El futuro compartido y construido

Un estribillo que ha circulado por medios de comunicación, redes sociales, algunos círculos académicos, políticos, religiosos y espirituales durante los últimos meses es que “nos encontramos en el tránsito hacia un cambio histórico: hacia un mejor futuro”. Este se apoya en la idea que el efecto que tendrá la actual situación que atraviesa gran parte del planeta Tierra generada por el virus del covid-19 será el cambio de las estructuras que soportan la actividad humana. Para unos se trata del declive del capitalismo de corte neoliberal, basado en la explotación, la ganancia, la desregularización económica y la financiarización de la vida humana; para otros, del cambio de mentalidad respecto a la forma de relacionarnos con el planeta, dejando atrás las maneras depredadoras por medio de las cuales hemos devastado la naturaleza; otros afirman que se producirá un mundo más empático y solidario, en el cual las relaciones entre hombres y mujeres perderán su carácter diferencial de clase, género, raza, religioso o étnico, etc.

Si bien existe esta posibilidad, también existen otras, quizá menos alentadoras, pero posibles, al fin y al cabo. El futuro, es bueno recordarlo, no está escrito ni determinado. De allí que las versiones optimistas y fatalistas sobre este sean simplemente eso: versiones. Del futuro, vaya paradoja, sólo se puede hablar con certeza cuando este ya es pasado. Cuando se logran interpretar y analizar en su conjunto las condiciones que hicieron posible que algo ocurriera y se desarrollara de cierta manera en determinado momento histórico particular. Por lo tanto, deja se ser futuro. Sin embargo, esto no obsta para señalar la importancia del presente en y para el futuro, ya que este último depende, en gran medida, de las acciones que realicemos en el primero.

Las acciones que realizamos hombres y mujeres de carne y hueso en el aquí y el ahora marca el camino que toman las relaciones humanas y no humanas y las condiciones en las cuales viviremos o moriremos en un futuro próximo. En este sentido, las estructuras que soportan el mundo social no cambian por una voluntad teleológica, sino por este tipo de acciones. Si creemos que estamos viviendo un “cambio histórico”, de nosotros depende que este se oriente hacia la construcción de un mundo mejor o peor. Esto implica un discernimiento no sólo político sino fundamentalmente ético respecto a las intenciones que motivan nuestras acciones. Es decir, a una claridad mental que nos posibilite comprenderlas adecuadamente, establecer si generan daño y sufrimiento, o bienestar y felicidad colectiva. En último término, a realizar un ejercicio predictivo sobre los efectos prácticos que estas producen.

Lo anterior entraña una invitación, totalmente necesaria, a empezar a reconocer nuestras determinaciones y, en algunos casos, privilegios de clase, género, raza, etcétera, frente a otros seres sintientes. Un buen ejemplo de esto es la situación que viven las comunidades indígenas del Amazonas y Putumayo en nuestro país frente a las condiciones de salud en sus territorios, o el caso de Edy Fonseca, vigilante de un edificio estrato 6 de la ciudad de Bogotá, quien fue obligada a permanecer durante un mes encerrada cumpliendo sus deberes de vigilancia porque la mayoría de los propietarios así lo consideraron. El argumento era que no podían dejar el edificio sin vigilancia ni exponerse a ser contagiados.

Estos dos ejemplos demuestran la fragilidad y reto que tienen por delante las versiones optimistas del futuro, colocando en evidencia que las formas de pensamiento y acción que estructuran el ethos hegemónico de la sociedad colombiana se asientan en el colonialismo, racismo, patriarcalismo, clasismo y sexismo, las cuales, valga recordar, motivan gran parte de nuestras acciones. Empero, debemos reconocer que estas corresponden a formas contingentes, temporales, de pensamiento y acción que surgieron en un momento histórico determinado y, por lo tanto, tienen toda la probabilidad de ser transformadas. Para ello, debemos comprometernos en identificar, en primer lugar, cuáles de estas formas de pensamiento y acción hacen parte de nuestra programación sociocognitiva, es decir que hemos heredado a través de procesos de socialización y se han convertido en los horizontes cognitivos, afectivos y valorativos que orientan nuestras acciones. En segundo lugar, reconocer que estas operan en el mundo material, que producen ideas, sentimientos y acciones por medio de las cuales nos relacionamos con otros seres sintientes produciendo consecuencias prácticas como lo fue el encierro de Edy Fonseca. En tercer lugar es fundamental neutralizar las de nuestro radio de pensamiento-acción, que no sean más nuestros marcadores para orientarnos en el mundo. Por último, debemos comprometernos en inventar nuevas y más humanas formas de interrelación con los seres humanos y no humanos, centradas en la bondad, el amor, el respeto y el reconocimiento.

Sólo de esta manera el estribillo que nos encontramos en “el camino hacia un futuro mejor” podrá tener algo de esperanza. De mi parte me encuentro aportando a este camino para cuando en el futuro historiadores, sociólogos o periodistas estén narrando lo ocurrido durante la tercera década del siglo XXI, la versión optimista sea la que mejor retrate lo sucedido. Y usted, ¿cómo cree que será narrada esta década?