Algunas cosas que no dijo Daniel Pennac

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En el cuarto capítulo del libro ‘‘Como una novela’’, el escritor y voz reconocida en el universo de la lectura, Daniel Pennac, comparte una propuesta que, no está de más repetirlo, resultó ser, no solo innovadora en su momento, sino bastante acertada, específicamente en lo relacionado con la figura del lector y el derecho imprescriptible a leer, tema que sigue siendo de gran coyuntura en estos días.

Dicho capítulo, titulado ‘‘El qué se leerá (o los derechos imprescriptibles del lector)’’ enumera y ahonda en 10 derechos que el autor considera fundamentales: 1. El derecho a no leer (el que nos permite períodos de ‘‘dieta’’, para disfrutar otros entretenimientos o intereses sin dejar, como consecuencia de esto, de seguir siendo lectores) 2. El derecho a saltarse páginas (brinda la libertad de leer cualquier texto, con una cierta rapidez, obviando largas descripciones o disquisiciones que irrumpen en medio de la trama). 3. El derecho a no terminar un libro (se erige como un alivio cuando tenemos que aceptar que un libro no nos atrapó lo suficiente como para terminarlo). 4. El derecho a releer (desarrolla un buen hábito -especialmente si se realiza con acompañamiento- ya que no siempre se comprende un texto con solo una lectura). 5. El derecho a leer cualquier cosa (hace que empecemos la lectura de “malas novelas” -especialmente durante la adolescencia- para acceder luego a obras más complejas) 6. El derecho al bovarismo (es ese primer contacto con la obra literaria; la emoción, el sentimiento, la confusión de la imaginación con la realidad y la penetración en un mundo diferente). 7. El derecho a leer en cualquier parte (o sea que no importa dónde, lo importante es “leer”, hasta el punto que la concentración y la abstracción del mundo real, nos haga olvidar bajarnos del tranvía o de cumplir compromisos previamente planeados) 8. El derecho a “picotear” (está relacionado con la falta de tiempo para leer en forma completa un libro, pero nos permite abrirlo en cualquier página y descubrir allí el comienzo de una posterior lectura). 9. El derecho a leer en voz alta (permite dar vida con matices al texto y compartirlo con un grupo). 10. El derecho a guardar silencio (se interpreta el acto de leer como un momento de intimidad del que nadie debe dar explicaciones a nadie) (1).

Si se lee a profundidad el texto, se observa que el autor propone estos derechos para una sociedad de características determinadas, id est, estos derechos resultan funcionales en un contexto social y político particular, en este caso, el del liberalismo ilustrado de Europa, con su conglomerado de revoluciones singulares, paradigmas efímeros y ruinas rescatadas a lo largo de la Historia. Dejando a un lado el hecho de que, si bien Pennac, de nacimiento marroquí, fue criado en África y algunos países del sudeste asiático, pasó su juventud en Niza y desde entonces reside en Francia, en donde estudió y ha escrito la mayor parte de sus libros. Dejando de lado, se repite, la realidad inmediata del autor, también se puede analizar la influencia del contexto Francés, en otra de sus obras más sobresalientes, la saga Malaussène, que retrata la vida de una familia marginal de París. Por este componente de la narrativa de Pennac es que, entonces, resulta natural traer a colación la concepción de Rafael Gutiérrez Girardot respecto a, justamente, el sentido crítico del acto de leer, que propone lo siguiente:

‘‘La crítica es una ciencia de la literatura que consiste en analizar, y más allá de dar una valoración positiva o negativa, tiene como función orientar al lector, dándole a conocer una serie de elementos que le permitan entender mejor la obra, exaltando temas que al momento de la lectura pueden pasar desapercibidos, con lo cual, esta (la crítica) se convierte, a su vez, en un complemento de la obra de cualquier autor’’. (2)

Lo que se pretende, pues, en las líneas que siguen es: 1) desencadenar una lectura crítica sobre la propuesta de Pennac, con el objetivo de cambiar el lente de lectura, aterrizando su teoría al contexto colombiano, o sea, al estado actual de las prácticas de lectura en Colombia para así encontrar algunas diferencias y 2) complementar el texto con tres nuevos derechos que no fueron enunciados por el autor (pero que ampliarían el rango de aplicación del pensamiento de Pennac).

