De aquella dolorosa ironía social y otros aspectos no aptos para impedidos - Joker (película) Crítica

Imagen tomada de Pixabay

* La siguiente crítica cinematográfica no posee spoilers.

La traducción al español de “Guasón” –cuya referencia original en inglés es “Joker”– se antoja como un vocablo preciso para la caracterización de este famoso personaje de DC comics (no imagino, por ejemplo, traducciones del tipo “El bromista” o alguna de esas otras barbaridades que desprestigian el sedicioso poder del lenguaje) famoso personaje que, decíamos, reinterpreta la vulgar dicotomía bueno/malo, tan trillada como descartable. El nuevo filme que se hizo acreedor al León de Oro del Festival de Venecia hace poco más de un mes es la vívida imagen de aquella ironía de que se compone la realidad, la burla que desciende desde los más altos niveles de la escala social para vomitar sus repugnantes emanaciones sobre los individuos que el mismo sistema se encarga de relegar. Pero, ¡alto ahí! Vamos con más calma. Permitámonos una ligera revisión contextual del objeto que nos congrega.

Esta nueva entrega de Todd Phillips nos presenta a un elenco de primera plana, donde destaca el trabajo realizado por Joaquin Phoenix, quien se vio en una serie de desafíos físicos, mentales y emocionales para alcanzar la brillante interpretación que sin duda realizó; pero también la magistral actuación de De Niro, cuya relación de rodaje con Phoenix despertó un conjunto de rumores acerca de malentendidos entre las dos estrellas que, a fin de cuentas, no desencadenó en ningún perjuicio considerable sobre el resultado final. La maestría concluyó en la presentación de esta obra diestra de la posmodernidad estrenada, como se sabe, en Venecia, aclamada por muchos y desprestigiada por otros. Quizá la peor herejía que podría cometer un hispanohablante a la hora de observar el filme sería recurrir al facilismo del doblaje en español. Creo que desde allí se identifica parte del problema que plantea la película, cuyo porqué ya se desarrollará.  

Mi experiencia viendo la premier fue curiosa. Al lado de mi humanidad se ubicaron un par de señoritas que no habrían de tener más de dieciocho años, cuya reacción se limitó a reír estúpidamente de la dolorosa musicalidad risible de Arthur Fleck o a impactarse y recostarse sobre el hombro de su par cuando, ocasionalmente, se proyectaban disparos y estallidos sonoros de ese talante. Finalmente, para no desgastar más líneas en tremendas ineptitudes, vale apuntar que, durante el resto de la película, su mayor ocupación se halló en responder incansable y agobiantemente su teléfono celular. Algo en mí empezaba a gestarse, una rabia fuerte, poderosa y resignada, que provenía del desastroso día que había tenido y se mezclaba con la abominable actitud de aquellas personas que tenía al lado. El reflejo de la pantalla del teléfono me molestaba tanto como me molestó ser tratado con desprecio por unos meseros en un bar o ser burlado por un motociclista que, tras golpear mi carro, extendió su dedo corazón en mi cara y huyó velozmente. Entendí, por supuesto, que la rabia y el desgaste social son un derecho que tarde o temprano ha de explotar, y las justificaciones no importan tanto como las sensaciones de dolor, frustración, desarraigo y corrupción que se generan dentro del individuo que las experimenta. Yo, como Arthur, sentí rabia y deseo de actuar violentamente. Yo, sin embargo, no lo hice. Pero sí consolidé mi irrevocable opinión del derecho a la rabia, del derecho a la apatía y del derecho al legítimo o ilegítimo desahogo. Ustedes perdonarán, amigos positivistas.

