Bogotá: belleza y destrucción

Author(s): 

Todos los días, en cada rincón de la ciudad, en los medios de transporte y en las redes sociales,   se oye el inconformismo de los habitantes de Bogotá en cuanto a su estado deplorable. Los comentarios siempre son los mismos: “¡qué calle tan sucia!”, “¡la gente no tiene pertenencia con lo suyo”!, “¡qué son estos garabatos en las paredes!”, “¡qué basurero! Es difícil pretender que la ciudad sea una Zurich Latinoamericana o una Quito Colombiana, ¿pero por qué no abogar por una Bogotá limpia, bonita y digna?; o ¿una ciudad que sea agradable a la vista, que sea placentera al ser recorrida y que no sea nicho de malos comentarios y peores tratos?

Bogotá, al menos, en las últimas tres alcaldías ha hecho memoria (y no culpo a Peñalosa) y ha vuelto a las andanzas de principios de los noventa. En Bogotá es común ver calles atiborradas de basura, personas arrojando residuos al suelo, individuos colándose en Trasmilenio, fumadores echando colillas de cigarrillo por doquier y paredes llenas de mamarrachos (no hablo de los murales, hermosos de por sí), hablo de los “graffitis” realizados por individuos nocturnos que se creen artistas, críticos y políticos solo porque tienen en sus manos una lata de pintura, visten de negro y usan capucha, y porque en algún momento de sus vidas han tenido algún tipo de acercamiento a tal o cual escritor con pensamiento anticapitalista. ¿Será que los habitantes de esta ciudad no merecemos más?, ¿será que tenemos prohibido pretender una ciudad limpia, llamativa y digna para sus ciudadanos?, ¿por qué no pensar en Bogotá como una ciudad con un potencial que haga feliz tanto a habitantes como a visitantes? Y es que la belleza de una ciudad no solo se mide por las cualidades artísticas de sus edificaciones, o por la complejidad de sus esculturas; también, se percibe en la cultura de la gente y en el orden de las cosas.

Uno de los grandes problemas de la ciudad tiene que ver con lo visual. Dicen por ahí que al ser humano todo le entra por los ojos. A propósito de esto, con lo que estoy de acuerdo hasta cierto punto, quiero hacer hincapié en cómo luce Bogotá, al menos sus monumentos, edificios de carácter histórico y cultural, y por qué no, cada una de sus calles. Hoy, es vergonzoso ver que la ciudad está empañada por la mano de individuos que, como lo comenté anteriormente, se creen artistas; hablo exactamente de los llamados “graffiteros”. Cierto día, un buen amigo me dijo que para lograr un hermoso mural, como los que visten La candelaria y la calle 26, hay que, en primera instancia, pasar por las firmas, rayonazos, mamarrachos, frases sin sentido, irrespeto a la propiedad pública y privada, al patrimonio arquitectónico, cultural y demás; cosa con la que no estoy de acuerdo. Y es que esto se puede observar casi por toda la ciudad: La candelaria, la carrera séptima casi hasta la calle 72, la Macarena, Chapinero, El centro, y cuanta calle, barrio o lugar de la capital que quiera imaginar el lector.

Ver calles completamente arruinadas por esta clase de “arte” no hace más que destruir el potencial de belleza que ofrece y puede exponer la ciudad. Los andenes, esculturas, paredes de las casas y fachadas de iglesias no pueden ser blog de dibujo de aquellos que sienten tener el derecho de escribir o dibujar lo primero que les viene a la cabeza para ser “críticos”, “políticos” y “libres”. El carácter crítico del pensamiento no está en una frase sin sentido ni en un rayonazo a una pared, etc. El pensamiento crítico de una persona debe expresarse mediante medios que no afecten a la ciudadanía que tanto defienden. El ser políticos o no, no se legitima mediante un grafiti en la puerta de la catedral de la Plaza de Bolívar o en la iglesia de Lourdes, o en la fachada de las casas coloniales que embellecen La candelaria. El ser políticos está en los actos de las personas y en la forma de pensar, en el conocimiento, en el discurso y en la capacidad de respeto hacia los demás. La libertad no se manifiesta en la capacidad y acto “revolucionario” de marcar una pared con una frase de algún pensador que cuando habló de libertad no lo hizo por medio del vandalismo o demás. La libertad acarrea demasiada responsabilidad. El ser libre no quiere decir que seamos superiores a otros. El ser libres también quiere decir que reconocemos a otros que también lo son.

Un día en las redes sociales vi algo curioso, un texto exponía el inconformismo del autor hacia el nuevo código de policía de Colombia que habla sobre la prohibición y multa a quienes rayan paredes. En este texto se decía algo “revolucionario”, “inteligente” y “cierto”: “Una pared blanca es como una mente en blanco”. Gracias al ingenio del autor pensé en la veracidad de la frase y concluí que gracias a los graffitis que tiene la Ilustre Universidad Nacional todos sus estudiantes son genios y maestros, y que Harvard, Oxford y Cambridge por presentar paredes en blanco y limpias “forman” profesionales mediocres, sin sentido y huecos. De ahora en adelante tendremos que rayar todo recinto que habitemos y visitemos para poder iluminar nuestras mentes, como si la inteligencia, astucia y capacidad crítica se midieran por la cantidad de mamarrachos que puede dibujar una persona “cuerda” en cada pared que se encuentra en el camino.

Considero que Bogotá no merece estar bajo el poder de aquellas personas que creen tener la libertad y la razón en una lata de pintura. Los gustos por los equipos de fútbol no nos interesan a todos, las frases de cajón no sirven si no tienen un sentido. ¿Será que una ciudad sucia nos ofrece mejores oportunidades de desarrollo personal o profesional?, ¿será que una pared sucia firmará la paz?, ¿será que un grafitti en la escultura de Bolívar ubicada en el parque de Los periodistas elimina los atropellos que sufre el pueblo? De ser así, ¡acabemos con Bogotá!; si no, tratemos, al menos, de no apoyar este “arte” que en lugar de construir, destruye algo de lo que podemos estar orgullosos en la ciudad, porque Bogotá no es un basurero como la presentan algunos desarraigados que solo ven belleza y potencial en lo extranjero. Bogotá es una ciudad que con el apoyo, el respeto y la responsabilidad de todos como sociedad puede y debe mejorar.

Para terminar, cuando se tocan estos temas, algunos alegan que limpiar las paredes de graffitis es callar al pueblo y ahogar sus voces de protestas. ¿Será que la forma de protestar contra los atropellos hacia el pueblo está en las frases de “apoyo” que vemos en las imágenes?