Cuento "La tormenta" por Javier Ciendúa Gómez

 

 

La tormenta

 

Las noches de invierno son intrigantes, suelen no ser las mismas siempre, unas veces se derraman torrentes de lluvia que generan caudales de agua por las calles de la cadenciosa Bogotá, otras, baja una neblina que opaca el paisaje de las diversas luces citadinas que crean en mi mente algunas figuras que me transportan a los cuadros de Monet, pero hay unas en particular que despiertan mi curiosidad. Son aquellas en las que existe una llovizna que empapa las calles para crear un espejo que genera un reflejo entre los edificios y el asfalto, ese destello es en el que me detengo, pienso en las figuras surrealistas que se dibujan en el contraste de las luces y el agua, la gente ahora es un bulto de carne que no tiene una forma, en esa pintura todos son un espectro indefinido, no hay bellas, no hay carros lujosos, no hay estructuras colosales que se imponen titánicas sobre la ciudad, no hay nada que sea más. Es sólo un panorama del inframundo, una puerta a la refracción de lo que realmente podemos ser después de la muerte, nada; o una simple reminiscencia que pronto muy pocos recordarán. Pero es bello, el panorama me resulta hermoso, noto que los transeúntes buscan huir presurosos a sus lugares de destino, no se detienen a observar, a analizar, la gente casi siempre después de un día de trabajo tiene afán; pero yo no, dejo que esa misma brizna que moja las calles haga lo mismo con mi cuerpo,  me gusta sentirme parte de la misma pintura que ahora mis ojos vislumbran, quisiera quedarme allí, pero un choque de realidad golpea mi mente como una pedrada que se lanza para lapidar, poco a poco regreso, el ruido de los carros, de sirenas, de gente murmurando, empiezan a posarse lentamente en mi naturalidad cotidiana. Sacudo mi cabeza para quitarme un poco de encima el agua que ahora se desliza por mi cabello y mis pómulos. Miro hacia arriba, pequeñas gotas golpean en mi rostro, como acariciando levemente en el rocío de mi único espacio, hacia lo alto se desplegaba un imponente edificio gris con grandes ventanales empañados de negro, mi mirada asciende delineando las figuras rectas que hacían parte de su estructura, en su cumbre, como un aviso preventivo disponían unas grandes letras que decían "departamento de investigación criminal"; entonces allí estaba, parado frente a este, observando  torsos y estructuras en concordancias de unas con las otras, cavilo, suelo creer que hago lo que cualquier individuo debería hacer, usar su cerebro para lo que realmente está diseñado... pensar. En fin, en algunas ocasiones también siento que no soy de este planeta o que nací en la época equivocada, pero ello no es lamento para mí, ni me derroca la cabeza al punto de perder la cordura, estoy donde debo estar.

Un cimbronazo repentino hace temblar mi pierna derecha, era mi teléfono móvil, siento emoción vespertina en mi pecho, pues había estado esperando una llamada durante todo el día, una que sabía daría emoción y alegría, la cual, era cierto, no debía demostrar. Lo saco rápidamente para ver el identificador de llamadas, estaba allí ese nombre que especialmente a esa hora no quería ver, era Rick Méndez, uno de mis compañeros del campo de investigación, al cual de seguro le debo algunos conocimientos persuasivos en este campo.

 -Señor, ¿Qué ordena? Le contesté.

 -me dijo con un tono de voz emocionado- Maestro, buena noche, quería comentarle que Violeta se ha comunicado conmigo en horas de la tarde para decirme que tiene cierta información que nos puede interesar.

-estoy cerca de Mar Zafiro- dije con voz frívola, así que puedo ir hasta allá en este mismo instante-.

- ¿irá solo jefe? - preguntó en tono burlesco.

- no necesito a nadie más-.

-R jefe, igual, estoy 5.8 para lo que disponga, y tenga cuidado de que el diablo suele venir disfrazado de mujer-.

Sin vacilar colgué mi teléfono dispuesto a emprender camino al sector del Santafé.

