De la mano de un tal Moya

Quizás fue respirar el polvo de los documentos viejos lo que me llevó preguntarme muchas veces cómo sería la vida privada de todos aquellos personajes de los que hablaban las cartas, los decretos, las cédulas reales y demás papeles que descansaban en silencio en los anaqueles de archivos y bibliotecas de Bogotá. Sin embargo, mis fantasías y “perdidas de tiempo” no entraban en los formatos académicos, en los artículos científicos, en las tesis o en los libros plagados de notas al pie de página. Por eso, cuando salió publicado Un tal moya, intrigas y amores en la Bogotá del siglo XVIII, de Nicolás Rocha Tamayo, decidí ir rápidamente a comprar el libro.

La novela de Rocha Tamayo se sitúa en un espacio y una época de los cuales, si bien hemos hablado mucho desde la historia, poco hemos dicho desde la literatura. El autor bogotano se atreve a imaginarse la vida de Moya, un hombre de la capital, sencillo, de una veintena de años, con aspiraciones altas pero sin los apellidos de alcurnia. Su historia nos lleva de la mano por las calles, plazas, comercios, iglesias y hasta nos hace entrar en algunas casas de la ciudad. Aunque no se trata de un libro de historia, queda claro que este trabajo se nutre de una sólida investigación documental y bibliográfica. En la cual, en ocasiones se nota un espíritu bogotano que ya antes habíamos sentido con las reminiscencias de Bogotá de Cordovez Moure (1899); a veces se perciben los detalles de la sociedad colonial de Santafé como alguna vez los explicó Julián Vargas Lesmes (1990); también se atraviesa por los recorridos descritos por Moises de la Rosa (1988); y hasta se deambula por los planos de Domingo Esquiaqui (1791) y Francisco Cabrer (1797). Inclusive, pienso que en ocasiones vale la pena acompañar la lectura dando una mirada a los mapas y planos del atlas histórico de Bogotá (Cuéllar y Mejía, 2007).

El estilo narrativo de Rocha es bastante clásico. Un narrador omnisciente describe tanto las calles y espacios, como los sueños y pensamientos de los personajes y nos transporta así a otra época, haciéndonos olvidar que al final de cuentas, se trata de las imágenes de nuestra misma Bogotá. Asimismo, Rocha Tamayo propone un agradable juego de temporalidades, intercalando descripciones y diálogos que ocurren en tiempos distintos a lo largo de la vida de Moya, del oidor Sotomayor y Fajardo y de los demás personajes. Así, aunque Rocha Tamayo propone 18 capítulos, no hace falta hacer igual número de pausas para recorrer las 241 páginas del libro.

Ahora bien, más allá de lo literario, considero que el gran aporte del libro es liderar un viaje hacia lo más profundo de la sociedad bogotana. Pues, esta historia nos relaciona con nosotros mismos en otro tiempo. Nos recuerda, sin hacer juicios de valor sobre el pasado, cómo construimos una sociedad fuertemente desigual y jerarquizada, en la cual, por ejemplo, los apellidos son marcas sociales pero también raciales, económicas y hasta políticas. Asimismo, Rocha Tamayo nos hace vibrar con los sentimientos más actuales como la furia ante la injusticia, el nepotismo de las autoridades, la hipocresía de los poderosos y hasta la violencia contra las mujeres. Cosas que hasta el día de hoy hacen parte de nuestra sociedad urbana.

Al finalizar la lectura quise buscar otro libro similar, que poetizara y recorriera las calles de nuestro pasado colonial, o que fuera aún más atrás en el tiempo. Una historia que mostrara que no sólo existían los hombres blancos e hidalgos. O alguno que trajera a la vida a todos los demás, a aquellos que no pudieron hablar a través de Rocha, como por ejemplo las mujeres que vivieron su vidas pensando, actuando y sintiendo, siendo las protagonistas de sus propias vidas sin recibir los favores y el brillo del poder. El librero, sin embargo, me dijo que había que esperar a que Rocha Tamayo, o alguien más, escribiera otro libro. Así que seguiré esperando, quizás pronto pueda volver inclusive hasta el siglo XVI.