ALGO MÁS ESTÁ CAMBIANDO DURANTE LA CUARENTENA

El 13 de marzo de este año, el periódico El país publicó una entrevista virtual realizada al escritor Alessandro Baricco. En ella el escritor, confinado con su familia en Turín, expresó a través de una video-llamada varias observaciones respecto a lo que, según él, serían los efectos de la pandemia. Entre la depresión que padecerá la humanidad por el paro de la industria del espectáculo o la involución hacia tareas cotidianas más rudimentarias, una de las ideas expuestas por el autor de Seda es que el aislamiento obligatorio se va a convertir, para los intelectuales y académicos, en una especie de ‘‘fiesta’’ o ‘‘momento mágico’’, pues lo que está sucediendo cambia las antiguas formas de vida y, en este sentido, tendrían que surgir las diferentes críticas y reflexiones sobre la condición humana tal como la conocíamos hasta el momento; algo como un modelo de revisión mundial de dónde nos encontrábamos y hacia dónde nos dirigíamos como especie. En efecto, un par de días más tarde, la diáspora de voces empezó a surgir alrededor del planeta.

En Estados Unidos, por ejemplo, Judith Butler publicó ‘‘El capitalismo tiene sus límites’’, texto en el que la filósofa, preguntándose por nuestra mortalidad, asegura que el virus no discrimina, no establece diferencias de raza, de credo o de clases sociales. Es decir, el virus pone a los hombres en el mismo nivel de fragilidad puesto que todos pueden sucumbir ante él. De allí que la autora considere injustificable, pese a esta igualdad ante la muerte, que una reducida parte de la población cuente con un sistema de salud que la protege de la pandemia, dejando a la mayoría en desigualdad de condiciones y expuesta ante un destino inevitable: mientras algunos contarán con la suerte de un respirador artificial, muchos otros morirán esperando en una camilla. Entonces Butler, en un tono de proyección positiva, concluye que, en lo que dure la pandemia, la humanidad reavivará el ‘‘deseo de una igualdad radical’’ que permita, en un futuro cercano, producir cambios estructurales en los sistemas de salud y seguridad social de los Estados Unidos. Así se alcanzará el ideal de, no solo ser iguales para la muerte, sino también iguales ante las posibilidades de vida.  

Desde los países asiáticos tampoco se han hecho esperar las posiciones al respecto. Se han realizado comparaciones entre los países europeos y los de Asia. En ellas sale a flote cómo, en estos últimos, la tecnología ha sido un factor determinante a la hora de enfrentar la pandemia. Gracias a las cámaras de reconocimiento facial, a los drones, a los medidores de temperatura corporal y al control total de los datos (big data) por parte del Estado, se ha podido exhortar -por no decir que someter- a los ciudadanos a que acaten la cuarentena. En algunos países esta vigilancia digital se realiza con el envío de un SMS que localiza a las personas que han tenido contacto con infectados e informa acerca de los lugares donde ha habido otras personas contagiadas. Así, quien se aproxima a un edificio en el que estuvo un infectado recibe una señal de alarma pues todos los lugares infectados están registrados en una aplicación. No obstante, como se puede leer en el texto ‘‘La pandemia viral y el mundo del mañana’’ del coreano Byung-Chul Han, no siempre el papel de la tecnología resultará satisfactorio, ni para asiáticos ni para europeos. Por ejemplo, como reacción al Covid-19 queda manifiesto que la humanidad, concentrada durante las últimas décadas en crear y combatir virus digitales, se encuentra ahora conmocionada, atrapada en el mundo virtual que ella misma ha creado, mientras echa de menos ese mundo análogo al que antes daba la espalda y que ahora se le presenta como una amenaza. Superada por su propio entorno natural, concluye el autor de La agonía del Eros desde una perspectiva fatalista, la humanidad en general se encamina hacia a un Feudalismo digital en el que muchas libertades se van a restringir y al que va a costar bastante tiempo adaptarse.

En América Latina también se han manifestado ciertas actitudes frente al problema. Por citar alguna, está el de la argentina Mariana Enríquez quien, en el texto ‘‘Ansiedad’’, comparte el estado de angustia en que se ha sumido por causa de la pandemia. La autora de Las cosas que perdimos en el fuego, dice que, por su parte, se niega a colaborar en la discusión pública pues, a diferencia de lo presupuesto por Baricco, pensar se le ha vuelto un ejercicio neblinoso, pesado, del que sale sin poder ver nada, apenas con una desorientación absoluta. Refiriéndose a su país, expresa que no puede leer -a menos que sea para su trabajo a distancia- ni tampoco ver películas -a menos que traten de algo ajeno a lo que está sucediendo-. Su prioridad, entonces, es comprobar que no se enferme ningún ser querido y, de esta forma, termina siendo incapaz de interpretar el momento, de responder a ninguna pregunta. Como estar en un rincón, de rodillas, esperando que esto pase, se vaya, se apague, concluye la escritora.