Presuroso, Me dirigí hacia el  parqueadero en busca de mi vehículo, estaba en el sótano del mismo edificio donde había estado esperando, cada que enciendo mi auto enseguida se enciende el radio del mismo haciendo sonar una lista de reproducción que he escogido con sutilidad, pues no me gusta estar escuchando esos locutores insensatos, esta vez se activó la Tocata y Fuga de J.S Bach, sonreí al pensar que era la tonada perfecta para sucumbir en las oscuras calles del sector del Santafé, a este también le llaman zona de tolerancia, dicho en otras palabras,  una manzana a la redonda donde habitaban las mujeres de la noche que algunos llamaban prostitutas, yo prefería decirles primas o informantes o simplemente "amigas" allí también era fácil encontrar cualquier droga, matón de cuatro pesos y varios edificios llenos de Nigths Clubs. En toda la mitad, destacándose, se levantaba una edificación que sobresalía por encima de las demás, su colosal estructura lo hacía ver diferente, un nido de ninfas ardientes que resaltaba por su nombre: Mar zafiro; efectivamente, Violeta trabajaba allí, ella era una de "mis mejores amigas" siempre tenía algo que decirme o contarme, su información la mayoría de las veces era una de las más valiosas. De allí mi afán de poder contactarla luego de la llamada de Rick.

En las calles del Santafé en horas de la noche suelen resaltar los avisos color neón para demarcar los nombres de clubs nocturnos; sin embargo, aún no era muy entrada la noche, aún en la radio de mi vehículo sonaba las notas agudas de la Tocata y Fuga, era la conjunción perfecta para transitar por las vías del averno; acá no importaba la lluvia, todo seguía su transe y los seres que residían allí continuaban con su curso natural. En este círculo de calles uno podía andar seguro, a pesar de ser uno de los barrios más calientes, en todo el sentido de la palabra, existían sus propias leyes internas y si se atrapaba a alguien robando de frente, debería ser sometido al juicio de los demás, llegué a todo el centro de la calle y me dispuse a dejar en el estacionamiento de Mar Zafiro mi vehículo. Al descender del auto siento el tufillo que se daba en el ambiente, una mezcla de cocaína, licor, cigarrillo, perfumes baratos y el que más sobresalía, sexo. Me aborda un hombre de amplia contextura que al estar parado frente a mí y mirarme directamente a la cara sonríe, como si me conociera de toda la vida, como si mi sola presencia fuese un alivio para calmar las penas que a simple vista aquejan en su rostro- buenas noches Señor- me dice con su voz gutural en un tono armonioso- siempre es bueno tenerlo de vuelta, permítame destinar para usted el mejor lugar de la pasarela de chicas, porque un hombre como usted siempre debe merecer lo mejor.

Le hice una sonrisa de medio lado, saqué un billete de 20 mil de uno de mis bolsillos y en tono de saludo se lo di al chocar nuestras manos- gracias, Hans- emití en un tono irónico que no dejaba ver el sarcasmo que traía el mismo.

