Alicia

Imagen tomada de Pixabay

Cómo olvidar aquella vez en que me masturbé leyendo a Jean-Paul Sartre. Mi mente divagaba entre la exacerbación de la lectura y lo volátil que me resultaba el recuerdo de todo lo que había hecho con ella. La última vez que nos vimos la había estimulado metiéndole la boquilla de una botella. Al día siguiente le di, sin querer, el uso natural a lo que antes fue un artefacto de placer, lo que me provocó un vómito con un desenlace casi fatal.

Ella y yo solíamos ser tan sucios como lo permitía nuestra insólita mente. Recuerdo una vez en que, mientras iba conduciendo, empezó a chupármela por puro gusto. Entonces, después de que casi nos matamos, estacioné en una vereda oscura y le levanté la falda tan duro que se la rompí. La penetré por detrás tantas veces hasta hacerla chillar de placer mientras mi semen se escurría por sus piernas hasta encharcarnos dentro del auto, casi ahogándonos, de tanta humedad placentera. Esa vez me lloró pidiéndome que lo volviéramos a hacer mientras se metía mi pene en la boca logrando una milagrosa segunda erección.

El problema, en lo que a mí refiere, es que, aunque no me puedo quejar de lo placentera que me resultaba mi chica, no podía contar con ella más que para alimentar mis apetitos sexuales. Nuestra relación era imposible en asuntos más serios, tales como la convivencia familiar, las peleas conyugales, los consejos y las hipócritas compañías de la cotidianidad. Todo debía terminar en sexo si no queríamos terminar en nada. Es por ello que fornicábamos tanto como lo permitía nuestra condición humana. De día, de noche; a principio, mediados y fin de mes; por delante, por detrás; con la mano, con el pie, con mi pene, con sus gafas; de pie, sentados, acostados, caminando o estáticos y hasta levitando; en la casa, en el auto, en la calle, en el cine, en el campo, en la bañera, en la cocina, ¡hasta en la nevera! Y si nos veíamos, por regla general, debía yo cargar con la caja de condones y ella, usando minifalda sin ropa interior, se preparaba poniéndome su cola en mi cara como pidiéndome que le diera tan duro como pudiera.

Llevarlos al vacío y la soledad me resultó la obra maestra de todo lo que podía extraer de mis insolentes pensamientos húmedos hacia ella. Mi único remedio era clonarla o huir tan pronto vaciara mis testículos. Sucedió lo segundo, y por ello terminé masturbándome mientras leía a Jean-Paul Sartre.

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