Elí, figura de un violento

Imagen tomada de Pixabay

A mediados de 1987, Elí andaba orondo en el barrio Campo Hermoso. Quienes lo recuerdan lo describen como un hombre negro de cabello tieso y enmarañado, con una cara de matrero llena de cicatrices. Su cuerpo era imponente a pesar de su baja estatura. Dicen que había crecido entrenando boxeo en Barranquilla, y por ello corría el rumor de que era boxeador profesional.

Su aspecto era el de un padrote de los años setenta. Vestía camisas de colores estrambóticos con el cuello abierto hasta la mitad del pecho y usaba alhajas de fantasía. Era altanero, ruidoso, molesto, y se paraba en las esquinas a robar, cuando no a pelear a golpes o a puñaladas. Respecto a otros sujetos como él, era un veterano; cuando llegó al barrio tenía casi treinta años. Vivía con su madre y un par de hermanas, a quienes acusaban de taparle sus faltas. Así lo recuerdan algunos habitantes del barrio:

«Ese tipo era espantoso», dice Patricia Beltrán. Cuando lo conoció ella era una adolescente a punto de terminar el bachillerato. En una ocasión, el 12 de noviembre del ochenta y siete, Patricia celebró su cumpleaños en la casa de una amiga. A la media noche, en medio de una sala atestada de parejas que bailaban, apareció Elí. Por un momento las risas y las voces se apagaron y al fondo el disco siguió sonando con imprudencia. Elí se acercó a Patricia con una sonrisa ebria y le dijo: «Venga bailamos, monita». Todos miraban la escena. Ella comenta que aceptó sin mostrar resistencia, porque negarse a sus peticiones habría sido condenarse a sus asechanzas cada vez que se encontraran en la calle. Así, luego de caricias indecentes y cumplidos al oído, Patricia volvió asustada al abrazo nervioso de sus hermanas.

Jorge Lozano también conoció a Elí. Él atendió durante varios años la ferretería de su padre, que estaba ubicada detrás de la parroquia del barrio, y comenta que a Elí le gustaba mucho el fútbol y las prostitutas. Lo describe como un hombre temperamental y vulgar que peleaba por el motivo más mínimo y que insultaba ferozmente a las mujeres que no le hacían caso. Además, añade que era adicto al alcohol y a las drogas, y que cuando se emborrachaba o se drogaba se animaba a pelear a mano limpia. Dice que era un peleador implacable y que una vez golpeó a un muchacho hasta dejarlo inconsciente. Aunque estuviera ebrio o drogado —insiste—, Elí daba golpes certeros y tenía los sentidos aguzados.

A pesar de su mala reputación, Jorge compartió con él en diversas ocasiones, pues tenían amistades en común. Pero esta cercanía terminó cuando Elí atracó a su novia, quien iba camino a la plaza de mercado un domingo en la mañana. «Ese día, por la tarde, me fui con mi cuñado a buscarlo a una tienda, pero cuando llegamos salió todo tomado y nos amenazó con un revólver. Más tarde llegó a la ferretería y nos amenazó a todos; ahí estaba mi mamá. Eso me ofendió muchísimo». Después de ese episodio no volvieron a dirigirse la palabra.

Melba Martínez le guarda un rencor particular. Conoció a Elí porque fue novio de su hermana mayor y asegura que, a pesar de su reputación, parecía atento y cariñoso. «Cuando llegaba a la casa nos alegraba el día a todos. Usted sabe que los costeños son alegres, son amables». No obstante, los rumores de sus fechorías, de su pillaje, hicieron que poco a poco la familia rechazara la relación. La respuesta fue predecible: «Desde que terminaron perseguía a Liliana por la calle y la insultaba. Mi mamá estuvo a punto de mandarla a Cúcuta, pero al fin él se cansó de molestarla». A partir de ese momento Elí se convirtió en la persona más indeseable para ella y su familia. La expresión amarga de Melba al hablar del tema es notable.

Ernesto Sánchez lo vio por última vez. Durante su adolescencia le tuvo miedo y siempre procuró evitarlo, pero no pudo eludir verlo en el suelo, agonizante. Dice que fue una tarde soleada de domingo, en el ochenta y ocho, casi a las 4:00 p.m. Estaba comiendo un helado junto a la parroquia y Elí estaba de pie en la esquina siguiente, en la tienda «Los Monos». Estaba en pantaloneta y sin camiseta, como recién levantado de una siesta. De repente, desde una moto RX le dispararon una ráfaga de balas, trastabilló y cayó sobre un pequeño charco de su propia sangre. «La gente salió de la iglesia asustada y las señoras empezaron a llorar. En menos de nada, la calle se llenó de patrullas y de gente. Para mí, lo mataron los del F2». El F2 era una facción encubierta de la policía que hacía asesinatos extrajudiciales.

Ernesto comenta que a Elí se le acusaba de robar a mano armada varios negocios del barrio, y que en una ocasión mató a un empleado de un micromercado. Dice que le cobraba impuesto a los tenderos y que no dejaba pasar a los muchachos por ciertos lugares si no le pagaban, bajo la amenaza de apuñalarlos. Era una pesadilla. Esta es, según Ernesto, la razón de su muerte. Sin embargo, el rumor más extendido sobre la causa del asesinato es que Elí violó a la sobrina de un policía y le arrancó de un mordisco uno de sus pezones.

Melba conoció a la víctima y supo cómo fue abusada; vivía cerca al lugar donde sucedieron los hechos. La víctima se llamaba Sandra. Una noche, al regresar del trabajo, Elí la asaltó y la arrastró hasta la cancha de arena del barrio, que aún hoy permanece oscura en las noches. Allí la golpeó, la desvistió a la fuerza, la violó y en medio del furor le mordió un seno hasta arrancarle el pezón. Ella gritó tan fuerte que los vecinos salieron a ver, pero Elí ya había escapado; solo se veía a Sandra retorcerse en el suelo con las manos sobre su pecho ensangrentado. Tras la violación, Sandra y su familia se fueron del barrio. No se sabe nada de ella hasta la fecha.

Jorge y Ernesto recuerdan que el entierro de Elí fue en el Cementerio Central de Bucaramanga y que fue tan concurrido como la caravana que salió desde el barrio en cortejo fúnebre: motos y carros con arreglos florales sobre sus manubrios y sus capós sonando sus pitos acompasadamente. Supongo que algunos pocos lo acompañaron por simpatía; otros, por mera curiosidad, esa que despiertan los muertos de barrio. En esa época las hermanas de Elí aún vivían en Campo Hermoso. Hoy, según Patricia, de ellas solo queda una, que ahora vive en otra parte de la ciudad y que trabaja en la Plaza Central, a quien me sugirieron no entrevistar por respeto y precaución.

Las personas que dieron su testimonio han vivido casi toda su vida en Campo Hermoso. Al preguntarles por Elí fruncen el ceño y tienen muchos reparos en hablar sobre él. «¿Por qué?», «¿para qué?», «¿a quién le interesa?» Entre quienes lo conocieron, pocos viven en el barrio y poco quieren decir sobre él, más que unas cuantas declaraciones escuetas. Sin embargo, todos concluyen que hasta la fecha no ha habido un tipo tan peligroso y molesto, quien mató, hirió, robó, abusó y fastidió siempre, con su sonrisa burlona y su mirada turbada.

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