Ahora las masacres serán de goles

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Utilizar el lenguaje de la guerra en el ámbito futbolístico no es una ofensa a la memoria del dolor que nos ha tocado sobrellevar en nuestra patria.

 

Se vale soñar. Gracias a los acuerdos alcanzados entre los negociadores del gobierno y las Farc, Colombia vive un momento histórico en la solución de un conflicto que ya se cansó de desangrar al país. Los guerrilleros rasos (campesinos colombianos) y los soldados rasos (campesinos colombianos) se han cansado de matarse y acumular cadáveres por montón, mientras sus líderes hablan de una guerra en la que no combaten. El presidente Juan Manuel Santos está optimista, mientras que Timochenko afirma que falta “mucho pelo pa’l moño”. Lo cierto es que nunca antes hemos estado tan cerca de silenciar los fusiles.

El contexto permite soñar con un futuro en el que los fusiles se callen y griten los hinchas. Con la finalización del conflicto, los bombardeos se darán en las áreas de las porterías de fútbol. Los misiles serán zapatazos imposibles de detener. Las víctimas serán los arqueros y las defensas que sufrirán ante el talento de los adversarios. Los heridos de guerra serán los lesionados que dejan el alma en cada batalla por el balón. Los combates serán futbolísticos.

Los estrategas de guerra serán Leonel Álvarez, Alexis Mendoza, Reinaldo Rueda, Jaime de la Pava y demás diseñadores de la táctica de batalla. Habrá ayuda extranjera, ya no con bases norteamericanas y soldados que violan campesinas, sino con José Pékerman y su cuerpo técnico, que nos harán soñar con el triunfo en las guerras futbolísticas internacionales.  

Los campos de batalla serán los estadios de fútbol. Allí la memoria histórica se construirá con combates que ya no recuerden el dolor de Bojayá o El Salado, sino que rememoren “La noche de Rincón ante Alemania en el Giuseppe Meazza” o “El día de James ante Uruguay en el Maracaná”. Además, las masacres solo se perpetrarán con goles, como nos sucedió en Londrina donde Brasil nos masacró con nueve balazos. Pero no hubo ningún muerto, quizá una víctima: Javier Álvarez no pudo volver a dirigir al más alto nivel. Lo positivo de estos conflictos es que por mucho que se extiendan, que se sude, que se luche y que se llore, no superarán la tanda de penales, en la que los fusilados, los porteros, no morirán. A lo sumo quedarán inermes, pero saldrán vivos de la derrota.  

Utilizar el lenguaje de la guerra en el ámbito futbolístico no es una ofensa a la memoria del dolor que nos ha tocado sobrellevar en nuestra patria. Todo lo contrario, y para decirlo con un término del último tiempo de negociaciones, es implementar el “desescalamiento” del significado doloroso que cargan las palabras masacre, misil, fusilado, etc. El fútbol, quizá, no solucione los problemas más graves de Colombia, pero es un universo de posibilidades donde las tragedias del campo muy pocas veces producen muertos. No faltará el aguafiestas que recuerde a los vándalos que se hacen llamar hinchas y no son más que criminales con camisetas de los equipos, pero eso no es el fútbol, eso es otro problema social que hay que atender con mecanismos diferentes a los de las batallas once contra once.

Del mismo modo, vale la pena acotar que un triunfo de la Selección Colombia no arregla nada, un balazo de James al ángulo no da agua a los niños de la Guajira. Un misil desviado por Ospina no salva al país de la corrupción. Una charla de 15 minutos de Pékerman no hará que Petro reduzca sus discursos de horas, a minutos. Y el grado de Mario Alberto Yepes como director técnico no se podrá convalidar como doctorado para Peñalosa. A la par, si Fabra y Arias se duermen en pleno combate, como contra Chile, y Ospina recibe dos pepazos a quemarropa, los problemas seguirán allí. Ganar en el fútbol no soluciona nada, pero entrega alegría. ¿Y adivinen qué pasa si perdemos? Seguimos en las mismas, pero con una dosis más de amargura.

Falta “mucho pelo pa’l moño”. Falta que las Farc cumplan lo pactado y que el gobierno, una vez entregados los fusiles, no masacre a los combatientes que le apostaron a la paz, como lo hicieron con Rafael Uribe Uribe, Guadalupe Salcedo, Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo, Manuel Cepeda y los miles de militantes de la Unión Patriótica que confiaron en silenciar los fusiles y combatir desde las urnas. Pero sin el país desangrándose en una guerra absurda, compleja y vieja, se vale soñar con que los balazos y disparos sean solo goles.

*Foto tomada de Reuters