Así, recordando el primer derecho (el derecho a no leer), se puede afirmar que, evidentemente, todo ciudadano tiene el derecho a no leer, siempre y cuando, previamente, se le asegure el derecho a leer, es decir, que tenga qué leer, que los textos estén a su alcance, y no que se deje de leer, infortunadamente, porque no existen los materiales ni los medios para hacerlo (no se habla todavía de leer literatura sino de la capacidad de leer en general, que consiste en descifrar un texto, de realizar el ejercicio cognitivo que permita comunicarse a partir del código escrito). En este sentido hay que agregar que es muy importante, a la hora de tomar la decisión de no leer, saber de qué hablamos cuando hablamos de lectura, solo por citar un ejemplo, tener idea de cuáles son sus exigencias y beneficios; cuáles las consecuencias, o sea, que se tenga una experiencia de lectura previa para que, a partir de ella, salga a flote lo que carece una persona cuando no lee porque, infortunadamente, no sabe cómo hacerlo, ni de qué se trata.

Viene el derecho a saltarse las páginas, a evitar descripciones o disquisiciones que sobran dentro de la trama, sin embargo, si la persona no tiene un hábito lector ¿cómo identificará dichas partes sobrantes, o poco importantes, dentro del texto? Este derecho solo puede exigirse en la medida que se cuente con un lector autónomo y con sentido crítico (citando al propio Pennac), que pueda realizar esas omisiones por cuenta propia y pueda, a su vez, asesorar a otros lectores a omitirlas, porque de no ser así, una persona podría leer la primera página de Cien años de soledad y suponer que esa información ya es suficiente, argumentando, desde su poca experiencia, que solo era importante saber cuándo el Coronel Aureliano Buendía conoció el hielo, y el resto de la novela no tiene valor alguno. Aquí vale plantear la pregunta sobre: ¿qué podría aportar un profesor (o un promotor de lectura) ante esta disyuntiva?

Continúa el derecho a no terminar un libro, al cual, aquí en Colombia, por lo menos en el sistema educativo, se le podría agregar que también es necesario que, al momento de abandonar el libro, con un acompañamiento mínimo por parte del profesor (o mediador de lectura), se reciba la recomendación de otra obra, quizás del mismo género, a lo mejor una totalmente diferente; o que al menos sea posible, con una cantidad básica de opciones, iniciar la búsqueda y selección autónoma de otro título. Pero lo real es que el lector potencial la mayoría de veces no deja el libro porque lo haya encontrado, en su práctica de lectura, como ‘‘no conveniente’’ para sus intereses o indeseado para su paladar literario, si no, al contrario, porque no inició ningún proceso de lectura: se halló sin herramientas para realizarlo, lo cual, lo único que anticipa es que abandonar el libro sea la liberación de una práctica desconocida y que, en adelante, tratará de evitarse. Es como si, en un proceso mental exógeno, al abandonar un solo libro, el posible lector renunciara a toda la práctica de la lectura.

El cuarto es el derecho a releer, ejercicio de extrema necesidad en la actividad académica, cuya práctica es muy escasa en Colombia ya que, para empezar, la mayor parte de la población no lee un libro ni por primera vez, y además, como lo insinúa Pennac, para releer es muy valioso el asesoramiento de alguien, para aclarar dudas, confrontar puntos de vista y hacer conexiones intertextuales, pero tal asesoramiento no se obtiene tan fácilmente (de hecho es muy difícil encontrarlo) porque, así mismo, en este país son muy pocos los que desarrollan una actividad académica constante. Aquí, también, se debe decir que hay muchas falencias respecto al papel de un Promotor de lectura, por ejemplo, que hay muy pocos y también que, tampoco podemos negarlo, muchos de ellos no están –no estamos- suficientemente preparados para asesorar el proceso lector de otras personas.

