Duque, el presidente tonto

Y es que, cuando se trata de hacer el ridículo, Duque no tiene rival

Las actuaciones de Iván Duque son tan penosas que hacen ver a Andrés Pastrana como un sabio. Y es que, cuando se trata de hacer el ridículo, Duque no tiene rival. Primero se pintó el pelo para verse como un hombre maduro, luego tocó la guitarra, hizo trucos con una baraja de naipes y finalmente jugó fútbol ante las cámaras. Tal vez, en su simpleza, creyó que la Presidencia de la República se ganaba con una prueba de talento. Verlo bailar salsa, o adivinando canciones en un Rock Challenge con Luis Carlos Vélez, me hizo pensar en el adolescente que, para enamorar a la más linda de su clase, se comporta como un perfecto imbécil. Como un majadero.

Pero lo peor estaba por venir, porque la mentecatez de Duque no conoce límites. Si por un instante creímos que su mayor talento era disfrazarse de Uribe, estábamos equivocados. Su mayor gracia, o tal vez la única, es la de ser embajador de la tontería. No le bastó con regalarle al Papa una camiseta de James Rodríguez, sino que continuó la tradición con el presidente de Francia, Emmanuel Macron, a quien le dio la remera nacional con el número 10 y su nombre estampado en mayúsculas. Eso es lo único que Duque sabe hacer: dejarnos en ridículo. Poco le bastó posar como un pelele junto al rey Felipe VI, a quien le mandó saludos de Uribe. Duque tenía que ponerle la cereza al pastel. Por eso, mientras cabeceaba una pelota en el Santiago Bernabéu, le preguntó a Emilio Butragueño cuántas veces podía hacer lo mismo, a lo que el exfutbolista respondió: “Yo la cabeza la uso para pensar, no para golpear”.

 

 

 

 

 

 

Y es que, a pesar de su inexperiencia, de haber llegado a la presidencia por un golpe de suerte, la prensa nacional lo sigue presentando como un renovador de la política, uno tan inteligente que está convencido de que la prohibición de la dosis mínima acaba con el consumo, como quien cree que prohibiendo la cerveza se acaba el alcoholismo. La revista Semana, en un artículo titulado En cifras: los primeros tres meses de Duque, señala, como sus principales logros, el haberse convertido en el presidente más joven de Colombia, visitar cuarenta municipios, nombrar ocho mujeres en su gabinete ministerial, suspender la mesa de diálogos con el ELN, atender la oleada de inmigrantes venezolanos, promover la Ley de financiamiento, no salvar los proyectos anticorrupción, incrementar levemente el desempleo (que tanto le criticaron los uribistas a Juan Manuel Santos) y mantener en su puesto a Alberto Carrasquilla. Solo les faltó mencionar que se reunió con Maluma y Silvestre Dangond; que le otorgó la Cruz de Boyacá a Ernesto Macías; que propuso a Mario Javier Pacheco como Director del Centro de Memoria Histórica, aun cuando este acusa a dicha institución de estar infiltrada por las Farc; de nombrar en embajadas a personajes como Alejandro Ordóñez y Viviane Morales; de defender la aspersión con glifosato; de designar como Ministro de Defensa a Guillermo Botero, quien cree que la protesta social es patrocinada por la guerrilla; y de no remover de su cargo al embajador de Colombia en los Estados Unidos, Francisco Santos, cuando dijo que nuestro país no descartaba ninguna posibilidad de invadir militarmente a Venezuela.

            También, por supuesto, se les olvidó decir que Duque volvió a tener el cabello que lucía antes de que se pintara canas, algo que hizo en campaña para parecer un hombre maduro, cosa que no puede lograr por sí mismo.

            Pero mientras el presidente que dijo Uribe sigue dando vueltas por el mundo con su esposa y su suegra, como hizo en su visita al Vaticano; mientras viaja a París a hablar de paz aun cuando votó NO en el plebiscito y se opuso a los acuerdos de La Habana, los colombianos de a pie seguimos preguntándonos quién es él. Yo lo veo por televisión y, no sé por qué, pienso en Carlos Calero y su comercial de Ricostilla. Para mí, Duque no es más que un presentador de farándula, tipo Jotamario Valencia. Su cara es de animador de cocteles, no de presidente. Su talante no le da para tanto. Duque, repito, hace ver al ex presidente Pastrana, el más tonto de nuestros ex mandatarios, como un hombre sabio y prudente. Tal vez deberíamos encomendarle que, durante los cuarenta y cinco meses que faltan de gobierno, se dedique a repartir camisetas y patear balones. Y que lo haga sonriendo, sin decir una sola palabra, para que los demás no se enteren de que es colombiano.