Ingresé al lugar caminando lento, en un panorama esférico mis ojos no lograban ver de nuevo formas definidas, sólo podía imaginar almas ardiendo de dolor, seres condenados que se quemaban en el fuego del segundo anillo del infierno Dantesco, celebrando al son del licor sus propias desgracias de una vida sin sentido, o encontrando allí, justo en Mar Zafiro, un refugio donde podían demostrar lo que en realidad eran; nada... En medio de las llamas, del calor y la efervescencia humana se levantaba a lo largo y ancho una pasarela con dos tubos de aluminio en cada costado, y entonces la vi allí arriba, sobresaliendo entre las muchas ninfas que habitaban en el lugar, danzaba al ritmo de una música estruendosa con movimientos suaves, sin embargo, en mi mente no sucumbía ninguna otra tonada que no fuese la que sonaba hacía unos momentos atrás en manos del gran Bach, eran ahora tonadas graves y agudas que hacían palpitar fuerte mi corazón y ponían esa escultural figura a bailar.  Los mortales la alababan, le lanzaban gritos de adoración a la magnificencia de su piel morena, era Violeta sin duda una de las mujeres más hermosas de todo el palacio lujurioso en el que ahora estaba, su figura destacaba por su singular cuerpo, natural pero bien definido, pues aparte de su trabajo, le gustaba pasar varias horas del día dándole contextura a su cuerpo en un gimnasio. Y entonces en medio de la multitud deseosa me vio, su mirada se penetró fijamente en mi rostro y una sonrisa dejó al descubierto la emoción al haberme encontrado, comenzó a hacer movimientos ahora más coquetos y sentidos, llevó sus manos al rostro y con la yema de sus dedos bordeaba lentamente sus gruesos labios, mientras apoyada en uno de los tubos meneaba sus anchas caderas en un vaivén de sensualidad, yo seguía caminando y ella inquieta con su mirada me perseguía a lo largo del lugar hasta llegar a una silla al final de la pasarela, fue entonces en ese instante que comenzó su verdadero show, con sus manos recorría todo su cuerpo, no llevaba puesto más que un sostén blanco y una pequeña tanga del mismo color, con sus manos delineaba su torso destacando y exaltando sus firmes y grandes pechos, sus caderas no dejaban de ir de un lado a otro en un quiebre que me transportaba a palacios quiméricos que se levantan en lo más alto de los sueños, lentamente se acurruca para quedar en postura de gateo y como una fiera cazadora se dirigió hacia mí  sin quitarme la mirada de encima, venía dando pequeños mordiscos a su labio inferior, se mostraba deseosa y temerosa al mismo tiempo. No podía más que ver a una fiera en celo de la cual ya no tenía escapatoria, sus ojos eran envolventes y hechiceros, sus pupilas dilatadas me sumergían en un trance sin regreso, como el canto de la muerte al que fue sometido Ulises, y ahora estaba allí frente a mí, dos rostros en una lucha constante de miradas, ella dispuesta a devorarme, yo, frío, quieto, inmóvil, pasaba saliva para no quebrarme en un descuido ante sus deseos. Ahora el cuadro Dantesco se volvía más y más lúgubre, estaba en el mismo averno frente a la reina de los muertos, sentí como se acercaba su boca hasta mi oído izquierdo, podía oler su perfume dulce y penetrante, algo incómodo quizá, con mis pómulos podía percibir los suyos, sudorosos, pero suaves, era un momento de lentitud, oía su respiración cansada y agitada por el baile. Y entonces salió de su boca una suave, dulce y melodiosa voz, -te veo atrás, al lado de las escaleras de los baños exactamente en diez minutos, termino acá y voy-.

Mi mente se paralizó, era el segundo golpe de realidad que había sentido esta noche, lapidado, regreso de nuevo al lugar, miro para todos lados tratando de ubicarme en el espacio, ya no estaba frente a mí, Violeta, se había levantado de repente para continuar con su acto que deleitaba las miradas de almas en pena. Parpadeé rápido y llevé mis manos para cubrir mis ojos mientras los apretaba con fuerza, supe de nuevo que estaba en Mar Zafiro, me levanté con fuerza y salí del lugar sin chistar ni mirar a ningún lado.

En unos cuantos pasos ya me encontraba en el exterior, llevé nuevamente mi mano a mi bolsillo derecho del pantalón, saqué mi teléfono móvil, revisé el registro de llamadas y ninguna coincidía con la que mis ojos esperaba encontrar, saqué un paquete de cigarrillos y un encendedor bien desgastado, presuroso encendí  uno de estos aspirando una bocanada amplia y grande, dejé llegar el humo hasta mi estómago lo retenía ahí para poder sentir cierta calma que me daba la nicotina, lo solté suave para generar pequeñas cortinas de humo frente a mis ojos, lo que fuese para opacar las imágenes que transitaban frente mío, sentía tristeza, amargura, soledad, ¿era posible que me hubiese olvidado? ¿Era posible que así, sin más me hubiese dejado a un lado para continuar con su frívola vida? Me dolían los huesos de solo pensar, me quebraba como un niño al que dan gritos de desprecio,  quería soltar en llanto, pero no podía, simplemente desde mi juventud no había podido derramar una sola lágrima, me habían enseñado que los hombres no deben llorar, que debe existir un velo que opaque cualquier señal de dolor, seguía aspirando bocanadas de humo hasta llegar al final del cigarrillo, ya habían pasado más de los diez minutos sugerido por Violeta momentos atrás.

