Contra los radicalismos

Una bandera tan noble como la del feminismo no puede aceptar que algunos de sus defensores salgan a decir tonterías cada vez que se les antoja

Fotografía: pixabay.com

El 11 de septiembre de 2001, en Nueva York… Bueno, ustedes ya saben qué pasó ese día.

El 21 de septiembre de 2001, en el Congreso de los Estados Unidos, George Bush pronunció una frase que generó pánico: “Quien no está con nosotros está contra nosotros”. Esta sentencia estuvo motivada por los ataques contra las Torres Gemelas, el World Trade Center y el Pentágono. El ex mandatario afirmó que no había lugar para la neutralidad en la lucha contra el terrorismo, con lo que, de entrada, nos puso a todos de su parte y nos alistó para la guerra.

Yo sabía que la frase iba a ser criticada, y afortunadamente lo fue. Lo dicho por Bush fue una imposición, un llamado a obedecer —e incluso aceptar— los más feroces crímenes que se cometieron años después bajo la bandera de la paz. Su sentencia, vale decirlo, eliminó de tajo toda posibilidad de crítica.

Lo dicho por Bush, no obstante, fue replicado en muchas otras partes por corrientes políticas de todos los sesgos. Álvaro Uribe llamó cómplices del terrorismo a quienes se opusieron a su política de seguridad democrática, y Hugo Chávez repartió  insultos a diestra y siniestra contra todo aquel que osara criticar al Socialismo del siglo XXI.

Lo nocivo de todo lo que he dicho hasta el momento es que esta actitud radical ha permeado otros terrenos, desdibujándolos, y ridiculizando a quienes, honestamente, defienden ideas loables.

Sobra recordar que toda posición es susceptible de críticas, y que no aceptarlas es señal de dogmatismo. Podemos tener filiación por la izquierda, pero ello no implica que deba callar mis comentarios contra Nicolás Maduro o Daniel Ortega. Creer que lo que ellos dicen es correcto, solo porque pertenecen a mi partido, es similar a la actitud mostrada por George Bush.

No exagero. Primero se niega el discurso del otro, así las críticas sean válidas. Luego se le ridiculiza y finalmente se le alía con el enemigo. Paso seguido se individualiza o se colectiviza a aquellos que están en contra de nosotros, “los buenos”, porque es necesario juzgar a quienes no piensan correctamente.

Digo esto porque una bandera tan noble como la del feminismo no puede aceptar que algunos de sus defensores salgan a decir tonterías cada vez que se les antoja, invalidando una lucha que ha logrado importantísimos avances sociales, como el derecho al voto, al aborto y al ejercicio de una sexualidad libre, plena y sin tapujos, entre muchos otros avances.

Validar el feminismo es algo que todos, todos, debemos hacer. Pero también es cierto que no por ello debemos quedarnos callados ante las acusaciones viles y malintencionadas de quienes dicen defenderlo. Acusar a los hombres de potenciales violadores, a todos los hombres, no es decir “una verdad incómoda”: es lanzar una ofensa y un juicio groseros, y es nuestro deber denunciarlo. Hay una diferencia enorme entre la violación, el abuso y la agresión, y por ello resulta elemental conocer sus acepciones.

Si algunos insisten en llamarnos violadores, que cuenten de entrada con mi entero rechazo. No quiero que me digan así, y que quede claro que criticar esta ofensa no me hace machista.