Discurso de posesión presidencial de un insecto

Discurso de posesión presidencial de un insecto

 

Discurso de posesión presidencial de un insecto

 

Compatriota:

 

Recite conmigo: “¡Voy a volver a Colombia!” Dígalo con ganas, dígalo de frente. Si le ofusca decírmelo, dígalo directo a sus ojos en frente de un espejo: “¡Vuelvo a Colombia, carajo!” Hágalo, por favor.

En principio, hágalo por una causa. Si aún conserva en el colofón de su espíritu un poco de conmoción, posiciónese ante el mundo y decida a criterio propio. La historia se puede leer por sus ciclos, que no necesariamente anuncian lo que enseñaba Toynbee, unos retornos hacia mejor. El mundo, con sus señales, está en cisma. Sepa leer la historia en proceso, que es su misma historia, como ser al que le late el corazón, y observe detenidamente. En Estados Unidos, a final de año, va a quedar de presidente un tipo que nunca pierde (como todo presidente norteamericano), pero que siempre gana (como no todo presidente norteamericano). En Europa, la decadencia y la melancolía de un espacio envejecido parece ahora rejuvenecida, lista para nacer en su forma más mórbida, entre piñas de los fanáticos del fútbol en la Eurocopa, la paranoia interinstitucional y el orgullo milenario nacionalista, acalorado por una migración insostenible. En Oriente Medio se acabó el oro, y la política jerárquica y los poemas de amor de Bizancio, mientras África es un continente cuya civilización es aún más joven que América, y tendrán que flagelarse durante muchos años más para entender sus cualidades. Entre los países nipones, China le gana de mano a Japón en todo, y eso es síntoma de que la calidad perece a la gran escala, que se torna obsolescente y barata, pero líquida. Y Oceanía… Oceanía tiene una paz tan banal, que los mayores compradores de arte aborigen son los extranjeros. Pero no todos los ciclos caminan hacia delante, a veces lo hacen hacia atrás. En ese paso de cangrejo, hay lugares donde se puede pernoctar el cisma. Por esas y otras razones, ¡vamos! Diga conmigo: “¡Me devuelvo a Colombia! ¡Vivo en Sudamérica!”

Para hablar de nos, permítame tutearlo de aquí en adelante. En Colombia, como en Sudamérica, estamos inflados. Las monedas caen en valor, pero la riqueza estatal está lejos de empobrecer. Las gentes de por acá tienen cada día más ingresos, y más gastos, pero tienen memoria de cuando no había para tanto, a pesar de que no lo parezca. En la entretención, somos simplones y distraídos, pero tenemos salvación. Por ejemplo: la selección de fútbol nacional es tan especial, que el ciclismo es el deporte que está coronando campeones a escala orbital, pero se te inflará el corazón cada vez que Colombia grite gol. La paradoja de la pérdida es una grata forma de vivir, si no te enojas. Y aquí crecemos, no importa cómo, pero lo hacemos con el movimiento de las cosas. Crecen, aquí y allá, gobiernos de extremas derecha e izquierda, crece la infraestructura y se disminuye el buen uso del ocio, pero también crece la independencia del criterio en los medios menores y la creatividad de los artistas y los escritores, como suele ocurrir con la respuesta de la cultura a la palabra globalización: de las naciones unidas, salen los consumos regionales y locales. Y tú, como estos países, como yo, estarás inflado también. Pero llegarás con una inflación de lastre, distinta, pues la inflación que aquí se vive no se percibe acrecentadora, y te corresponderá hacer catarsis en el plano metafísico. Será difícil, pero créeme, lo entenderás de alguna manera.

Está bien. Ya no serás contratado por el diario de mayor prestigio y circulación del país sólo porque eres un escritor establecido en el exterior. Ya no lo harán. Nadie de tu familia te respetará por especular —en vez de saber— cómo vives, y tus hijos tendrán que aprender a hacer un uso correcto del castellano, en vez de hablar dos idiomas. Tendrás que calcular dónde y cómo defender el librepensamiento y los derechos de las minorías, entenderás tu existencia en medio de cierta inexistencia, de cierto peligro. Y dejarás de ganar en dólares por lavar platos y ensuciar tus manos y mendigar por becas; o por desperdiciar tus horas, pensando en ganar en dólares tu propio peso. Al venir, te ganarás un poco menos que eso, investigando y haciendo hechuras de mayor esmero. Planificarás tu agenda de conciertos a dos o tres grandes al año, y verás que a los periodistas y abogados les llaman doctores porque sí, y a ti ni te mirarán. No importa. Cerrarás tres chapas en vez de una cuando salgas de casa, y en dos semanas comenzarás a maldecir automóviles, si caminas a menudo. Tampoco importará. En ese momento, saludar a tus vecinos será paulatinamente menos emocionante, pues puede que se reduzcan los abrazos y saludos de vuelta. Pasará todo eso. ¿Pero sabes? Sabrás también muchas otras cosas.