De un modo más particular, en Colombia se han levantado varias voces que, luego del ejercicio de pensar -ese que se le ha nublado a Mariana Enríquez durante la cuarentena-, invitan al país a centrar su atención sobre aspectos fundamentales de la vida cotidiana. Una muestra de ello es ‘‘Pandemia y cambio económico y social’’, artículo escrito por el profesor y político Jorge Robledo. En él se arguye que el impacto mortal del virus dependerá de los modelos económicos de cada país, pues a partir de ellos se asignará el dinero -o no- con el que cada Estado va a resguardar -o no- a sus ciudadanos. Continúa el senador argumentando que, teniendo Colombia un modelo económico neoliberal basado en la extracción de petróleo, cuya prioridad es la estimulación del sector financiero, el fortalecimiento de la seguridad y el sostenimiento del modelo mismo (pago de salarios, sistemas de seguridad, corrupción sin castigo), pues el país tiene una deuda centenaria en la inversión en educación, en ciencia y en la consolidación de un fondo para la atención social lo cual, infortunadamente, deja al ciudadano del común sin ninguna protección por parte del Estado. Así, pues, concluye Robledo, la crisis del Coronavirus debe estimular a los colombianos a unirnos en el propósito de construir un país más próspero con un modelo económico diferente.

Sin embargo, algo más está cambiando durante la cuarentena, se trata de un elemento fundamental en la concepción de lo humano, que a veces pasa desapercibido y en el que enfocaremos el lente a continuación. Nos referimos, sin más ambages, a la palabra tanto oral como escrita.

En ‘‘El silencio de los libros’’, George Steiner recuerda que los días en que el espacio público y el encuentro con el otro eran indispensables para la palabra, han quedado atrás. Desde que aprendió a escribir, la humanidad no necesita la presencia cercana de su interlocutor. Luego las tecnologías de la comunicación, desde el teléfono hasta las redes sociales de hoy, han transformado la oralidad en un organismo cambiante y polisémico: los límites de lo verídico cada día se hacen más imperceptibles. Sin embargo, hasta la aparición del Covid-19, el mundo real, físico tenía sus puertas abiertas: los bares, las universidades y los conciertos estaban a la espera, en ese sentido, la virtualidad funcionaba como un complemento, es decir, seguía siendo una posibilidad, algo a lo que uno tomaba la decisión de entrar o de salir, de utilizar o no. Entonces el uso de la palabra en lo público era, al mismo tiempo, de forma física y virtual. Pero esa ambivalencia se ha trocado en la cuarentena y quedamos con una comunicación absolutamente mediada por el instrumento, lo mismo por la distancia que por el aparataje a veces contradictorio de la tecnología. Y es dentro de estas nuevas fronteras que aparecen otras alteraciones en el acto de comunicarnos.

Eyectados momentáneamente hacia la intermediación digital, cedemos bastante en la confidencialidad de nuestras conversaciones, como si se pusiera bajo observación constante la libertad de expresión. Cada palabra que se escribe o que se pronuncia queda en manos de las plataformas a través de las cuales nos comunicamos. Hasta el funcionamiento del Estado se ve mediado por estas aplicaciones (los debates del congreso, el sistema educativo, los medios de información). En Inglaterra, justamente por este motivo, el Centro Nacional de Ciberseguridad ha fortalecido la vigilancia sobre estas plataformas. En Nueva York, la Fiscal General también ha iniciado una revisión judicial de las prácticas de seguridad de algunas de estas aplicaciones. Pues han salido a la luz los riesgos que representa el uso de estos programas: a través de una video-llamada pueden monitorear las actividades recientes de los participantes, se adquiere acceso a todas las conversaciones realizadas anteriormente, se identifica con facilidad el sistema operativo de los equipos, se conocen las direcciones IP, los datos de localización y la información personal. La palabra, entonces, se intensifica como pieza de cambio; ahora más que nunca, aunque la mayoría lo pase por alto, la palabra se torna clave en la defensa de nuestra seguridad: hace de llave o de cerradura en nuestra relación con el mundo virtual.

