El último camino

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La vida y la muerte

Martín salió de su casa a las seis y treinta de la mañana con su traje más elegante, sus zapatos de cuero brillantes y un paño blanco bordado por su abuela,  listo para la muerte. Entre el camino que iba desde su casa hasta el cementerio, esperaban en cada puerta de las trece cuadras largas y delgadas como un hilo endeble, los vecinos con flores, saludos y oraciones.

─Buen viento y buena amar, Martín ─repitió en coro una familia de cuatro (la madre y el padre con artritis degenerativa, una niña con ojos color canela y un niño bien vestido); los primeros en saludar y ver salir a Martín de su casa por entre la puerta de madera y materas de cerámica, camino a la muerte.

            Él iba tranquilo, aceptando su destino. Caminaba medio distraído y extrañado por el buen tiempo. Siempre pensó que el día de su muerte llovería. Pero no, todo lo contrario. El sol pintaba las casas de tejas sucias y paredes delgadas mientras lanzaban flores las personas que miraban cómo Martín iba desapareciendo del mundo. El cielo mantenía un azul sospechoso, como si alguien supiera que ese tono sin nubes y con degradaciones de oscuro a claro era para Martín señal de una buena vida.

            Mientras caminaba la gente repetía las mismas frases. “Te extrañaremos Martín, eres un hombre valiente, gracias por esa sonrisa, saludes a Marina, no te desanimes que acá siempre te pensaremos”. Otros más melancólicos no podían proferir palabras y se tapaban la cara despidiéndose con un movimiento de manos.

─ ¿Por qué vas tan elegante Martín, acaso alguien te espera?─. Estas palabras, esta pregunta devastadora de una pequeña niña con capul y labios rojos de fresa, agitó el corazón de Martín. ¡Qué tal que su madre hoy lunes, el día de su muerte, no estuviera esperándolo! ¡Qué tal que María, la mujer de su vida, estuviera ocupada mirando la tarde y nunca pudieran encontrarse! ¿Por qué tanta dedicación en el peinado, en la embetunada de los zapatos, en la planchada de las arrugas del saco y la camiseta?

Martín que antes iba tan resuelto, dudó. Pensó que tal vez podía evitar el camino y buscar una forma de no morir todavía. Pero en el fondo, en el fondo de su corazón, de su estómago que todavía digería el último desayuno, sabía que nada podía hacer. Alcanzó a soltar unas lágrimas que cayeron en el zapato izquierdo de cuero negro. Lo reviso para ocupar el tiempo y vio que sus lágrimas se secaban rápido y manchaban de tono azul el zapato.

            Volvió a la serenidad de antes, a esa sonrisa sabia que se despedía de este mundo. Contantemente repasaba su saco de paño para que no tuviera ninguna arruga, miraba las vueltas del reloj cerciorándose que llegaría a tiempo a su tumba; la mayor parte del tiempo se acomodaba el pelo radiante mientras seguía su camino entre las casas colmadas de gestos, flores amarillas y manos levantadas, Martín erguía su espalda, hacia una pequeña venia de agradecimiento y una y otra vez apuntaba y desapuntaba su chaqueta.

            En la onceava cuadra Martín sentía como nunca la brisa mañanera removiendo  cada fibra de su cuerpo. Sentía la suavidad del sol despidiendo el tono de su piel, la silueta de su sombra que empezaba a encogerse; el aroma de su vida que se adelantaba dos pasos de su cuerpo. Ya no titubeaba, estaba decidido dando pasos, aunque fuertes, a veces con una nostalgia insoportable. Pero no volvería, no quería volver. Por más que pensara en la gata, en la ocupación de la lectura los miércoles junto a la ventana, en ese calor arrullador de los pinos en la chimenea, ya estaba tomada la decisión y no iba a volver.

En la doceava cuadra ya era poca gente la que esperaba el venir solitario del próximo muerto. Aunque siempre lo consolaban los buenos deseos de aquella gente que lo veía cada vez más lejos y pequeño, algo dentro se desboronaba. Martín contó ese día los pasos que se necesitaban para morir. En total fueron quinientos ochenta y cinco. También contó las personas que se habían cortado las uñas y el pelo para despedirlo. En total doscientas personas de trecientas diez que salieron ese lunes soleado: un buen número para las peluquerías del barrio.

Martín llegó finalmente al cementerio. Vio esa gran puerta de metal con una gárgola al final señalando al cielo. Se detuvo unos segundos a respirar el cálido aire de enero. Metió la mano en el bolsillo y sacó la llave del candado. Volvió a cerrar y miró una última vez el camino que había recorrido. Se volteó resuelto a cumplir su última tarea. Llegó hasta donde se encontraba el sepulturero,  que ya había cavado el hueco, y lo esperaba con benevolencia y una pala llena de tierra. Este le entregó la dirección de su madre y su número. Le dio el listado ocasional de los sitios que no debía visitar y unas buenas recomendaciones por si le daba hambre. Se despidió moviendo su cachucha con la mano hasta que Martín se recostó.

Empezó a caerle tierra y él seguía con los ojos abiertos viendo a ese viejo de barba blanca botando paladas de gusanos y hojas muertas. Vio la imagen de su madre, de su esposa y agradeció ese cielo azul de lunes y el camino de flores que mañana por la mañana barrerían los vecinos.

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