Sabrás que sabes mucho de adjetivos y muy poco de verbos. Reconocerás que sabes mucho de música pero nada de folclore, mucho de civilidad pero nada de adaptabilidad, mucho de shows y poco de garaje, mucho de ciencia y poco de sociolingüística, mucho de bienes y poco de distribución del ingreso. Cuando lo sepas, habrás visitado la casa de Anna Frank, habrás ido al museo de Louvre y visitado el Santiago Bernabéu. Habrás pasado por debajo de la Torre Eiffel, habrás caminado en los puentes majestuosos de San Petersburgo y los pequeños de Venecia, habrás disfrutado del paisaje airoso de las costas españolas, griegas e italianas. Habrás ido al Troubadour, al Royal Albert Hall, habrás pisado las estrellas en mármol de Hollywood. Habrás hecho tantas cosas, que cuando te devuelvas, lo primero que harás será ver con calma las quinientas gigas de fotos que tomaste. Cuando lo sepas, y ya todos los momentos hayas repasado, sabrás de todo eso que has hecho en la vida personal, y se te hinchará el pecho. Respirarás con un aire de grandeza imperial, casi incontrolable, y dirás: “Voy a estar aquí un mes, no mucho más”. Mirarás los andenes poco uniformes, entenderás que aquí todavía se camina por una calle pero a saltos, esquivando superficies. Verás tumultos de gente caminando para todos lados, y te confundirá acordarte de Nueva York, en donde los tumultos eran unidireccionales. Escucharás de artistas locales e irás a los bares, a acordarte de cuando viste a David Garrett y a Andrea Bocelli a dueto, en un recital íntimo en Berlín. Harás sinnúmero de comparaciones. Comenzarás a sentir gradualmente la diferencia, la metafísica del pensamiento mismo te despojará de todas tus pasiones locales.

Pero, créeme, allí también te darás cuenta de más cosas. Pensarás que quienes no escriben en los diarios oficiales son unos desocupados, o bien unos tonticos jugando a ser demiurgos del ego, y se te olvidará Anna Frank. Escupirás al borde de la pared de una casa patrimonial como la Luis Perú de la Croix, pues habrás pasado al lado de un bollo de mierda de gamín —que por suerte no pisaste pero oliste— y dirás: “Qué casa vieja esta, deberían tumbarla”, olvidándote del Louvre. Cuando vayas a cine, asegurarás que nada nunca cambiará tu fascinación por el drama europeo, y no llorarás al final de “Karen llora en un bus”, cuando la veas por invitación de un vecino. Cuando vayas de paseo al Puente de Boyacá, te totearás de la risa, será inevitable. Una risa burlona a boca abierta saldrá de ti cuando el guía turístico te muestre el monumento de la nación, y te acuerdes del amigo, candidato a doctor en historia en la Sorbona, que te decía: “En realidad eran menos de cien pelagatos en un puente de tres metros de largo”, y te olvidarás de las caminatas por Venecia. Llegarás diciendo que la guitarra flamenca es el origen de todo folclore, cuando recuerdes que en una lunada en Murcia te dejaste llevar por las palomas sonoras desprendidas de sus cuerdas, y dirás: “La guitarra es el instrumento folclórico de nuestra nación, del mundo”, olvidándote que la guitarra tiene tantos descendientes y primos organológicos como los colores y pigmentos el mestizaje. Ignorarás el tiple, el requinto y la bandola.

