Colombia la más mal educada

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Paz Plebiscito

Colombia la más mal educada

 

 

Por: Farouk Caballero/@faroukcaballero

Un país donde triunfa el fanatismo es un país muy mal educado. Con los resultados del plebiscito el dolor de patria nos golpeó a los jóvenes de hoy como nunca antes y hubo un agravante de peso históricamente escandaloso: el 2 de octubre de 2016 no fue el Estado el que masacró la posibilidad de paz más cercana que se ha tenido con las Farc, fue el pueblo, fueron los votantes.  

Con los resultados victoriosos del No, muchos dolidos despotricamos de nuestra patria. Acusamos de ignorantes a aquellos que decidieron no leer el acuerdo de paz y creer en su párroco, pastor o mesías, según el caso. Señalamos a todos los que, engañados o no, decidieron votar No y los invitamos, como son muy machitos, a que ellos mismos se metan a la selva a combatir. Por su parte, Uribe demostró, por enésima vez, que sólo sirve para desinformar. Sus propuestas iniciales ya estaban en el acuerdo, pero su ego infinito no le permitió concederles protagonismo a otros actores diferentes a él.

El senador Uribe me causa absoluta repugnancia, al igual que su súbdito Alejandro Ordóñez. Pero estoy dispuesto a decirle a una amnistía para Uribe y todos los funcionarios de sus dos gobiernos que cometieron crímenes contra el pueblo colombiano. Incluso, estoy dispuesto a consentir que los militares asesinos y acusados de los falsos positivos también sean amnistiados. Lo que no puede aceptarse es que los terratenientes vuelvan a estar involucrados en la restitución de tierras. Ya lo hicieron con la reforma agraria, la elaboraron y la ejecutaron para vender humo, porque las hectáreas entregadas a las víctimas se caracterizaban por producir sólo una cosa: hambre. Allí no germinó sino la inequidad y la exclusión. De las tierras improductivas y de los mercenarios de tierras que hicieron fortunas asesinando campesinos, liberales y conservadores, germinó esta guerra.  

Durante el 2 de octubre, mi facebook se caracterizó porque la mayoría de amigos y compañeros apoyaron el . Y una minoría apoyó el No. En mis cálculos, podría decir que si tomaba esa referencia el ganaba, yéndonos mal, con un 80% de los votos. Pero no fue así, en una hora perdimos, por un estrecho margen, pero perdimos. Lo anterior, me permitió ver que en mis contactos esa mayoría del pertenece a un grupo social universitario formado en Artes, Ciencias Sociales y Humanas. Todos con, mínimo, un posgrado. Muchos maestros de diferentes niveles y esto me llevó a la conclusión del rotundo fracaso de la educación en las regiones donde triunfó el No.

Antes se solía decir que en la periferia colombiana la educación era de mala calidad y puede que lo siga siendo, pero en las zonas más golpeadas por el conflicto hay una dignidad indígena, afro y campesina, que nos cacheteó todos los pregrados, especializaciones, maestrías, doctorados y postdoctorados. Porque nosotros, desde la academia, nos limitamos a publicar centenares de artículos científicos en revistas que se caracterizan por llegarle a un lector que vive dentro del mismo nicho. Los congresos, los eventos académicos y las discusiones que se dan en el ámbito universitario, sólo piensan, justamente, en ese ámbito. Leemos ponencias para recibir aplausos y tomar café entre nosotros. Pero, ¿y el pueblo? La academia estudia los fenómenos artísticos, sociales, políticos e históricos, pero no va directamente a trabajar con la gente. O sí, pero lo hace para trasladar las investigaciones al capitalismo del libro. Es por esto, que la derrota del , me permite afirmar que la academia colombiana es un campo lingüísticamente impoluto e intelectualmente productivo en cuanto al turismo académico, pero irrelevante en su compromiso político y social con la época que nos tocó vivir.    