En consecuencia, la palabra se enfrenta a una serie de exigencias que antes no conocíamos y frente las cuales, como recomiendan las mismas aplicaciones, solo podemos estar actualizados: hay que descargar constantemente la última versión de los programas, liberar cada vez más espacio para mensajes nuevos, mantener libre de virus el computador -o el celular-, aumentar la capacidad de conectividad, en fin…El uso de la palabra, en tiempos de cuarentena, se erige como un privilegio y no como un derecho universal: solo quienes tengan el poder económico para adquirir las herramientas que exige la mediación digital, podrán entrar en esta nueva esfera de lo público-virtual. Es decir, la capacidad de hablar -o escribir- y ser escuchado -o leído- de cualquier ciudadano depende directamente de su conectividad a la red. *

Por otra parte, también se agudizarán los síntomas más superficiales en el uso de la palabra bajo estas condiciones. Es probable que, por ejemplo, se intensifiquen aquellos bucles existenciales de la virtualidad en los que podíamos ‘‘entablar conversaciones’’ con personas que no existen o que no son lo que dicen ser (perfiles falsos). Así mismo, la necesidad de la repetición de todos los discursos se hará imperante debido a alto promedio de interrupciones (pérdidas de conectividad) que se padecen en la red. También late más que nunca la posibilidad de que cualquier palabra se extravíe tras la indiferencia de un micrófono silenciado, de una cámara apagada, de un falso estado on-line de un interlocutor que no nos está escuchando o, al contrario, al que nosotros ignoramos. De igual manera es probable que las fake news lleguen a unos niveles de influencia pública hasta ahora insospechados. En síntesis, se profundizará el riesgo de volver la palabra obsoleta, pues se la va vaciando de significado, se la desprende de su referencia con el mundo real, lo que la transforma de forma limitante en un artilugio, en un eco perdido frente a la pantalla del computador.

Pero lo más preocupante está por venir, y tiene que ver con los efectos que esto dejará en la forma de usar la palabra después de la pandemia. ¿Volveremos a hablar sin miedo de que se caiga la conexión? ¿Cuánto necesitaremos de la mediación tecnológica -para compartir de inmediato una foto, un enlace, una canción-? ¿Todavía sabremos escuchar con atención al otro? ¿Podremos disminuir este nivel de sistematización? ¿Echaremos de menos la opción de silenciar el micrófono; de apagar la cámara? ¿Nos apartaremos nuevamente de las plataformas, de las actualizaciones, de los horarios, de los controles? O, por el contrario, ¿se cumplirá lo que afirma el filósofo Darío Stajnszrajber: que en algún momento la pandemia menguará, pero esas formas de vinculación con el otro van a quedarse? Es decir, ¿la pandemia nunca terminará de verdad porque ya posibilitó que esta forma policíaca de vínculo con el otro se haya puesto en la superficie?

De esta manera, como lo previó Baricco, se esbozan algunas manifestaciones del pensamiento contemporáneo a nivel mundial. Con Butler, por ejemplo, el objeto de la reflexión es la incapacidad de los sistemas de salud para atender grandes poblaciones como la de Estados Unidos. Con Byung-Chul Han el análisis se centra en el papel -de liberación o dominación- que juega y jugará la tecnología durante y después de la pandemia, tanto en Europa como en los países asiáticos. Por otra parte, con Mariana Enríquez la cuestión está en la incertidumbre, en la renuncia a hallar una respuesta, en fin, en el miedo que obliga a preocuparnos solo por necesidades vitales como no enfermar y sobrevivir. Y en Colombia, con el artículo de Robledo, el debate se enfoca en el modelo económico neoliberal, del cual dependerá el impacto social que pueda tener -o no- el virus dentro del país.

Además, habrá que esperar para descubrir cuánto de la mediación, la organización y la vigilancia, que se fortalecieron durante la cuarentena, modelarán nuestro uso de la palabra cuando podamos reunirnos. Por ahora, volviendo a Baricco, solo nos resta esperar que el momento mágico o la fiesta del pensamiento nunca termine y podamos, en ese entonces, seguir celebrando mientras buscamos una respuesta.

 


* Nota: En este sentido vale la pena preguntarse si este espacio público-virtual es realmente un ‘‘espacio público’’, sobre todo si se tiene en cuenta la concepción de Hannah Arendt quien, en ‘‘La libertad de ser libres’’, se refiere a lo público como un espacio o campo ubicado en el tiempo en el que circula información de interés general, la cual tiene un impacto potencial en la vida de la comunidad. O sea, vale la pena observar si en los espacios virtuales a través de los cuales usamos palabra, están circulando los temas de interés común y si, más precisamente, a través de estos espacios los ciudadanos pueden intervenir en la toma de decisiones sobre los temas que atañen a la comunidad.

 

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