Me dirigí al lugar pactado, ella estaba allí, esperando ansiosa, como una cita de enamorados, ahora traía puesto un pequeño vestido de color rojo, era tan ajustado que dejaba ver las líneas de su definido cuerpo, voluptuoso y siempre muy apetecido. Solía pensar que Violeta era una mujer Mimética, porque en cada encuentro con ella traía colores diferentes en su cabello, esta vez lo había teñido de color Violeta, sí violeta, como su nombre, todos creían que ese era el nombre que se había dado para ocultar el verdadero, pero no era así, ese era su nombre de pila, el que le había dado su madre porque siempre había gustado de ese color. 

Emocionada me saludó, me dio un abrazo fuerte y emancipador, se detuvo en ese instante, dejó que sus brazos atarzanaran mi cuello por un lapso que quizá ella sintió reconfortante, logré sentir un par de suspiros, podía percibir un olor que se mezclaba entre sudor y cualquier perfume que podía comprar a precios muy cómodos,   tenía en sus manos un sobre, aún no sabía su contenido, se quedó ahí abrazada a mí, acercó sus labios a mis oídos para que pudiese escuchar claramente lo que me diría, pues el ruido de la música era estruendoso. Con su tono de voz melodioso y coqueto me dijo -mi lealtad siempre será tuya, en este sobre está la información necesaria de las últimas mujeres que han entrado a laborar en Mar Zafiro, todas, con nombres reales y edades, esto cada vez suele tornarse más peligroso, y vos, mi amor, cada vez estás más en peligro, retírate ya, no nades más en aguas turbias, te quiero vivo y te quiero conmigo, acá las niñas andan desapareciendo y luego aparecen descuartizadas, todas tenemos miedo, sabemos que andamos cargando una lápida en la espalda, pero fue el destino que labramos, una vez entrás al infierno es casi imposible salir de él, vos lo sabes, vos más que nadie. cuídate mi flaco, cuídate. - yo no inmutaba, era un ser inerte, desde hace tiempo le había perdido el miedo a transitar el mundo de los muertos, sólo sentía la adrenalina de escudriñar cada vez más, de observar y descubrir lo que los insensatos no querían tocar. La miré a los ojos de frente en un choque frenético en medio del ruido ella pudo leer de mis labios cuando dije- gracias Vio- le recibí el sobre, tomé su cara con mis manos y le di un beso frío en su frente.

Luego de ello di media vuelta sin tan siquiera intentar mirar atrás, agarraba fuertemente el sobre sabiendo que su contenido era valioso en la investigación que llevaba y me dirigí presuroso a la salida que conducía al estacionamiento.

Al llegar a mi auto, lo desbloqueé  y me subí acomodándome en él, abrí la guantera y guardé al fondo el sobre que acababa de recibir, por hoy, no quería saber nada más del mundo, de crímenes o de pasiones, de nada, busqué nuevamente mi teléfono móvil, pero el registro era exactamente igual al de hacía momentos atrás, me invadía la nostalgia, tristeza y melancolía, sentía como mi cerebro destilaba toxinas que me impedían producir palabra alguna, encendí mi auto y con él el radio de nuevo, busqué en la lista de reproducción la Sonata en G menor de Tartini tratando de hallar tranquilidad en sus notas agudas y suaves. Emprendí la salida del Santafé rumbo hacia lo alto de la montaña por la vía circunvalar, quería ver las luces pesebrunas que se imponían en ritmo danzante sobre esta inquieta ciudad, hasta el momento no habían parado de caer gotas, era sin duda una de las noches de invierno que suele tener Bogotá, un cielo roto que deja caer torrentes de agua.

Tenía frío, existía una perífrasis exquisita en mi interior, melancolía, lluvia y las tonadas de Tartini desmoronaban a pedazos mi cordura, sentía que la necesitaba, que la necesitaba como nunca, no pude aguantar un segundo más, en ese universo de sensaciones me dejé guiar por mi propio instinto, seguí conduciendo a lo largo de la falda de la montaña hasta encontrar un camino que me expulsara lejos de esta jungla de cemento, El camino hacia su morada, no encontraba una sola razón para no hacerlo, ajustaba la velocidad al ritmo de la notas musicales, el cielo dejaba ver truenos y relámpagos que encajaban perfectamente en el sonoro tono que estaba escuchando, empezaron a caer gotas fuertes, ahora manejaba en medio de la tormenta y la montaña, era poco lo que veía, pero mi mente sabía el camino de memoria.

