Divagaciones

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Ya lo he dicho como quince veces, lo sé, pero esta vez sí es la última. Es que es difícil, para qué. La gente no cree, pero una se acostumbra. ¿No le parece? Tampoco es que le vea mucho problema, pero ya estoy cansada. Tengo que decir que no ha sido fácil, pero he tenido buenas épocas. Es que ser el centro de atención también es emocionante. ¿No me diga que no lo ha sentido? Que todos los hombres y las mujeres lo estén mirando a una, eso siempre produce algo que no se puede decir, un cosquilleo, un bichito de cien patas trepando por el intestino. Cuando llegué acá tenía quince años. Quince, no más. Ya que lo pienso era bien pelada, pero pelada y todo, ya había vivido mis cosas. Salir de la tierra de una es una mierda. Sin mi padre porque nunca lo conocí. Sin mi madre porque le tocó quedarse. Ella era como yo, alta, negra, negra, con los ojos como dos corozos. Y la misma historia de siempre. Ya la gente debe estar cansada de eso. La puta guerra. Esa sí es una puta: se va siempre con el mejor postor. Y mi tierra, mi pequeño pueblo de bananos, arrasado, completamente. Sobrevivimos pocos, no sé por qué. ¿Quién decide quién va a sobrevivir y quién no? ¿Cómo se escoge esa suerte? Los otros, muertititos, despedazados, regados por el piso. Yo no sé. Esta vida ya no la necesito. Y debo decir que me ha dado todo, lo poco que tengo. Y algunas satisfacciones, para qué. ¿Y qué hace una mujer cómo yo ahí afuera? No sé hacer nada más. Cierto que sí. Vea a la Carolita, se salió, se casó con un man de billete, y luego, la mató, por celos, por puta, dijo. Pero tampoco debe de ser tan difícil. Por ejemplo esta noche tengo show y siempre, siempre el show da buenas cosas. Yo tengo el mejor espectáculo, me lo he ganado a pulso. La gente piensa que este trabajo es una mierda, pero tampoco es así. La gente dice que uno está acá porque no tuvo otra opción, porque la vida es cruel, porque no sé qué más bobadas. La gente no sabe, no entiende. Todo lo ven desde su pequeño espacio inmaculado. Me emputan esas mojigatas que critican o que sienten pesar por una. Pesar de ni mierda. Trabajo es trabajo. Y sí que lo he sudado, LITERALMENTE. Me gusta repetir ese chiste. Los hombres son muy chistosos. Al menos a mí me dan risa. Vienen, se vienen, se emborrachan, se drogan, y creen que todo en la vida está solucionado. Que ya no necesitan nada más. Para ellos solo existen las tetas y las vaginas. Bueno, y la plata. Y hay unos. No, no, no, increíbles. Creen que están levantando y todo. Y no son tipos cualquiera. Ministros, abogados, futbolistas, gente de la clase alta. Esos me hacen reír. Lloran, lloran encima de una, debajo de una, al lado de una. A mí lo que más me gusta es el baile. Ese es muy plato fuerte. Es que desde chiquita bailaba en la escuela, hasta los quince años, claro, cuando me tocó salir. Y me iba bien, era la principal, con otra amiguita que se llamaba Roberta, ella murió. A veces pienso en ella, una niña hermosa, con trenzas, la sonrisa de un melón. Muerta a sus quince años. Desde mañana empezaré a buscar otro trabajo. A ver qué sale.  Por hoy me quedo feliz con este rojo brillante para las uñas. Creo que utilizaré el vestido negro y los cucos azules delgaditos, esos siempre los enferman. Lanzan billetes, corbatas, chiflan. Los hombres son unos animales muy raros. La Chiqui también me dijo que se iba conmigo. Pa donde sea, nos conseguimos un apartamento para las dos y algo nos inventamos. Ya la hemos guerreado mucho, no nos vamos a varar. Y tiene razón. Pero debo aceptar que dejar todo me da angustia. La gente que no conoce este mundo siempre se pregunta ¿será que los disfrutan? Pues qué idiotas. Claro que disfrutamos. Es que acaso el sexo bueno solo es para los enamorados. Qué va, cuento chimbo. Seguro la religión es la que dice todo eso. Yo ya no soy religiosa. En una época, debo aceptarlo, no paraba de rezar. Pero era por mi mamá, quería volver a verla. Desde los quince años que no toco sus manos. Me tocó aprender a ser mujer sola, sola y en las calles de una ciudad que parece un perro rabioso con ganas de morderla a una. Sola y con un cuerpo grueso que siempre los hombres han deseado.  Pero claro. Claro que cuido mi cuerpo, y lo respeto. Ese es el problema. La gente que ve de fuera. Creen saberlo todo, entenderlo. Vienen y tratan de cambiarle a una la vida, como si una se lo estuviera pidiendo, como si una quisiera ese favor. Pues nada. No hablen de lo que no conocen. Una vez me tocó un hombre que solo quería hablar. Y hable y hable. Y dígame que me amaba, que quería llevarme con él. Que dejara esta vida. Y me dio tanta piedra que le devolví la plata y lo saqué del cuarto. Es que enserio, qué creen. Sermoneándola a una. Una que ha visto a Dios entrar acá con saco y corbata, sentarse en la silla y beber, beber como un degenerado. Y ¿dónde estaba Dios cuando mi pueblo quedó lleno de huesos como si todos los árboles se hubieran desflorado? Ahí si nada. Todo el mundo es a darle consejos, decirle qué hacer, qué no hacer. Pero yo ya lo tengo muy claro, ha sido duro, no lo niego, pero todo lo he ganado así. He tenido ganas, algunas veces, de volver a mi tierra. Pero algo se retuerce por dentro. ¿Qué voy a hacer allá? ¿Para qué volver a la infancia que quedó destruida? Me quiero ir, simplemente, porque creo que puedo hacer otra vida. Porque ya viví lo que tenía que vivir. Tengo unos ahorros. Porque sin plata, ¿pa dónde coge una sin plata? Ahí he guardado, no es mucho, pero sirve. Estudiar algo, un técnico, cualquier cosa. Algo que uno pueda ejercer y vivir bien, lo normal. Es que también la vida con esto es dura pero da, da para algunas cosas extra. Pero yo he visto a la gente cómo la guerrea, y jodido, jodido la cosa. ¿Qué habrá pasado con mi madre a todas estas? Me gustaba como cantaba, tenía una voz que provocaba lágrimas. Alta, alta y fuerte esa mujer. Ojalá esté bien donde esté. Y aunque esté muerta, que me recuerde con cariño, lo poco que pueda recordar de mí, eso sí.

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