentó también el caso de un chico que al leer  la Ilíada,  empezó a disparar rayos por la boca, aunque también se dice que no eran rayos sino una halitosis demoniaca que lo había poseído.     

La gente del pueblo no tardó mucho en juzgar que todos esos acontecimientos diabólicos se debían a la enciclopedia esa, y había que quemarla; y se cuenta de una manifestación que se levantó con antorchas, todos dispuestos a prenderle fuego a los pobres libritos, pero algo extraño sucedió y la enciclopedia desapareció de la biblioteca del colegio y no se volvió a saber nada de ella, hasta el día en que fue rescatada por la firma contratista.

Sin embargo, no alcancé a contactar de nuevo a mis compañeros arqueólogos, antes que aparecieran unos agentes de la policía secreta y confiscaran el hallazgo, sellándolo con un aviso que decía “Clasificado”.

Al parecer, también desde esa época, se descubrió lo peligrosa que podía ser la lectura y se hizo una guerra sistemática contra ella. Debe ser por eso que en este país solo se lee medio libro al año.