En medio de una colosal tormenta arribé hasta una pequeña casa que tenía tejas de barro y paredes de Adobe, la adornaban unas ventas grandes con acabados en madera, una puerta gruesa hecha de alguna madera que no sabía distinguir muy bien, así que diré que era de roble o algo similar; ella vivía allí, sabía de primera mano que le tenía tedio a la ciudad y prefería vivir alejada de todo, apagué el motor del carro y enseguida las luces, en medio de los ventanales la vi allí dentro, con una luz grisácea destacándola, hacía movimientos de danza junto con su mano, no distinguía bien qué era lo que estaba haciendo, abrí la puerta y me dispuse a bajarme, la lluvia era tan fuerte que al poner una pierna fuera del auto ya estaba totalmente mojado, salí lento, sin prisa, cerré la puerta del carro y en cuestión de segundos yo ya era parte del torrente de agua que decantaba de los cielos, caminé hacia su pórtico, del interior de la casa salían unas tonadas agudas que se unificaban al son de la escena misma, enseguida lo reconocí, mi mente procesó instantáneamente aquellas notas, era el inigualable Vivaldi al son de La tormenta, el tercer movimiento de las cuatro estaciones el cual aparece en un concierto de su Opus 8, el Concierto en Mi bemol, al que llamó "La Tempesta di Mare" lo comprendí, era ella arqueándole al momento, a su propio escenario, era un acto de intimidad  del cual ahora yo era testigo. Del interior también emanaba un olor a café, a café de campo recién preparado, ella siempre tenía café y seguro hoy no sería la excepción.

Estaba parado frente a su puerta dejando que el agua penetrara en cada poro de mi piel, miraba un viejo picaporte incrustado en lo alto de la puerta que tenía una forma de León que mordía un aro colgante. Me hacía uno con la tormenta, las notas musicales y el olor a café, estaba inerte, inmóvil, sin poder tan siquiera tener control de mis manos, dejé ir con fuerza mi cabeza hacia la robustez del portón, fue un golpe seco, de momento la música del interior se detuvo, escuché pasos acercarse con cautela. Quería huir, salir corriendo de este lugar; pero no podía moverme, el frío de la noche se había incrustado en mí bloqueando cada orden que mi cerebro le daba a mis miembros.

La puerta se abrió de un solo golpe, ahora el frío que sentía en el cuerpo se confundía con el helado corrientazo eléctrico que recorría por mi humanidad, lo primero que vi fue sus pies descalzos, como pude, iba levantando la cabeza lentamente, recorriendo sus blancas piernas con mi mirada ahora tiritante; me detuve en su cadera, pude ver un trozo de lo que parecía una falda de Lana tejida en cadeneta, bajo de ella no había nada más que su ropa interior color morado, una pequeña tanga con encaje que no cubría mucho, continué subiendo y entonces noté que traía puesto un saco enterizo tejido que llegaba no más hasta su entrepierna, ahora paré en su voluptuoso pecho, el saco dejaba ver un sostén del mismo color de sus bragas que también tenía unos encajes que bordeaban sus redondos senos, más arriba, se encontraban descubiertos sus hombros, llegué a su rostro, sobresalían sus ojos sorprendidos al verme allí, me recorrían de arriba a abajo.

Con un tono titubeante dijo- sos vos, ¿qué hacés acá?, ¿hace cuánto estás ahí?, ¿por qué no tocaste antes? -Eran simultáneas preguntas, una tras otra que no supe cuál responder, solo guardé silencio, me tomó del brazo y me invitó a seguir, no podía moverme, estaba cataléptico, con pasos lentos ingresé al interior de su casa, cerró la puerta rápido, yo escurría agua por cada parte mía, como una forma de hielo en descomposición -quítate esa ropa- me dijo con un tono ahora de angustia - iré a buscar algo que ponerte y alguna bebida caliente- salió presurosa dejándome ahí sin nada más que poder hacer. no demoró mucho en regresar, traía en sus manos una toalla, una manta y dos tazas de café, notaba su inquietud, revoloteaba por todo el lugar sin saber qué hacer, se dirigió hacia mí de nuevo- por Dios hombre, no te has quitado esa ropa mojada, si seguís así terminarás con una hipotermia, hoy hace mucho frío, déjame ayudarte- muy afanada empezó a despojarme de mis atuendos, se acurrucó para comenzar por mis zapatos y calcetines, la vi entonces postrada ante mí, sentía vergüenza al pensar que fuese ella quien estuviese en la posición de ayudarme a desvestir, se levantó y me quitó las prendas que estaban adheridas a mi torso, camisa y camiseta simultáneamente, sólo faltaba mi pantalón y mi ropa interior, yo temblaba, pero ahora no sabía si era del frío penetrante o de los nervios que me invadían, simplemente temblaba, ella no cesaba su angustia, se preocupaba por despojarme muy rápido de los empapados harapos, soltó mi cinturón, y desabrochó el botón, buscó sujetar con sus dedos pulgares mis boxers y la pretina del pantalón, de un solo tirón se fue hacia abajo para dejar ahora todo mi delgado cuerpo al descubierto, miré hacia abajo, efectivamente el frío había hecho lo suyo, mi miembro estaba buscando calor interno, justamente hacia dentro de mí, me sonrojé, saqué rápido las piernas de las mangas empapadas, y cubrí con mis dos manos mi escaso hermano colgante.