Es más, en tu primera conferencia de regreso, dirás con orgullo que “toda historia digna de escribirse, es aquella que es una idea recurrente, aquella que no te abandona con el tiempo”, parafraseando a Jorge Luis Borges, y vendiéndote, de paso, como escritor de los recuerdos. Ignorarás que Borges en su intimidad odiaba su obra porque no era espontánea, y porque, en términos esenciales, era todo menos suya. Ya ni sabrás, por ejemplo, en qué café de Bucaramanga departían Tomás Vargas Osorio y Jesús Zárate Moreno, y no será importante, vaya… porque ya te sentaste en la silla donde tomaba café Borges, en el Hotel de Ville de Ginebra. Y no propiamente en Buenos Aires, en el Café Dorrego, donde se sentó junto a uno de sus amigos antagonistas, con Ernesto Sábato, y del evento hicieron dos esculturas sentadas que se conservan en la misma mesa donde lo hicieron. Lejos estarás de visitar el café La Biela, en Recoleta, donde el maestro disfrutó sus más privados cafés. En fin.

En suma, sabrás demasiado para estar por acá, lo sé. Voltearás al mismísimo Heródoto, a Descartes y a Kant, para decir, muy en silencio —porque eso no te quedaba bien por allá—, que sabes mucho, demasiado para lo que saben en estos lares. Pronto la gente dirá que eres un duro, que por qué no consigues trabajo, siendo tan pero tan duro. Te preguntarás lo mismo, y más temprano que tarde, te irás endureciendo de verdad. Tu dureza no será óleo, ya será brea. Lo será hasta que ocurran las primeras trivialidades. Hasta que te emborraches de una buena vez en la esquina de tu barrio de nacimiento, hasta perder la camiseta y un par de dientes, y vomitarás ese aguardiente cerrero que metiste dentro de tu cuerpo, copa a copa y a fondo blanco. Sentirás el guayabo de nuevo, muy distinto de la resaca. Comenzarás a visitar una y otra vez a una chica que te dice constantemente que “no”, y comenzarás a extrañar cada vez menos a las rubiecitas que, antes de esgrimir palabra, te tenían entre brazos y pieles lácteas, a puro calor y falta de calidez. En algún momento te pisará alguien, por la prisa que llevas y por la poca costumbre de brincar andenes que has adquirido, y un joven de aspecto ñero se volteará, y te dirá: “¡Qué pena! Discúlpeme, por favor”, y aceptarás con una sonrisa muda, calmando la calentura. Dejarás de criticar, y te sentirás levemente realizado. Será leve. Así lo será porque, en ese plan, se te irán acabando los ahorros. Cuando te queden pocos ingresos, de los ahorros convertidos a pesos, dirás: “Debo irme pronto”.

Allí, justo allí, estimado amigo, hazme un favor: ¡devuélvete! Allí sí, hazme el favor de devolverte. Firma un edicto y grítalo. Allí mismo estarás preparado, finalmente. Mira que eso; eso no es otra cosa que el ego, que es lo que le falta a esta tierra. Ven y enséñanos de tradición, de orgullo, de limpieza, de corrección, de cultura, de mística. Enséñanos cómo los grandes han construido con su ego. Ese que aprendiste estando lejos. Pero ven y hazlo con la ignorancia del desterrado voluntario. Ven y háblanos en otro idioma, esgrime fonéticas desconocidas, enséñanos de eso que eres como persona. Pero afirma un polo a tierra. Báñanos con el rocío de tu egocentrismo, hazlo, porque contarás historias lejanas capaces de embobar los egos vacíos de las gentes de acá, especialmente de la clase pudiente, que cada día se levanta más temprano y se acuesta más tarde, haciendo cosas de las que no pueden decir sino “estoy ocupado”, definitivamente “no tengo tiempo”. Báñanos, báñalos a todos, trae tu hidra fluorescente, amigo, que aquí ya hay bastantes luces monas para hacerte contraste.

Hazlo: “¡Me devuelvo a Colombia, carajo!” Dilo de una buena vez. Acaso compleméntalo, y dilo con más fuerza: “¡Qué cuentos de Bogotá! ¡Qué cuentos Medellín! ¡Me voy para Bucaramanga, para Ibagué, para Armenia, para Leticia! Me voy para un pueblo con servicio de Internet, ¡qué carajos!” Abre los ojos ante el mundo, ayúdanos a quienes aquí te esperamos. Hay dos mares y no tenemos navieras, hay una selva que está que pierde su virginidad y no hay equipos de producción documental establecidos, siquiera para registrar un despojo. Hay historia hasta en la más fea casa de tu barrio, pero no hay quienes las escuchen o las lean. Esas cosas, muertes en medio de tanta vida, toman el nombre de tierra, amigo. Esa donde naciste y de la que te fuiste, pero que no deja de quererte, a pesar del abandono y la dejadez. Lánzate y dilo: “¡Vivo en Colombia! ¡Vivo en Sudamérica!”

