¿Quién es él? ¿o ellos?

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Ellos, los que pasean por los pasillos llenos de esculturas exhibiéndose con decoro, pronunciando repetidamente sus plegarias al que todo lo puede, el que todo lo ve, todo lo sabe y es absolutamente bueno. Aquellos que portan túnicas impecables, los que nunca llevan en sus manos, sino en la punta de su lengua, las enseñanzas que él, su Dios, les encomienda; los que pronuncian el nombre divino para justificar cuantos salvajismos se les vienen en gana; los hipócritas que dan la bienvenida a la ironía. Podría decirse que, las características que hacen de Dios lo que este es, solo las podría poseer un ser supremo. No obstante, estos puritanos se han encargado de atribuirse estas virtudes divinas: la omnipotencia, omnipresencia, omnisciencia y omnibenevolencia.

La omnipotencia es aquella virtud del que todo lo puede o, en este caso, del que tiene el poderío para hacer lo que quiera. Con relación a lo anterior, cabe resaltar la historia que ha concebido la visión del aborto desde el ojo conservador de la iglesia. Desde sus inicios, el catolicismo ha discriminado a las mujeres que se practican el aborto, tildándolas de asesinas, marginándolas ante la sociedad mientras les niegan rotundamente el “perdón de Dios”. Sin embargo, por mucho tiempo y en secreto, la iglesia habría otorgado a varias princesas su consentimiento para abortar, eximiéndolas de pasar por las infernales miradas de la sociedad.  ¿Acaso Dios les había concedido una licencia divina para abortar? ¿Sería por su posición política? ¿desde cuando Dios admitía ser sobornado?

 En torno a la omnipresencia, la iglesia ha tenido gran participación en varios ámbitos de la vida humana. Desde tiempos remotos ha intervenido en la historia, por ejemplo; en el proceso de colonización de América Latina, convenciendo a los indígenas que allí residían de asumir la fe católica para, de esta manera, esclavizarlos.  Del mismo modo, ha tenido cabida en la educación y las costumbres de la gente; ha sido fundamento de varias leyes y políticas; ha forjado la convicción de millones de personas en el planeta; y participado en cuestiones económicas internacionales. Es así como la religión ha logrado, al igual que Dios, poseer la facultad de abarcarlo todo, aunque en esto trajera consigo cosas que podrían considerarse fuera de la moral católico-cristiana.

Por otro lado, en cuestiones de omnisciencia, es decir, saberlo todo; la iglesia ha logrado acceder a conocimientos que nadie más tiene, hasta el punto de ocultarle a la humanidad su propia historia o partes fundamentales de esta. No solo ha llegado a este punto, sino que también ha actuado para predecir o más bien determinar el porvenir; la iglesia sabe cómo van a actuar sus seguidores, cómo piensan respecto a su criterio prestablecido por esta misma, a qué son sensibles, etc. En la edad media, los pertenecientes al clero se anticipaban a todo aquel que quisiera retar sus leyes o normas morales, asesinando y torturando a quienes se interpusieran en su camino. De forma que, de sus manos y en nombre del divino, se asesinaron hombres, mujeres y niños; se torturó a todo el que tenía la desfachatez de ir en contra de ellos, sangre corría si alguien tenía la osadía de retar la omnisciencia de la iglesia. ¿Quiénes se creían para hacer uso de la lógica? ¿De donde sacaron el cuento de pensar diferente? ¿Cómo se atrevían a conocer más allá de las imágenes que la iglesia ponía frente a sus ojos y a pronunciar discursos ajenos a los que la misma había diseñado para sus bocas?

Generalmente, la iglesia ha usado de manera no tan buena las anteriores virtudes, pero, aguarden un momento… Se me viene a la mente la última facultad divina; la omnibenevolencia, esta facultad es incorruptible, ¿cómo llegar a ser malo siendo absolutamente bueno? En definitiva, la iglesia ha sabido usar toda su bondad, toda su compasión por la humanidad, toda su sensibilidad para con el prójimo. Prueba de lo anterior es el hecho de que casi todos los días ofrezcan condolencias a la pobreza, la hambruna y la desdicha de tantísimos. Los pobres tan pobrecitos, que ya no tienen lágrimas para llorar, pues estas deben beberlas para saciar su sed; los desnutridos tan desnutridos, que el único trozo de carne que pasa por sus ojos es el de sus semejantes; los desdichados cuya desdicha es no tener un techo más que el cielo, que se bañan con la poca lluvia que casi nunca cae, que dejan ir su condición humana para convertirse en una presa más de algún carroñero andante. Todos los que se contemplan en mis anteriores palabras, por todos ellos, los buenísimos miembros de la iglesia, del más alto cargo hasta el más minúsculo, desde su trono el papa y desde la mesa surtida con un gran banquete para todo el clero, porque nada como orar cómodamente, alzan sus plegarias para pedir su salvación, pero esta nunca se materializa. ¿Acaso es invisible como Dios? Ahora pienso, ¿Qué pasaría si los desdichados viesen la importancia que tienen ante la iglesia en los medios de comunicación? Claro, si es que alguno tiene televisor o al menos electricidad para conectar uno. Seguro que estarían agradecidos por llevarlos en sus oraciones, tanto así, que esto sería suficiente para acabar con sus penurias. Por tanto, se erradicaría su hambre, estarían bien hidratados por toda la saliva que gastan los miembros de la iglesia en sus oraciones, se cobijarían bajo el manto divino, pero no tan cómodo como en el que duerme el papa.

En breve, la iglesia ha sido muy consolante para todos los desfavorecidos; sin embargo, como dijo Jules Renard: “Desconozco si Dios existe, pero sería mejor para su reputación que no existiera”. Claramente, la iglesia se ha encargado de manchar el nombre de Dios. Tanto así que, si Dios llegara a bajar a la tierra, tendríamos más reclamos para él, de los que él tendría para nosotros. El único inconveniente que encontraría en este sentido sería que Dios no tuviese vinculo alguno con estos personajes, que este Dios no hubiese establecido un contrato y que viniese a reclamarnos por adorar e idolatrar puras mentiras baratas. Si esto fuese así, estoy segura de que Dios debe estar riendo a carcajadas mientras mira desde el cielo cómo hemos sido timados por los siglos de los siglos. AMÉN.