Colombia, tierra querida

Al final de la película, el presidente logra firmar la paz y gana el Premio que cada año concede la Academia.

Era domingo y transmitían una inverosímil película bélica. El escenario era un país sudamericano, selvático y húmedo. El gobierno de ese país había decidido hacer la paz con una guerrilla criminal y longeva. La más antigua de Occidente, repetía uno de los actores. El argumento, palabras más palabras menos, era el siguiente: en dicho país, hace más de medio siglo, unos campesinos habían decidido luchar contra el gobierno por tierras. Cada cuatro años, el presidente de turno prometía el fin de la guerra, pero la misma seguía y parecía eterna. A mitad de la película, un tipo de hablar pausado se toma el poder e inicia una guerra inhumana. Sus soldados asesinan a la población civil y presentan a los muertos como enemigos caídos en combate. Fue en este punto en el que la película se tornó inverosímil, sanguinaria. Pero decidí verla hasta el final. El brutal presidente que describí antes cuenta con un asesor militar educado en Estados Unidos, miembro de una de las familias más poderosas del país. Convencido de que este continuará con la masacre de civiles, les pide a los ciudadanos que lo elijan como presidente. Y es en este punto en el que la película da un giro inesperado: el tipo termina pactando la paz  con esa guerrilla longeva y criminal. Las cámaras muestran cómo los políticos y los alzados en armas se trasladan a una isla del Caribe, en la que, fumando habanos y vestidos con bermudas, conversan de temas que dan risa. Digo esto porque me resulta difícil creer en los diálogos del filme. Los alzados en armas piden tierras para los más pobres y respeto por las diferencias políticas. Y en ello se demoran cuatro años.

Supongo entonces que la película pertenece a un nuevo género. Lo digo porque es imposible no reír con los improbables argumentos del director. Hacia el final de la película, los mismos que han estado en medio del fuego pronuncian frases como las siguientes: “Yo he sufrido la guerra, por eso no quiero la paz”. No sé quién ha sido capaz de escribir un libreto tan estúpido, pero la película sigue y las tonterías se ensartan unas con otras. ¿Recuerdan al presidente sanguinario, el que mataba inocentes y los hacía pasar por guerrilleros para hacerles creer a todos que estaba ganando la guerra? Pues el tipo inicia una recolección de firmas para que su país siga en guerra. Hay, afortunadamente, un corte de comerciales y yo aprovecho la pausa para ir a la cocina y destapar una cerveza. Tomo el celular y le envío un mensaje de voz a un amigo: “Estoy viendo una película malísima, pero con un humor negro que no puedes creer”. No dejo de pensar en el personaje. ¿Un tipo que le pide a su país, que lleva medio siglo de guerra, que firmen un documento para que sigan en ella? Vuelvo a la sala y veo que la fila de personas que apoyan al sanguinario es enorme: mutilados de guerra, viudas de militares, madres de soldados acribillados a balazos, jóvenes que nunca pudieron terminar la secundaria, desempleados con seis hijos a cuestas, un sacerdote… ¡Sí! ¡Hasta un sacerdote apoya la prolongación del conflicto!

Me río. Nada de esto puede ser cierto. El director de la película debe de ser fan de Kafka o algo así. Un tipo de mente pervertida.  Mientras tanto, el presidente que decidió hablar con los insurgentes manda fabricar lapiceros con las balas con las que mataban civiles. En este punto suelto una carcajada enorme y entro en la lógica de la película. ¿Qué sigue?, digo. ¿La destrucción de las armas, su posterior fundición y la construcción de una paloma? Mi risa se corta cuando veo que mi vaticinio se ha cumplido. “No”, digo, y abro los ojos y me llevo las manos a la boca. “Esto no puede ser cierto”. Pero lo es, como también, el parlamento de uno de los actores que propone un partido de fútbol entre los insurgentes y los políticos. “Pero esta vez no jugaremos con las cabezas de los masacrados”, dice.

Cuando la película está por terminar, el espectador se hace consciente de un detalle macabro. ¿Recuerdan al presidente sanguinario? ¿Y al que hizo la paz (uno de los peores actores del mundo), aun cuando nadie se lo esperaba? Pues bien: todo indica que las diferencias políticas entre ellos tenían un propósito específico: los dos querían ganar el Premio Nobel de Paz. Me río una vez más y aplaudo al director de la película. ¿Así que estos dos presidentes, más todos los otros que desfilaron por la película, como meros actores de reparto, no tenían más que un mezquino deseo de paz? ¿No la querían por el bien del país, sino por pasar a la Historia? Mi asombro y mi admiración son supremos. Al fin y al cabo, un argumento tan retorcido solo podía surgir de una mente latinoamericana.

Al final de la película, el presidente logra firmar la paz y gana el Premio que cada año concede la Academia. El filme cierra con un desfile de mutilados que celebran, cerveza en mano, que su país será portada en los principales periódicos del mundo. Un primer plano muestra el rostro furioso del presidente sanguinario. Mi amigo responde al mensaje de voz que le envié y me pide el nombre de la película. “No recuerdo”, le digo. “Pero tiene que ver con algo de ‘Tierra querida’”.