Estudiamos y escribimos para publicar textos que nadie lee, que no tienen impacto social. Nos preocupa cumplir los requisitos para asegurar un puesto de planta, vivir tranquilos y luchar por ser asociado o titular. Cosa contraria hacen los predicadores religiosos, que muchas veces sólo se han leído un libro en sus vidas, la Biblia. Con ese libro le llegan a profesionales, técnicos, bachilleres, obreros, trabajadores rasos, alcohólicos, víctimas de la violencia urbana, abandonados, delincuentes, etc. Pero la academia, que produce, imprime y reimprime libros al por mayor, nunca tiene en el centro de su función a esa población y adivinen qué, el voto de cualquier doctor con treinta o cuarenta publicaciones en revistas indexadas A1, vale exactamente igual que el voto de un fanático religioso que hizo hasta tercero de primaria.

Sin embargo, nuestra lógica es satanizarlo. Tildarlo de ignorante y no vincularlo al proyecto educativo. Esta queja la he manifestado mucho y mis colegas en diversas ocasiones me dicen que la estructura académica no está pensada para masificar la investigación y la producción de conocimiento, y tienen razón; lo cual, indica que la estructura académica en un país como Colombia está muy mal diseñada. Estudiamos, leemos, debatimos y siempre en la primera persona del plural: entre nosotros. Eso no sirve de nada. Debemos aprender de los pastores evangélicos y sus shows de sonidos, luces y demás, para llegarle a ese pueblo citadino que votó por el No. Que creyó en las cartillas falsas que se le achacaron a Gina Parody, que creyó que las Farc iban a imponer una ideología de género en un país más godo que los godos, que no le creyó al Papa, que creyó que Santos podría ser castrochovista, siendo un neoliberal de pura cepa, que votó por Uribe como Gran Colombiano y que condenó a la nación a una guerra perpetua.   

Si seguimos enclaustrados en las aulas y en los cocteles no le cumpliremos a Bojayá, ni a Toribío, ni a San Vicente del Caguán. Bogotá, por ejemplo, tiene las mejores universidades de Colombia. La Universidad Nacional de Colombia, la Universidad de los Andes, la Pontificia Universidad Javeriana y la Universidad del Rosario, por mencionar cuatro grandes instituciones. Y en esa ciudad, en nuestra capital, el No obtuvo 1.114.933 votos. En Antioquia, donde la Universidad de Antioquia, la Universidad Pontifica Bolivariana y EAFIT, se creen emblemas de la falacia del cambio educacional, el No le sacó más de 400.000 votos al . Y eso que ellos son “los más educados” del país. En Santander, cuna de los comuneros, de la Universidad Industrial de Santander y de Alejandro Ordóñez, el No le sacó 79.000 votos al . Algo hicimos muy mal.

Hemos fracasado, las universidades se centraron en sus estudiantes y olvidaron a la comunidad. Los pastores y religiones no la olvidaron. La hicieron fanática. La hicieron servil. Crearon un Dios a su conveniencia, un Dios que perdona, pero no perdona guerrilleros. El Dios que ellos enseñan, no es vengativo con los pobres de los estratos bajos, pero sí invita a la venganza contra los guerrilleros. Y si nosotros dejamos a esos votantes dentro de la jauría del diezmo durante todo este tiempo, pues debemos asumir nuestra culpa. Desde las oficinas y los tableros no se hace el cambio suficiente que requería el electorado colombiano. Fallamos y debemos reconocer nuestra responsabilidad, dejar de señalar a otros y saber que mientras tomábamos café, los misioneros del credo estaban puerta a puerta en esos barrios que pusieron los votos del No.

Ahora bien, no somos los únicos culpables. Los medios de comunicación se arrodillaron a Uribe durante ocho años. Crearon un monstruo popular, populista e indestructible en esta patria que no lee y que se educa por la tele. Los columnistas de los grandes medios se limitaron a publicar para sus lectores de siempre. No vi a ninguno visitando esos barrios, luchando por la paz en otros escenarios. Y está bien, no es su función, pero entonces su función fue insuficiente para el reto de la paz. El presidente Santos se equivocó al someter a votación un acuerdo de 300 páginas, en un país que ni siquiera leyó a su único nobel. Ya se decretó que hasta el 31 de octubre habrá cese por parte de las fuerzas armadas del Estado. Ojalá que otra generación logre la paz, nosotros no pudimos. Nos quedó grande, no abandonamos nuestra zona de confort, nos quedamos escribiendo, como este texto, para nosotros mismos.