El desenfreno tropical

García Márquez, al igual que muchos otros novelistas de su generación, ha recurrido a la figura del dictador para explicar la historia política del continente

¿Es posible parodiar al dictador latinoamericano? La parodia, como sabemos, es la trasgresión del discurso. Con ella se recrea un personaje o un hecho mediante el empleo de la ironía, la sátira y lo caricaturesco. Pero, tal como señala Gabriel García Márquez en su texto “Fantasía y creación artística en América Latina y el Caribe”, el problema que se le presenta a los escritores de esta parte del mundo, cuando apelan a ella en sus obras, es hacer que los demás crean en sus ficciones, no porque nuestros artistas lleguen al colmo de la exageración, sino porque la realidad política de nuestro continente es, la mayoría de las veces, difícil de recargar. De allí que concluya: “Nuestro destino, y tal vez nuestra gloria, es tratar de imitarla con humildad, y lo mejor que nos sea posible”.

Las palabras del Nobel tienen mucho sentido si analizamos casos como los siguientes: Rafael Leonidas Trujillo Molina, el dictador de República Dominicana, obligaba a su pueblo, el día de la madre, a felicitar a su progenitora, no por ser su fiesta, sino para que todos le agradecieran por haber parido al benefactor de la Patria. En Paraguay, bajo la dictadura de José Gaspar Rodríguez de Francia, estaba prohibida la prensa. Los pocos periódicos que entraban allí eran para él. Nadie podía abandonar una villa sin su permiso directo; incluso, para transitar dentro del país, también era necesaria su venia. Antonio López de Santa Anna, once veces presidente de México, perdió una pierna en un combate y preparó una misa de réquiem para enterrar, con altos honores militares, su sagrada extremidad inferior. El español Lope de Aguirre causaba tanto miedo entre la gente que, cuando su mano navegó río abajo durante varios días, los pobladores temblaron de miedo al pensar que esta podía blandir un puñal y asesinarlos por no darle su debido respeto. Anastasio Somoza García, cuenta el colombiano, tenía en su casa un zoológico de dos compartimientos: en uno encerraba a las fieras y en el otro a sus enemigos políticos. Duvalier cambiaba cada seis meses a sus generales para no darles tiempo de planear una conspiración en su contra. Maximiliano Hernández Martínez, además de poner un péndulo inventado por él mismo sobre la comida para saber si esta había sido envenenada o no, forró con papel rojo todo el alumbrado de su país para evitar una epidemia de sarampión.

Frente a estos casos reales, la desmesura de Nicanor Alvarado parece normal dentro de su papel. Que haya utilizado a Patricio Aragonés como su doble oficial, y que tuviera, además, un grupo de esclavas para satisfacer sus deseos sexuales, no resulta escandaloso frente a los hechos antes citados. Tal vez lo que más nos llama la atención es la venta del mar, pues esta nos sitúa de lleno en la visión delirante y paródica del poder que el escritor cataquero recreó con su novela. La historia política de América Latina en El otoño del patriarca es encarnada en la figura de Nicanor Alvarado, trasunto de todos los dictadores que refiere García Márquez en el texto mencionado al inicio de este trabajo. El patriarca deviene en arquetipo de la dictadura; sus excentricidades, más que ser parte de la descripción y del estilo garciamarquianos, refieren una conducta común dentro de la política de nuestro continente, a saber: los excesos y el colmo de todos los desmanes caracterizan la figura del opresor latinoamericano.

García Márquez, al igual que muchos otros novelistas de su generación, ha recurrido a la figura del dictador para explicar la historia política del continente. El dictador en su novela es metáfora del abuso de poder; pero también, una alusión directa a la podredumbre de sus regímenes. Nicanor Alvarado, viejo y solo al final de su vida, manda sin poder, gobierna sin gloria y es obedecido sin autoridad. El personaje es, así, una figura simbólica y totalizadora de ese hombre histórico llamado dictador, que ha de despertar algún día a su gente “con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza” (García Márquez, 7).    

Bien señalan algunos críticos que García Márquez, más que descubrir la cara oculta de las dictaduras, ha sabido profundizar en los temas comunes que atañen a ellas. Por ejemplo, la crueldad y el delirio de un patriarca que llega a su punto máximo cuando vemos que ordena guisar a Rodríguez de Aguilar, su lugarteniente, quien luego de haberlo traicionado fue comido por los ministros por obligación suya. No contento con ello, el cruel asesinato de José Ignacio Sáenz de la Barra, cometido bajo sus órdenes, revela el rostro de un dictador que teme un levantamiento por parte de sus hombres. Son tales sus afanes de poder y la repercusión de estos que, en la frase más famosa de la novela, vemos cómo alguien le contesta al dictador, luego de que este preguntara qué hora es, “la que usted ordene, mi general”, como si tuviera influencia incluso sobre el tiempo.

La novela, como rumor de la muerte de un dictador que fallece una y otra vez, nos deja ver en el coro de voces los chismes de la gente que quiere contar cómo murió el patriarca, un hombre que ha conservado el poder por más de cien años y del que no se conoce su edad exacta (como la Mamá Grande), pues ni siquiera la pitonisa a la que le preguntó por el día y la forma de su muerte pudo definirla con certeza, y solo concluyó que esta se daría entre los 107 y 232 años de edad.  

Pregunto de nuevo: ¿es posible parodiar al dictador latinoamericano? El absolutismo de los regímenes que hemos conocido gracias a la historia parece indicarnos que, por más que apelemos a la caricaturización de estos gobiernos déspotas, nunca podremos dar una idea completa de todos los horrores y vejámenes a los que ha sido sometido el continente. Escritores como Augusto Roa Bastos, Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, Fernando del Paso y Rubem Fonseca, han abordado el tema y este parece no agotarse. Los autores, frente a la realidad política que recrean en sus novelas, han tenido que inventar muy poco. Así, historia y ficción no parecen tener gran diferencia en el terreno de la novela del dictador. Hice la pregunta al inicio de este párrafo porque, si bien al principio de este trabajo señalé que tal vez el caso más sorprendente en el relato de Nicanor Alvarado es la venta del mar, hecho que puede parecer pura invención garciamarquiana, basta recordar a otro ilustre dictador de estas tierras, don Mariano Melgarejo, quien gobernó borracho a Bolivia entre 1864 y 1871, para comprobar una vez más que en esta parte del mundo la realidad supera a la ficción. El político antes mencionado es el artífice de que, en la actualidad, los bolivianos no tengan salida al mar, pues los plenipotenciarios chilenos, conocedores de la vanidad de aquel, lo nombraron General de las Fuerzas Armadas de Chile (?); y él, en agradecimiento a tan alto honor, entregó miles de hectáreas de su territorio a los australes. Como señala Hernando Motato en La parodia de la dictadura: un diálogo con la historia en la narrativa garciamarquiana, […] entre halagos, agasajos e invitaciones, los chilenos le ganaron el mar a Bolivia (Motato, 191-192).

Así, que Evo Morales haya dicho que comer pollo de granja vuelve homosexuales a los hombres (con la consiguiente prohibición de la venta de huevos importados), y haya recomendado a sus ciudadanos no consumir productos europeos para evitar la calvicie que están importando y envasando los del viejo continente, es otra prueba fehaciente de que, tal como aconseja García Márquez, lo único que le queda por hacer a los escritores latinoamericanos es imitar la realidad lo mejor posible, pues ella, más que nadie, sabe qué es la ficción.