¿Zona de confort?

Para algunos, los docentes estamos en una zona de confort desde que inició la pandemia. Yo, la verdad, no sé a qué se refieren. ¿Hablan acaso de las ventajas de estar confinados en espacios reducidos con cónyuges e hijos? ¿Hablan del incremento en las tarifas de la luz y en el cambio de plan de internet para llevar a cabo las labores académicas? ¿Hablan de los dolores de espalda por estar horas y horas en la misma posición? Ah, no. Ya sé: hablan del privilegio de dictar clase desde nuestras casas. Claro: como nosotros nos inventamos el Covid, como los riesgos psicológicos solo los están padeciendo los estudiantes, como estamos haciendo hasta lo imposible para que no haya vacunas… Sinceramente, algunos creen que los docentes estamos en un verano eterno que no queremos que termine nunca. Como a nosotros los vecinos no nos hacen ruido, como somos inmunes a la enfermedad. Y, además, como es tan cómodo someterse a un pico y cédula, estar todo el día frente a un computador dando clase, corrigiendo trabajos y subiendo notas… Como es tan humano llevar más de un año sin ver a nuestros amigos, usar tapabocas y saludar a dos metros de distancia…
    No sé en qué momento pasamos de ser esos “profesionales pisoteados e ignorados por un gobierno Neoliberal que no le apuesta a la educación” (el discurso de las asambleas) a ser esos “profesionales cómodos en su zona de confort que no quieren renunciar a sus privilegios”, un argumento tan cercano a la derecha que, por eso mismo, parece inconcebible en boca de unos jóvenes que se hacen llamar progresistas.
    Efectivamente, estamos dictando clase desde nuestras casas, tirados en un sofá y en pijama, porque no hay otra manera de soportar una jornada de cuatro horas de clase. Estamos, como ustedes también lo están, levantándonos tarde y ahorrándonos el suplicio de viajar en Metrolínea. Estamos desayunando entre clases y descansando entre sesión y sesión, con la ventaja de tener la cama a pocos metros de distancia. Estamos cómodos de tener nuestros baños, y no los de la universidad, cerca y siempre limpios. Estamos cómodos de tener café a la mano para continuar con las labores. ¿Eso son los “privilegios” que nos critican? ¿Esa es la zona de confort que tanto les molesta? ¿No es acaso lo mínimo que necesitamos? ¿No luchamos siempre por eso? ¿Por qué, entonces, criticamos cuando alguien lo consigue?
    Repito: esa “zona de confort” no la impusimos nosotros. Es producto de una pandemia que sorprendió al mundo entero. Hemos tenido que adecuar nuestros hogares para que funcionen como aulas de clase. Por ello, estamos tratando de hacer de este espacio el más cómodo y ameno. ¿Hay algún problema con eso?
    Quienes afirman que estamos en una zona de confort nos piden volver a la universidad, aun cuando se avecina un tercer pico de la pandemia, hay cepas más letales y la ocupación de camas UCI en el departamento y el país es preocupante. Aun así, nos piden renunciar a nuestros “privilegios” y afrontar la modalidad híbrida. Como si vivir con lo básico, después de haber hecho una carrera y un posgrado, fuese un lujo imperdonable. Como si estuviésemos ansiosos de enfermarnos e infectar a nuestros familiares. De los mismos creadores de “Petro no puede ponerse un par de zapatos Ferragamo porque es un político de izquierda” llega la película “Los profesores están dictando clase desde sus casas y están ahorrando dinero”. Como si en medio de la pandemia eso fuese un lujo. Como si todo el mundo no hiciera lo posible por economizar al máximo. Como si esa frase no escondiera una actitud tan derechista que, por eso mismo, resulta tan grosera cuando la pronuncia alguien que dice buscar el bienestar común.

Volver a las aulas, en medio de una pandemia que no ha terminado, y con un programa de vacunación que no alcanza el 2% de la población, es un acto irresponsable con la sociedad en que vivimos. Un solo contagiado puede enfermar a muchas personas, y el gasto social y psicológico lo tenemos que pagar todos. Quedarse en casa y dictar clase desde un sofá no es un privilegio: es un acto de responsabilidad y de respeto. Que sea la universidad la que critique tal decisión no deja de ser preocupante, pues uno esperaría de ella actitudes reflexivas y científicas. Pero preocupa más que esa “zona de confort” sea criticada por los estudiantes, pues tales argumentos suelen venir siempre de los políticos de derecha, los mismos que dicen que el salario mínimo es muy alto y que los millonarios que ganan $2’500.000 deben declarar renta porque hacen parte de la elite de este país. 
Que ahora ese argumento venga de labios de quienes están llamados a hacer las cosas de un modo distinto no deja de ser vergonzoso.

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