Joker, cuyo presupuesto se estima en unos 55 millones de dólares, ha acaparado la atención de ciertos critiquillos de pacotilla sobre aspectos tan inútiles como irrelevantes sobre la composición artística. Recordemos que los objetos de significación poseen vida propia y es menester desligar la obra en sí de ciertos elementos que ni suman ni restan al resultado. Aquellos críticos de esta macabra naturaleza han sabido llamar la atención del vulgo, por ejemplo, con aquel sobresalto que indignó a muchos curiosos y que refiere a la canción Rock and Roll Part 2 de Gary Glitter que compone la banda sonora del filme. Su compositor, según se dieron a la tarea de revelar, está condenado a prisión por cargos de pederastia. Los titulares amarillistas apuntan a señalar cuestiones como “Pederasta puede estar ganando grandes sumas de dinero por derechos de autor” y otras manipulaciones discursivas de ese estilo. A mí, la verdad, me importa un pepino quién compuso esa obra. Lo relevante es apreciar el lugar que ocupa la canción en la película y su encaje perfecto para la escenificación y el efecto buscado. Los condenables actos de Glitter bien se trataron en los juzgados; su composición, por otra parte, es una perfecta sinfonía para el cine o los estadios del mundo, sin tener por qué declarar que quien la canta o usa recae en faltas morales. ¡Pensar eso también debería ser condenable! Pero pobres critiquillos, que se quedan en esos niveles tan superficiales y no comentan, por ejemplo, la relevancia de la aparición y el realce que reciben las canciones de Sinatra, refiriendo, por supuesto, a That's Life y a Send in The Clowns, esta última haciendo gala de la facilista solución de enviar a los payasos cuando había algún tipo de problema o descontento. That’s Life, por otro lado, reza así: “I said, that's life (that's life) and as funny as it may seem / Some people get their kicks / Stompin' on a dream”. Algunas personas consiguen sus anhelos pisoteando un sueño. Así es la vida. ¿Falta hacerlo aún más claro? Hay cosas que sí importan, otras que no. Por ejemplo, para efectos de la obra de Todd Phillips, importa más acertar a llegar a la inherente crítica que se expresa en la película, que a asuntos nimios como que Sinatra, por ejemplo, hubiera sido alcohólico, drogadicto, relacionado con la mafia, etcétera, etcétera.

Por otro lado, hay críticas que han exagerado, valga aclarar, diciendo que Arthur es el reflejo de todos, que Ciudad Gótica es una parodia perfecta de la humanidad. Elevar la obra a la descripción de una sociedad plena y general es tan sesgado como criticar la película por sus escenas de violencias. ¡Válgame Dios! Aun así, la irreverencia del lenguaje cinematográfico dejó en claro, nuevamente, lo mucho que puede hacer la gran pantalla, ese efecto similar a la catarsis, que, sin lugar a dudas, identifica y purga, más de lo que la misma sociedad está dispuesta a aceptar. Michael Moore se ha puesto enfrente de la crítica y ha expresado, vehementemente, que el miedo a la película y la creciente polémica que se sigue generando especialmente Estados Unidos no es más que una distracción, un bárbaro devaneo que nos ocupa en aspectos menores e impide apreciar lo desgarradora que se hace la violenta realidad que cada día nos abruma más y más. Ni Arthur ni Ciudad Gótica son el reflejo de todo el mundo, pero sí de gran parte de él, y sus manías y violencia responden a una realidad que aqueja el bienestar de las poblaciones, donde sus conductores estatales restan importancia al vulgo por considerarlo fuera de su alcance y se limitan a favorecer su vida privada en detrimento de aspectos tan humanos como elementales como lo son la salud, el empleo, la vivienda, el transporte, la vida misma. Tengo la plena convicción, como anteriormente expresaba, que así como a una persona le es negado el acceso a derechos tan elementales como los citados, ella misma ha de poseer plena libertad de acción, legítima o ilegítima, violenta o pacífica, pero acción a fin de cuentas que no es más que una consecuencia de la porquería aquella llamada constructo social.

Finalmente, no está de más traer un poco de Foucault para nutrir esta ligera revisión. Para Foucault, el manicomio es una de las macabras instituciones estatales que busca silenciar las voces de aquellos que, con su manera de razonar, “amenazan” el orden imperante, o mejor, la estabilidad de las clases dominantes. Así, para el filósofo francés, la figura del loco es una figura sometida, castigada y apedreada por el mismo orden social-estatal. El Gran Encierro, desde sus raíces históricas, consideró a la locura como un problema moral, asunto que debía “curarse” por medio de distanciamiento y cautiverio. El manicomio se erigió entonces como un lugar donde se realizaban encierros arbitrarios y donde primaba el estigma antes que la lógica racional, científica y médica. Todo ello conllevó a reinventar, conforme avanzaban los lustros, el concepto de locura, pero sin desligarla de sus raíces morales y de su supuesto tratamiento bajo cautiverio. En definitiva, con el nacimiento de la psiquiatría se creó el concepto de enfermo mental, idea arraigada que empezó a atravesar la sociedad de un lado a otro, hasta llevarla a límites exorbitantes como lo demuestran nuestros días. El enfermo mental, amigos, no tiene la culpa. El estado sí tiene gran parte en ella. Para mí, aquel individuo está en todo su derecho de explotar, de asumir posturas radicales y de relevarse contra el orden. Y ese derecho no se lo puede negar nadie.

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