Ella aproximó la toalla y la posó sobre mi cabeza, primero me secó el cabello a sacudones presurosos, luego mi rostro y cuello, abrió mis brazos para pasarla por cada rincón de mi figura, quería tener la certeza de que no quedase una sola gota encima mío, puedo decir que hizo un muy buen trabajo, sentí como la toalla en sus manos recorrieron cada centímetro de todo, de todito mi cuerpo. Durante todo este momento ninguno había emitido una sola palabra. Al terminar, buscó la manta que era de un material muy suave y caliente para ponérmela encima. Me tomó de la mano y me llevó al centro de su sala, justo frente a una vieja chimenea que se desplegaba hacia lo alto, me invitó a sentarme y me alcanzó una taza con café caliente, me abrigó  bien y se levantó para ir a encender la chimenea, tomó unos cuantos troncos para apilarlos al interior de la misma, en medio puso una chispa que encendió al chasquido de un cerillo todos los troncos, muy rápido, el calor empezó a impregnar el entorno.

Tomó una taza de café para ella oprimiéndola con las dos manos con el ánimo de calentarlas, con pasos lentos se dirigió hacia mí y se acurrucó, con una mano sostenía la taza y con la otra sujetó mi rostro, su mirada no se podía desprender de la mía, con una voz dulce me dijo:- lo lamento, no tengo una sola prenda para hombres- sonreí y asentí con la cabeza, mientras tenía su mano en mis pómulos me reconfortaba en el calor que de ella emanaba, empezó a deslizar su dedo pulgar con mis labios, delineando los bordes de los mismos, cerré los ojos y me dejé llevar, empezaba a recomponerme lentamente, el calor del fuego estabilizada mi temperatura corporal, mientras pensaba en ello pude sentir ahora su respiración justo frente a mí nariz, entre abrí mis párpados, su rostro estaba pegado al mío, sentí como sus delgados labios comenzaron a besarme, lento, muy lento. Dejé la taza a un lado y ella hizo lo mismo, sujeté su rostro con mis heladas manos y tomé el control del ritmo de aquel beso, incrementé los movimientos de mis labios y permití dar pequeños pasos de mi lengua dentro de su boca, pude sentir cómo me extrañaba, percibí la fragilidad que le daban mis besos, los mismos que nos transportaban a universos paralelos a la realidad.

