Dos poemas de Jeremy Gualdrón

Imágen tomada de Pixabay

Sin nombre

No perezco, pero me oxido –Dijo.

Me daña, convierte porosa mi silueta

aun así, no derrota mi forma

ni en escombro me convierte

 

Podría agitarme de todos modos, siendo escombro

en fin, estar, en si,

es lo de menos.

 

Pero constreñido y agitado

nada bello el escombro parece.

de todos modos, se afirma el alma todavía

como un recuerdo en un olor.

 

Podrá ser alma sin hogar,

sin a donde moverse

Y de nuevo, no perece;

 

Perecen los cimientos,

las altas y morales columnas;

desequilibran y se derrumban

en migas, al tiempo de ayer

ll

Alma no tiene columna

Cimientos son el ego,

Y siguiendo así, o se sabe o se deduce

Que entre columnas, sin embargo

Respira y se desplaza ella

Solo se sirve para esto de su opuesta residencia:

El cimiento, el escombro o la columna.

lll

Un cimiento puede escurrirse,

puede torcerse, puede ser blando,

ser espinoso, ser frío

y el alma allí , sin exigir vive.

Pero siente desdicha,

conoce cuando la columna será camino,

y si regocijarse de este podrá

 

Teman de ella.

Por desdicha mancharía las columnas.

Si la columna se afirmara demasiado

Y de repente quisiera ser certeza

El alma, ebria de bilis e inocencia

Chocaría, errante, entre ellas

 

El hada

El hada un día, al ver el despropósito de hablar del cielo

sin ser un cielo y sin ser ese cielo;

y al intentar verter el lago en otro sitio

y al atreverse, febril, a interpretar

los espacios entre rama y rama, del árbol

como el pedante al inventar un cuento

sobre la melodía pura de cualquier música

supo que su silencio respetaba más

la unidad y la esencia de cualquier cosa.

Que mirar, sin pretensiones, era lo más humilde que podía hacer

para no convertir en grosería la naturaleza.

 

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