El quinto es el derecho a leer cualquier cosa, como dice Pennac, citando el caso de la adolescencia: ‘‘una de las grandes alegrías del pedagogo es -cuando está autorizada cualquier lectura- ver a un alumno cerrar solo la puerta de la fábrica best-seller para subir a respirar donde el amigo Balzac’’ lo cual es muy cierto, pero también utópico, pues solo hay que pensar en la oferta y la demanda de la producción editorial: parece que el best-seller se multiplica y se apodera de todo, hasta de los andenes de las calles y las cajas de pago de los centros comerciales. Sin ahondar en la razón mercantil de la industria editorial (esa trama de beneficios económicos tejida sencillamente por eso, beneficios económicos, que esquiva cualquier apreciación del libro o del lector, desde una orilla amplia de la expresión), es innegable que la producción editorial masiva dedica gran parte de su fuerza a responder a la demanda, sin pensar si esa demanda es natural en los lectores o ha sido moldeada (por no decir que inducida, insuflada violentamente) por el contexto político y económico (el neoliberalismo y el capitalismo) y reforzada por el tsunami ascendente de los medios de comunicación (que promulgan, como otrora promulgaron a Dios, el Heroísmo o la Patria, ahora al Sexo libre, al Cuidado de la salud o el Éxito empresarial como fines inexorables de la condición humana) que han reducido a su mínima expresión las manifestaciones de la Humanidad que antes fueron el camino a seguir, como la Educación, la Ciencia, la Libertad. Así mismo renace la cuestión: ¿cómo se forma alguien para dar de leer? ¿De qué se trata ser profesor de lengua (o de español, o de lenguaje, en estos días)? ¿En qué consiste la promoción de lectura? Esta es la cuestión que sigue abierta como un cenicero que recibe las cenizas de todos los cigarrillos, sin importar su fumador. Por el momento releamos a Gabriel García Márquez, quien, en ‘‘La poesía al alcance de los niños’’, concluye: ‘‘En síntesis, un curso de literatura no debería ser mucho más que una buena guía de lecturas. Cualquier otra pretensión no sirve nada más que para asustar a los niños. Creo yo, aquí en la trastienda.’(3)

Aparece luego el derecho a leer en cualquier parte, y sí, está bien que cualquier individuo pueda leer en cualquier lugar que lo circunde, pero es necesario que también existan lugares para ir exclusivamente a leer, punto en el cual es coherente citar a Silvia Castrillón, cuando asegura que:

Hay que darle prioridad a programas que contribuyan en el largo plazo a un mejoramiento de la escuela y de la biblioteca, frente a campañas y planes de sensibilización que resultan superfluas si no se producen transformaciones en estas instituciones (4).

            Porque de no ser así, si no se construyen dichos espacios, este derecho podría convertirse en el escudo protector de cualquier dirigente político para no invertir presupuesto en Escuelas y Bibliotecas, argumentando que son innecesarias, ya que, como se puede leer en cualquier parte, mejor invertir el erario público en las fuerzas militares o en aumento de salario para los congresistas. 

El octavo es el derecho a picotear, y claro, a veces es inevitable leer solo fragmentos, quizás porque existen otros compromisos y el tiempo no alcanza, pero aquí en Colombia hay que tener cuidado con esa frase de ‘‘el tiempo no alcanza’’ porque siempre sobra tiempo para ver la telenovela, ir al bar o revisar las redes sociales. Por ello es necesario no convertir esa frase en una excusa y, mejor, repetir y poner en práctica aquella frase anónima que dice: yo no saco tiempo para leer; yo leo, y saco tiempo para hacer las otras cosas. 

El penúltimo derecho es a leer en voz alta, para lo cual también hay que tener en cuenta varios aspectos, pero solo se traerán a colación los siguientes: es importante tener claro que la lectura en voz alta no es un fin, sino un medio, primero, para formar lectores autónomos, es decir, que aquellos que asisten a una sesión de lectura en voz alta, paulatinamente adquieran el hábito y lean por cuenta propia. Y segundo, que este hábito tiene como objetivo formar seres críticos, pensadores autónomos, que puedan analizar su realidad, entenderla y conocer los mecanismos para intervenir en ella. En conclusión, lo que se busca es otorgar herramientas históricas y políticas para señalar y tratar de corregir las incongruencias sociales que afectan a la mayoría.