Nos sumergimos en el instante inquebrantable, era un beso que abría la puerta a un mundo desconocido, hacía latir nuestros corazones como tambores que toman ritmo acelerado en un tun tun que incrementaba al tiempo que yo la besaba con más intensidad, desplegué mis manos por su cuello, las dejé caer como hojas, suaves, dando roces que iban y venían, podía sentir su respiración tomar fuerza, dejé ir mis manos hasta el fondo y sujeté la parte final de su suéter para comenzarlo quitar, vi como ella subió sus brazos disponiendo todo para despojarla de sus prendas y quedar en tono para el momento, lo saqué suave, miré su rostro, tenía los ojos cerrados y podía sentir como el éxtasis se apoderaba de nuestros cuerpos, ahora la besé yo, esta vez con un toque más fuerte, acelerado como oleaje marino que choca contra las rocas para desbordar chorros que bajan, la sujeté por su espalda con ambas manos y la acosté boca arriba en una alfombra roja que nos rodeaba, no paré de besarla, ahora al ritmo de la tormenta que sucedía al exterior, de momento, me acomodé y dejé que mis manos empezaran a delinear su cuerpo, me deslicé por su cuello, con las yemas de mis dedos le daba caricias que se marcaban a lo largo de sus hombros y con mis uñas daba pequeños rasguños que  subían y bajaban por los mismos, podía sentir como este vaivén hacía contraer su abdomen y subir sus piernas haciendo rozar sus muslos, atiné a dejar caer mi mano  derecha al broche de su su sostén el cual desapunté sin mayor dificultad, con la izquierda atrapé las tirillas que adornaban sus hombros, lo retiré y dejé al descubierto su pecho, poseía un par de montañas redondas, que se desplegaban decorosas en el valle de su torso, mis manos eran pequeñas en comparación al tamaño de sus senos, las atrapé,  una en cada mano, les daba pequeños movimientos circulares dejando al descubierto sus pezones rosados por el medio de mis dedos, me volví a inclinar para besarla, esta vez con furia intensa, le daba pequeños mordiscos a su labio inferior, sin llegar a lastimarla, eran tiránicos y poseedores, sin ningún temor, ella seguía mi ritmo, no colocaba ninguna traba quería sumergirse conmigo en este cuadro abstracto que elegimos pintar.

 Mis manos eran un oleaje frenético que subían y bajaban por el costado de su torso y caderas. No quería dejar ningún rincón sin recorrer, moldearla como alfarero. Lo decidí, dejé que mis labios inquietos se desbordaran por su cuello liso y vertiginoso como tobogán inmóvil, lo atrapaba como presa cazadora, para devorarlo como un vampiro sediento. Continué bajando, me topé de nuevo con sus senos redondos, tan redondos como la palabra Roma, no dudé en querer poseerlos, en besarlos tanto que su sabor quedase para siempre impregnado en mis papilas, los apretaba juntos sobre mi cara, quería embriagarme del olor que reposaba en ellos, aún así, el deseo me hacía continuar, me introduje en la frescura de su abdomen, en la planicie que dibuja un caudal que desemboca en el mejor de los mares, su humor me sometía, el olor que surgía de su ombligo era un elixir de encantos, lo aspiré profundo para llenarme hasta lo más interno de mi diafragma, estaba dispuesto a adentrarme a lo más recóndito de sus encantos, a la caverna de los misterios de dónde surge la vida y empiezan los sueños, sin embargo, seguí de largo para fundirme en sus muslos firmes, hechos de arena suave y tersa, los mismos que se contraían en el balance que le daban mis labios, sentí como toda ahora era un torrente que se desbordaba, un huracán imparable que quería destrozar todo a su paso, una avalancha que humedecía toda su parte sensible para que yo la pudiese beber.

No lo pude evitar, me dejé llevar de su santo grial y bebí del vino de su cáliz sagrado, dejé que mi boca llegara hasta sus labios inferiores, y como si fuese un festín dionisiaco quise absorber todo el licor que destilaba de ella, levanté mi mirada, observé cómo sus manos se aferraban con fuerza a la alfombra, como si se contuviera para no caer en el vacío del abismo que mi lengua le abría en lo más íntimo que poseía. Pero no lo pudo dominar más, sin reparo se soltó para hacer un hipervuelo en galaxias desconocidas, sus manos se posaron sobre mi cabello para pilotear la nave que la llevaba a recorrer un mundo abstracto, me daba las coordenadas exactas que encendían todo el fuego necesario para acelerar el ritmo que conducía al punto máximo del clímax, era un viaje sin rumbo hacia el caos, hacia un estallido de todas las cosas juntas, a la vida y la muerte, al amor y al odio, a lo caliente y lo frío, a lo lento y veloz... al todo y la nada. Y entonces llegó un estallido emocional que terminó con un gemido profundo y un suspiro que parecía eterno.

