Dos poemas de Danny Yesid León

Imagen tomada de Pixabay

Monólogo frente al mar

La lluvia talla su rumor en las paredes,

deja vestigios de polvo en la respiración

y la memoria se inflama,

               cesa lentamente sus recuerdos.

 

Vivimos en la morada del olvido,

          mecidos por el vaivén de olas distantes.

 

Hasta aquí  llega el eco de la espuma

al despuntar contra las rocas del acantilado

                y ese ruido es el que inunda la voz.

 

Por eso bajan a media tarde

los alcatraces y las gaviotas

                hasta el tejado maltrecho

y hunden sus nidos entre las grietas.

 

Estamos acompañados en la orfandad

                                 por ese batir de alas,

por su mudanza de plumas en el vuelo,

por el aire que desprenden los picos

al graznar y cuajar su hambre en las sombras.

 

No tenemos más pensamientos que el fuego

que cruje en las nubes

y refleja el azul del mar en el firmamento

         como si fuera un espejo quebrado.

 

No sabemos de arrecifes

ni caracoles que aguardan adentro

       el zumbido de aguas etéreas.

 

Estamos en el recinto dispuesto,

                en el sopor que raya la amargura,

bebiendo licor  fermentado en oscuridad

o masticando abrojos y castañuelas

                que crecieron en la herida del tiempo.

 

Nos falta el aire salobre que pulula en la costa,

la arena que teje remolinos

              y llena la cuenca de los ojos con visiones.

 

Faltan aquellos desembarcos sin marea,

                 los encuentros con cangrejos 

o cachalotes que perecieron al albor

y entregaron sus últimos despojos al silencio.

 

Añoramos los atardeceres encallados,

las  algas que regresan  a la playa,

los corales desprendidos

y las medusas que  aun después de viejas

levantan sus tentáculos

                contra la piel que las embiste.

 

Pero el deseo no es suficiente,

               la sangre mengua y los nervios decaen.

 

No basta la furia que nos caldea los huesos

               y arremete su centelleo contra las paredes.

 

Seguimos tendidos al abrigo del encierro,

buscando una palabra certera

que forje la llave para  las  cerraduras

                y nos permita la  huida.

 

Necesitamos hacer de nuestra boca

la clave que desarme los muros

             y disponga el cuerpo a la intemperie.

 

Solo así sabremos de lo que perdimos,

de lo que fue arrebatado por el abandono

cuando la oquedad  irrumpía en el pecho

                   y cegaba los latidos de la carne.

 

Mientras tanto,

seguiremos aquí zurciendo espejos,

                rehaciendo ventanas clausuradas

que lleven la  mirada al ocaso,

hasta el mar donde navegan los barcos

en que zarpamos para llegar a esta tierra

                y encontrarnos con la muerte.

 

Tendido en el lecho

A Francisco Trejo, por la amistad

                                                

Que no venga el viento de antaño,

                con su arista incansable,

a poblar las hendiduras,

a hacerse ruido con la respiración

que tienta a oscuras

              las paredes de la estancia.

 

Que no traspase el hielo,

aterido en las ramas de los almendros,

ni trastoque la ráfaga herida,

                     entre  hojas y cortezas,

esta honda postura en que yazgo.

 

Que todos olviden la ruta sinuosa,

a través de la maleza y los despeñaderos,

y  no regrese el rumor de pasos

                hasta mi puerta clausurada.

 

Que el turpial y el venado de montaña

perezca al beber del aljibe en el patio,

                           cuando la niebla se asiente

y sea de las horas un transitar desmedido.

 

Porque  reclamo para mí el silencio,

la tranquilidad impuesta en los párpados,

esa urdimbre de sosiego

                necesaria  para los abandonados.

 

Quiero ya la justa ración de olvido,

que nadie repare en su memoria

los recuerdos o mi cuerpo  menguado

          por la violencia de tantos inviernos.

 

Exijo la soledad en este momento,

justo ahora que mi lecho está tendido

                y la sangre  mana sin premura.

 

Pero me permito una palabra más,

las sílabas desgranadas en mi pecho,

           para decir que voy como agua:

brotando de la noche,

discurriendo sin orillas y marea,

            para caer en el último sueño.

 

Ya no veré el vuelo de la grulla

ni el trasegar  sonámbulo del jabalí,

tampoco asistiré al pregonar de la aurora,

con su tonada desleída,

                en los juncos de la cañada.

 

Así, entre el humo y la ceguera,

                     entre rescoldo y ceniza,

me quedaré inerte, casi murmullo,

mientras mi cuerpo ahonda el silencio

y la voz en el alma recomienza.

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