Finalmente está el derecho a guardar silencio, el cual es inviolable, es decir, está bien que no se evalúe después de leer, que no se obligue a escribir respecto a lo leído (práctica fatal en el sistema educativo). Sin embargo, retomando lo expuesto en el párrafo anterior, no se pude dejar de preguntar: ¿si lo que se lee no cambia algo dentro del lector, si el libro no le genera nuevas formas de interpretarse a sí mismo, a los demás y al mundo, y en este sentido, no sirve para levantar la voz y cambiar la realidad ¿para que se lee? ¿para pasar el tiempo aunque después de la lectura, en realidad, nada haya pasado, ni dentro del lector ni en su entorno? ¿por diversión se lee, solo por eso? Creo que un lector perspicaz podría ofrecer una respuesta debatible.

Como se observa hasta este punto, al realizar el empalme del texto de Pennac con la realidad colombiana, se puede decir que esta obra, que como se dijo al principio, ha sido tan bien aceptada por los lectores, tiene varios aspectos que se podrían complementar para que funcione más efectivamente en las condiciones de Colombia. Por ello, a partir del análisis realizado anteriormente, se propondrán tres nuevos derechos que no enunció el autor.

  1. El derecho a tener libros al alcance

Este derecho, que trata del acceso a los libros, ya sea comprándolos o usándolos de manera gratuita en Instituciones Educativas y Bibliotecas Públicas, parece darse por sentado en el texto de Pennac. Tal vez, como ya se dijo, la cultura y la economía alcanzaron un nivel de estabilidad tal que –en medio de tanta crisis- tener un libro, o sea, acceder a él, ya sea comprándolo o prestándolo, no constituye un problema, así que tampoco es algo que deba exigirse, porque ya está garantizado, así que cualquiera puede hacerlo.

No obstante, a este lado del Atlántico, las cosas son a otro precio, sobretodo en Colombia. Más allá de estadísticas y repasos históricos, basta con pararse un momento en el presente para identificar los inflados costos de los libros en Colombia, los cuales, entre tantos factores, se deben al alto porcentaje de impuestos que pagamos los colombianos, de los cuales no se escapa la venta de libros (o impuesto a la tinta y el papel, como señala la Ley ). Por ello, aquí, antes de pensar en el acto de leer, hay que pensar en qué hay para leer, en dónde están los libros.

Afortunadamente el Ministerio de Cultura, a través del PNLE, se dio cuenta de ello, tal como lo manifiesta el siguiente párrafo:

En algunos planes anteriores de lectura se desarrollaba una campaña de comunicaciones o de publicidad para motivar la lectura, pero el acceso a los libros era limitado y apenas se hacía algo para cambiarlo. Había muy pocas y en general pobres bibliotecas escolares, un alto número de centros urbanos sin bibliotecas públicas y cuando existían tenían una dotación reducida y sin actualizar. Por eso Leer es mi cuento se propuso como primer paso poner más y mejores libros al alcance de la población (5).

Pero, pese a este Plan, aún no se ha podido cantar victoria ya que, por un lado, hoy día sigue siendo difícil comprar un libro, porque los impuestos siguen subiendo, y el salario apenas alcanza para el mercado. Y, por otra parte, los esfuerzos públicos por asegurar el acceso a los libros se ven cortapisados por tantos factores, que solo se enumerarán unos cuantos, como los desastres naturales (que dañan bibliotecas y mojan las colecciones), la falta de compromiso de las administraciones locales (que no contratan bibliotecarios para atender al público, dejando los libros arrumados, o si los contratan, no les brindan el apoyo adecuado) y la falta de preparación de los bibliotecarios (que están dentro de la biblioteca pero carecen de formación lectora seria, por lo cual, también se les hace muy difícil promover la lectura con la comunidad).