Sólo así entenderás el tiempo en que te has perdido dando vueltas por el mundo. Te jalarás los pelos pensando en cómo casi reniegas de tu nacionalidad, buscando una segunda patria. Serás capaz de preguntarte por qué aquí todo el mundo estudia, pero los claustros “buenos” son pocos. De por qué ya no somos un país analfabeto, pero somos cada día más iletrados. Y comenzarás por ti, comenzarás por ti… Por eso que no aprendiste entre libros, que viniste a aprender volviendo a tu tierra, después de leer tanto.

¡Vuelve ya! Pero vuelve, amigo. Vuelve para quedarte. Sería una desgracia que, de la noche a la mañana, el país quedara en nuestras manos, en las manos de los miembros de la resistencia. ¡Estamos tan poco preparados! Sería una desgracia, pues si no llegas a tiempo no serás nadie amigo, vendrás a pedir cosas que no te has merecido. Vendrás a llamarte colombiano, así nomás. Vendrás poniéndote la tricolor, sin haber jugado en interiores. Y ese, ese mundo, es el que está en decadencia, amigo. El mundo de la unidad en torno al éxito, a la soberbia, al lujo, a la ciudad, a la nacionalidad en primer plano. Eso, amigo, es lo menos que deseo. No deseo la desnaturalización del ego. Eso sería tu decadencia. Deseo tu preparación, lista para mi elocuencia.

Te lo digo yo, un individuo sin las armas de la libertad física que te ilustra. Soy hijo de una tierra en la que a sus hijos los educan las madres, acariciando los oídos. Tal vez por ello, como en ningún lugar del mundo, en una casa puede no haber comida para el día, pero no se le niega un ápice a un transeúnte, nada al foráneo de paso ni al hambriento. Cuando mi tierra nacía como Estado, ésta donde nací, se recitaba en su constitución de 1857: “Todo santandereano que pise tierra santandereana, es santandereano”. ¡Era su primer artículo! Y sí, eran otros tiempos, incluso era una tierra enclavada en otro país. Pero por encima de la envidia que se nos profesa, como ves, aquí no somos envidiosos. Aquí recibimos al foráneo, lo titulamos de ser necesario. Entonces, ¿por qué no hacerlo con el colombiano que en esencia dejó de serlo? Justo cuando cumplen doscientos años los distintos eventos en los que se forjó nuestra identidad, de un manifiesto de gobernanza autonómica a la masacre y el exilio de nuestros primeros intelectuales, y la posterior independencia de brazo armado con que nos forjamos, es necesario impedir que en esta tierra nos sintamos de nuevo unos huérfanos. Es una ironía de semblante virgen: doscientos años atrás, los españoles retornaron para ofrecer una reconquista, y ahora los nativos, idos, deben volver para hacer lo mismo, pero con amor del más puro. Por eso, necesito que sepas que trabajaremos en un equipo que funciona como una tienda de abasto: vendemos lo mismo, pero en negocios contiguos… vaya si necesitamos de tu negocio al lado.

Amigo: Te he llamado ‘amigo’, porque en la discrepancia se forjan los lazos. Aunque no lo creas, es una discrepancia de Möbius. A tu diferencia, no me fui, y por no haberme ido, tengo cada vez menos ganas e incluso posibilidades de irme. Pero aprendí a volar por el mundo como tú los has hecho, en mi caso sin palparlo con mis propias manos. Eso me transformó en un insecto, quizás en un chupasangre social, pero también en un volante. Odio cada vez menos de lo que amo. ¿Me entiendes?

¡Ven entonces! Ven a discrepar conmigo en esta tierra fuerte y llana, rústica y apenas unida con pegamento. Ven a discrepar, y a recorrerla, porque muy pronto el mundo se armará de estiércol y no te quedará más que esta tierra, donde necesitamos de ti, para evitar comenzar a discrepar sin motivos. Mejor, tener alguien con quien realmente hablar.

 

 

Atentamente,

 

EL ZANCUDO aristocrático y displicente

Presidente de una nación invertebrada

 

 

Bucaramanga, 20 de julio de 2016

Colombia, 206 años de historia

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