Dos poemas de Daniel Morales

Imagen tomada de Pixabay

Nube

Pusiste, en mis manos

temerosas de sí mismas,

la paloma blanca

de la belleza

y el cielo, a su vez, se abrió ante mí.

Sin embargo…

Yo, tristemente,

no supe cómo cuidarla.

Quise acoplar sus plumas a mis alas ya abandonadas

y caí

sin haber alcanzado a asimilar, aún,

los diez mil pies de altura

que había alcanzado.

Quise ofrecerle mi lluvia, mis canciones de niño,

todos mis cielitos restringidos.

Quise ofrecerle mi pan, mi abrigo y mis sueñitos somnolientos.

Pero ella, instaurada para siempre en mi jaulita triste de oro, enfermó

mucho después; cuando ya no estabas.

 

Tú eres la nube

y ese va a ser tu nombre; con el que quiero referirme a ti

en el infortunio de mis adentros, en la suerte de palabras ensordecidas de apego.

La nube que, con sus suspiritos de acróbata,

elevó mi asombro; las cuatrocientas cometas azules de agosto.

Pero, dime…

Yo me quedé en esta ciudad; mi parque. Tú huiste sin sospecharlo.

Yo me quedé con todos nuestros recuerdos y los amé…

¿Qué hiciste tú?

Tú, nube…

Te me quedaste aquí.

Estás detrás

de cada una de las palabras que he escrito, por ahí,

tú conoces mis letras; fuiste tú, en primer lugar, quien las desembocó.

Estás oculta

en las canciones que no escuchamos juntos;

I can't live with or without you

With or without you

estás por ahí.

Estás en mi llanto,

entre mis suplicas asfixiantes,

por ahí,

en el espacio que hay entre lágrima y abismo.


Solo por un momento

Estaba acostando, un día,

en el gélido suelo de mi habitación.

En mi estómago se fundía la noche.

En mis ojos, tifones de gasolina, ardían.

Miraba las nubes en el piélago de una aguja.

Las nubes, mi hogar de toda la vida,

teñían de sangre

la lápida de los incomprendidos;

escribían mi epitafio.

Sus formas mutilaban el alba.

La ventana vertía sus restos y mi alma

se enlagunaba de sombras.

¿El dolor se habrá dado cuenta

del cariño que le guardo?

 

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