Sin chistar me abalancé sobre ella, mi miembro viril se encontraba firme gracias al desenfreno ardiente del averno que transitábamos, y la hice mía en un solo movimiento donde me introduje en un crisol que se quema, sentí sus manos en mi espalda agarrándome tan fuerte como si no quisiese que jamás la abandonara, juntos comenzamos una danza quimérica que quebraba nuestras caderas, nuestros cuerpos eran una sola conjunción que estallaba en la inmensidad de la noche, la volví a besar, ella se aferraba a mis labios junto a los suyos, aceleraba el ritmo de su pelvis en movimientos circulares y bien definidos, posó sus manos sobre mis escasos glúteos empujándome hacia adentro, hasta lo más profundo de ella, como si quisiese guárdame en su interior y no dejarme escapar ya nunca más. daba gemidos acelerados, me apretaba con fuerza, se movía a su propio ritmo, se aferró y se contrajo inquietante. Y como aguacero de mayo se dejó caer para desbordarse en un torrente de agua imparable, sentí como dejó de respirar mientras humedecía mis muslos y se prensaba con sus manos en la parte superior de mi espalda, subió sus piernas a la altura de mis glúteos y detuvo el tiempo, lo dejó inmóvil al igual que toda ella, fue un segundo eterno... más que eterno.

 Llegó la calma con un suspiro profundo que me llenó de vida,  tenía mis piernas lavadas, sentía una tranquilidad absoluta, una serenidad que invadía mis venas y oxigenaba mi cerebro, quería quedarme ahí por la eternidad, abrí mis ojos lentamente, lo busqué en la dimensión del espacio, sentí mis sábanas mojadas al igual que mis piernas, recorrí con mis brazos y manos a lo largo de la cama, él se había esfumado nuevamente, me invadió una desquiciada tristeza y amargura, aún no me hacía a la idea de su partida, así de sopetón y con un aviso que todavía quemaba todas las noches mi corazón, él siempre buscó hacerme suya, pues a sabiendas que él era un demonio viejo le vendí mi alma, era de él, sólo de él, me senté en el borde de la cama miré de lado a la mesa de noche que está en el costado superior de mi lecho; y allí bajo una rosa negra disecada estaba la carta que todas las noche leía, la maldita carta que me quebraba y a la vez me daba fuerzas para seguir, la carta que dejó antes de saltar al vacío del colosal e imponente edificio del departamento de investigación  criminal.

La tomé entre mis manos, la abrí lentamente y con un par de lágrimas surgiendo de mis ojos la leí en voz alta…

 

Al partir

No creas que me voy porque partiré de tu vida, solo me quiero mudar por siempre allí ,al lado más oscuro y recóndito de tu corazón y pensamiento, al lugar donde nunca querría marchar, es un trasteo desnudo, sin ninguna atadura, donde pueda contemplar el ritmo del pulso en tus tonadas y pueda esperar en tu espera, me marcho cansado, pero sabiendo que mi legado seguirá, soy consciente de haberte dado las palabras necesarias para indagar la ignorancia y una que otra herramienta para andar por esta maldita selva que me ha enloquecido, mi mente es un cúmulo de residuos, basura he dedicado a guardar, ese es el peso de querer conservar a aquellos que a sabiendas del daño, los mantenemos, sos y serás el ser que ha rejuvenecido este ajado cuerpo, pero no debo escapar de mi realidad, y sí, el estar con vos me reconforta, pero no debo atarte a este estandarte olvidado, tu alma es mi alma mi amada, y seguro al alba todo irá mucho mejor, con el brillo de la luna aseguro acunar tus noches frías y sórdidas, así como con el rocío de la lluvia murmuraré poemas lúgubres, viscerales y mal ávidos, no me despido porque no me marcho, ya lo dije solo me mudo, mi cuerpo es mi cárcel y poco conserva mi esencia, me quedo en vos y contigo por siempre en esta vida y el trasegar de la tuya. De seguro con la llegada de un nuevo día, te saludaré en el infinito con el brillo que destilaba mis ojos al verte venir a mí, porque siempre nos tuvimos sin tenernos, nos pertenecemos y aguardamos.

Por siempre tuyo... yo.

 

 

Sobre el autor: Javier Ciendúa Gómez (Bogotá, 1987)

Joven escritor con estudios en humanidades, máster en investigación y docencia universitaria. Autor de la saga de novelas: El Altar (2015); De crímenes y pasiones (2017); y legado de sombras (2019) Editorial Serpiente Emplumada y del libro Antología poética: Utopías y desvaríos (2019) editorial Enlace.

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