Atlético Nacional: el dueño del continente

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Nacional campeón de la Recopa Sudamericana.

Anoche llegó un título más para adornar la vitrina de la gloria verdolaga. Ayer el Rey de Copas colombiano fue más majestad que nunca.

El equipo comandado por Reinaldo Rueda se coronó campeón de la Recopa Sudamericana y lo hizo a su estilo, con la pelota al piso, con toques exquisitos, con desequilibrio y con verraquera en los momentos difíciles. La tragedia que sufrió el Chapecoense, ese fatídico 28 de noviembre de 2016, hizo que ayer se disputara la final más emotiva del fútbol de América. La hermandad ya se había presentado entre los dos clubes. Los homenajes recíprocos fueron la antesala para que rodara el balón entre enemigos de cancha y hermanos fraternos de profesión. Donde un accidente aéreo impuso el dolor, el fútbol se está encargando de la curación.

Una vez pitó el juez, Atlético Nacional demostró condiciones. Apenas se acomodaba el Chapecoense y Macnelly Torres fue a recibir de espalda al arco en la mitad de cancha. En dos toques acabó con la marca del equipo de Chapecó. Cual billarista, hizo un toque de tres bandas: se desmarcó con un taco de izquierda, se puso de frente al arco y quedó con el campo despejado. Una vez  abrió el espacio, le puso con el borde externo de su pie derecho un pase quirúrgico a Dayro Moreno, quien venció de derecha a un impotente Artur Moraes. Corría el minuto dos y Macnelly ya había pagado la boleta de todos los espectadores, su magia solo necesitó de tres segundos para Macravillar a un Atanasio repleto.

La serie se empató 2 – 2. Pasaron 28 minutos que le sobraron al partido. Al minuto 30 pecó Chapecó. Descuidó en un lateral a Dayro Moreno, quien se filtró por izquierda, ubicó al cerebro de Mac en la medialuna del área grande y le tocó el balón. Mac no hizo recepción, pensó al estilo del eterno 10 colombiano Carlos El Pibe Valderrama, y antes de recibir ya sabía dónde la debía poner. Con sensibilidad de artesano, y en un solo toque, dejó que el balón rebotara en su pie izquierdo y saliera teledirigido a los pies de Ibargüen. El delantero sabía que el balón venía untado de Macgia, pero le puso su toque de bailarín. Los entendidos dirán que fue un control dirigido con izquierda para desmarcarse con el movimiento de su cuerpo y clavarla en el ángulo. Yo seré más escueto: Ibargüen bailó samba en el área del Chapecó y los defensores brasileros jamás le cogieron el paso.

El resultado era justo y Atlético Nacional empezaba a sentirse dueño del continente, pero la fortaleza del Chapecoense tendría su momento en el escenario. El segundo tiempo inició y los brasileros pusieron contra las cuerdas al campeón de América. El dominio era de los valientes de Chapecó, quienes amenazaban con emparejar nuevamente la serie. Se fueron al todo o nada, mientras que Nacional se replegaba y el gigante Henríquez despejaba todos los ataques que venían por tierra y por aire. En esos momentos de confusión, Chapecó tuvo su merecida oportunidad. João Pedro mostró su linaje de lateral brasilero y desparramó la defensa verdolaga. Una vez en el área, sacó el pase de la muerte. Arthur hizo una excelente recepción de derecha que desubicó a Armani. Tenía el arco a merced y la puso lejos de las manos de San Franco. Era el 2 – 1 y todo quedaría parejo, además, la ventaja en ánimo estaría del lado visitante, pero Henríquez no lo iba a permitir.

El capitán demostró que las acrobacias también se hacen con el corazón, de forma inexplicable rompió las leyes de la física y deslizó por los aires sus casi dos metros. Dejó de ser el corpulento defensor central para vestirse de contorsionista y salvar en la línea al equipo que lo tiene como capitán. Podría decir que lo que hizo Henríquez valió un gol, pero fue mucho más que eso, valió un título. Su pirueta salvadora despertó al verdolaga. Sobre el minuto 67, Ibargüen volvió a dibujar melodías. Recibió en mitad de cancha y encaró por izquierda. El defensor Apodi salió a la pista a pasar vergüenza. Ibargüen, en una baldosa, le rompió la cadera cuántas veces quiso. Cuando se cansó de bailar con él, sacó un centro al área que salió pasado, Arley Rodríguez lo corrigió y Dayro marcó de cabeza el 3 – 0.

Ibargüen se tomó un respiro y volvió a danzar al minuto 80. Bailó una vez más en el área del Chapecó y demostró los caprichos de la naturaleza: un caleño le enseñó a bailar samba a los brasileros, quienes demostraron que se puede nacer en el país de Pelé y Ronaldinho, y sin embargo tener en la cintura la flexibilidad de un bloque de concreto. Con los rivales en el piso, Ibargüen pateó mal el balón, pero era su noche y el destino corrigió el disparo torpe. De chiripa salió un globito que bañó al arquero visitante. Luego, Tulio de Melo firmó para la estadística el 4 – 1. El árbitro pitó el final y Atlético Nacional fue oficialmente dueño del continente.

Nunca un equipo colombiano se había coronado campeón de la Recopa Sudamericana, el mismo Atlético Nacional había perdido este título con Boca Juniors en 1990, pero ahora el Rey de Copas colombiano es el Rey del continente. En el mes de las madres, Nacional le regaló un nuevo trofeo a las progenitoras verdolagas y demostró que en el presente es el papá de todos los equipos colombianos. Por mi parte, guardaré este recuerdo de la era Reinaldo Rueda para contarles a mis hijos que entre 2016 y 2017 el mejor equipo del continente fue colombiano. También resaltaré que ese equipo, por glorioso y exquisito, generaba mucha envidia dentro del folclore de los hinchas del fútbol colombiano, quienes se limitaban, al no tener argumentos, a señalar que los hinchas del verde solo debían ser los paisas. Para ellos van dedicadas estas palabras y de paso les digo que precisamente todas las figuras de la noche: el cerebral Reinaldo Rueda, el malabarista Henríquez, el hechicero Macnelly, San Franco Armani, el corrector Arley Rodríguez, el infalible Dayro Moreno y el bailarín Ibargüen, no nacieron en tierra antioqueña.