            Por todo lo anterior, pese a que son años los que lleva el Plan en funcionamiento, aquí no se permite ningún descuido, porque el acceso total no está asegurado, ni es estable, sino que, por el contrario, ante cualquier inconveniente, los logros alcanzados hasta hoy pueden disolverse en un instante.

  1. El derecho a un asesoramiento constante

Una vez asegurado (o casi asegurado) el acceso a los libros, se puede profundizar en el Acto de leer. En los derechos según Pennac, hay un factor que los atañe a todos de manera transversal, y es el ‘‘asesoramiento’’.  Porque es impensable que una comunidad que se ha acostumbrado a esquivar la práctica de la lectura, que no la ha vuelto un hábito cotidiano, va a despertar una mañana cualquiera y, sin ningún motivo, empezará a usar aquellos conocimientos que esperan entre los libros. Pero Pennac no profundiza mucho sobre este punto, tal vez, una vez más, porque la sociedad europea no es como la suramericana, y menos como la colombiana, que viene desdeñando el poder de la lectura desde hace muchos años, tal vez porque nunca lo ha descubierto, tal vez, porque nunca ha tenido una verdadera identidad con la cultura escrita.  

Por eso es que aquí es necesario crear este derecho y exigirlo. El Plan nacional de lectura Leer es mi cuento, lo demuestra: Bibliotecas Públicas con excelente infraestructura y múltiples colecciones bibliográficas a las que entran dos personas al día, o entra un alto número de público, pero a usar los computadores, mientras los libros permanecen intactos. Bibliotecarios con pasión y compromiso que no generan los procesos deseados porque no tienen un bagaje lector, porque no saben cómo incentivar a los demás, porque no conocen los secretos del universo de los libros. Comunidades que se movilizan alrededor de la lectura, solo mientras existe un promotor de lectura, porque después todo queda en el aire (o comunidades que se movilizan alrededor de la lectura gracias a su bibliotecario, pero también quedan en el aire cuando a este se le acaba el contrato).

De lo que se desencadena una necesidad prioritaria para estos tiempos: crear más diplomados, más capacitaciones, más Encuentros, más proyectos de investigación, más apoyo para nuevas propuestas, incluso más programas universitarios con eje en la Lectura desde una nueva perspectiva, que sean de fácil acceso y permitan a las personas interesadas en el tema, formarse de manera seria, profunda, en las estrategias, las metodologías, las propuestas de investigación, en el uso de la lúdica, todo con un sustento pedagógico, teórico y práctico para que, primero, adquieran ellos mismos el hábito y se vuelvan lectores autónomos, y segundo, para que puedan en esa medida, también, dar a conocer a los demás los beneficios, las necesidades, los riesgos y los usos del libro en los tiempos que corren.

Solo así se podría generar el efecto bola de nieve, en el que un lector autónomo y crítico puede acompañar la transformación de un no-lector, hasta que este se vuelva un lector autónomo que, a su vez, pueda acompañar a otra persona en la adquisición del hábito de lectura.

  1. El derecho a escribir

¿El derecho a escribir? En este caso: sí, porque si la lectura se erige como una acción que forma individuos activos en la vida de su sociedad, entonces es necesario para todo aquel que lee, saber escribir, y hacerlo, ya que la escritura, a su vez, es un medio de participación ciudadana que se ejerce, por ejemplo, al redactar un derecho de petición, imponer una tutela, publicar un artículo de opinión, escribir un ensayo, etc.

Así mismo, y en un plano más general, escribir es un medio de comunicación que exige, al mismo tiempo que desarrolla, ciertas aptitudes como la argumentación, el análisis de ideas opuestas, así como la creación y expresión de ideas propias porque, muy particularmente, la escritura exige sentar una posición, manifestar uno o varios puntos de vista claros, precisos, con lo cual el escritor (todavía no el escritor como artista) se reconoce a sí mismo como individuo e identifica sus diferencias con los demás, con quienes tendrá que relacionarse, entrar en debate, oponerse, llegar a acuerdos o trabajar en conjunto, de manera dialéctica, en la esfera de los libros y las ideas, sin la necesidad imperante (o como única alternativa) de utilizar las medidas de hecho.

Por último, no se puede dejar de mencionar el poder de la escritura como  herramienta artística, específicamente, como medio para la creación literaria. Como expresa Antonio Cándido, justamente, en ese gran texto titulado ‘‘El derecho a la literatura’’:

‘‘Al tratar la literatura como un derecho humano, poniéndola al lado de la libertad, de la alimentación, de la protección y de la igualdad, el lector demuestra, con consideraciones objetivas, la importancia de esa experiencia en la formación del carácter humano. Analiza los fragmentos de un poema y constata el poder de organización mental que este ejerce sobre el individuo, en virtud de la masa semántica y sonora sobre el pensamiento y el intelecto. Allí están, entre otros predicados del ser humano, los movimientos interiores a los que estamos sujetos y que, distinguiéndonos de los demás animales, nos permiten el albedrío sobre nuestros actos, limitando la acción de los instintos, poniendo orden a las pasiones’’(6)

            Con esto se puede afirmar, pues, que la escritura es el complemento de la práctica de la lectura ya que, si la lectura sensibiliza al lector sobre su realidad (externa e interna), la escritura es uno de los medios que tiene el lector para intervenir en ella, como si se dijera que aquel que lee, escribe, si no, está leyendo a medias. La escritura, gracias a su complejidad, es finalmente uno de los más grandes logros, gracias al cual, la humanidad ha llegado a ser, positiva o negativamente, lo que es en este momento, lo que quiere decir que, así como ha sido creadora de confusiones, conflictos y muertes, también  es el medio para resarcirlos, como ya lo insinuó Fausto, la escritura es un medio para que la humanidad siga luchando sin descanso por una altísima existencia (8).

            A modo de conclusión:

  • Luego de leer detenidamente el texto de Daniel Pennac desde el contexto colombiano, se hace evidente que, al  referirnos al universo de la lectura, no se puede pensar solo en la relación entre el texto y el lector, sino que es necesario tener en cuenta el factor político, cultural y socio-económico de la sociedad, y sus efectos (en algunos casos positivos, pero en su gran mayoría adversos) sobre la práctica de la lectura.
  • Sin embargo, no se debe tomar lo anterior como motivo para claudicar ante la problemática, sino que es, precisamente, esa complejidad tan particular de la sociedad, la que abre un campo de infinitas posibilidades para el desarrollo de nuevas interpretaciones, propuestas, interrogaciones que apunten, paulatina y eficazmente, a construir Una sociedad de lectores auténtica, en función de las reales necesidades y gustos de la sociedad, y no como resultado de una serie de imposiciones provenientes del exterior.

BIBLIOGRAFÍA:

  1. PENNAC, D. ‘‘Como una novela’’, Editorial Norma, 2006.
  2. GUTIÉRREZ GIRARDOT, R. ‘‘El modernismo: supuestos históricos y culturales’’, Fondo de Cultura Económica, 2004 – P. 17.
  3. GARCÍA MÁRQUEZ, G. ‘‘La poesía al alcance de los niños’’, tomado de: https://elpais.com/diario/1981/01/27/opinion/349398006_850215.html - 10:43 p.m – 19/11/2017
  4. CASTRILLÓN, S. ‘‘El derecho a leer y escribir’’ P. 4
  5. Gobierno Nacional de Colombia - ‘‘Texto expositivo del Plan Nacional de Lectura y Escritura’’, p. 1.
  6. CANDIDO, A. – ‘‘El derecho a la Literatura’’, Editorial Babel, 2013 – P.25
  7. GOETHE, W. – ‘‘Fausto’’, Alianza Editorial, 2002 – P. 86.

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA:

  1. http://www.semana.com/cultura/articulo/reforma-tributaria-precios-de-libros-podrian-aumentar/499923
  2. http://www.elcolombiano.com/cultura/literatura/lea-esto-si-usted-cree-que-los-libros-son-muy-costosos-GM3394118
  3. http://www.elespectador.com/opinion/si-colombia-lee-los-politicos-tiembl...
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