¿Es la RAE una institución obsoleta?

Decir que la RAE es obsoleta es desconocer el trabajo de filólogos, lingüistas y lexicólogos...

No hay institución más moderna que la Real Academia Española. Cada tanto incluye en el Diccionario palabras que utilizamos a diario, les da una definición, encuentra su origen y las razones de su formación.

            Eso sucedió, por ejemplo, con la palabra cojudo, un adjetivo que se utiliza en Bolivia, Chile, Ecuador, Honduras, México y Perú para decir que alguien es tonto. La RAE encontró su partida de bautizo en el latín (su padrino fue la voz latina coleus, testículo). El anhelo de saber dónde se utilizó esa palabra por primera vez, y por qué, implicó un trabajo de varios años. Todo ello, por supuesto, por verdadero amor a la lengua. Pura filología.

Lo curioso es que quienes defienden esta idea (la RAE es una institución obsoleta) lo hacen con todas las normas ortográficas y gramaticales posibles, con las pausas y los signos de puntuación necesarios para que su idea cale hondo. Es decir, con todo aquello que prescribe la RAE.

Y es que no puede ser obsoleta una institución que trabaja en la descripción de algo tan vivo como la lengua. Todos los días leemos noticias, escribimos cartas de amor, enviamos mensajes de texto. Recurrimos a las palabras para estar cerca de los otros, para ser parte del mundo. Por eso hay gente ocupada en esa ardua labor que es decir cómo hablamos, y por qué lo hacemos así y no de otro modo. Decir que la RAE es obsoleta es desconocer el trabajo de filólogos, lingüistas y lexicólogos, y es darles un argumento a los políticos que reducen cada vez más el presupuesto de becas para estudios de Lengua y Literatura.

Y es que, repito, la lengua es algo tan vivo, tan natural, que si le pregunto a mi mamá qué es una coma vocativa, ella no sabrá qué responderme. Pero si llego borracho a la casa y me orino en un sofá sé que me dirá de inmediato: “Jesús Antonio, venga para acá”. Y ahí estará usando la bendita coma. Porque nosotros, los hablantes, hacemos esas pausas y la RAE las estudia. Luego las incluye en un manual para que todo el mundo sepa cómo hablamos en esta parte del mundo. Pero nunca impone la norma, porque los cambios en el idioma nacen con la gente. Primero dijimos Kleenex para referirnos a los pañuelos faciales, y luego se incluyó en el diccionario la palabra Clínex. Ese fue el orden. No hubo una reunión de viejitos decrépitos que confabularon para imponernos ese vocablo venido de quién sabe dónde.

 Algún día la RAE incluirá en el diccionario la palabra “Parcero” y la definirá como un colombianismo sinónimo de amigo. Y otro día veremos que “Marica” tiene una nueva acepción gracias al uso que le hemos dado aquí. El mundo verá entonces que la academia ha validado dos palabras que en nuestro país son pan de cada día. Abriremos el diccionario y las veremos ahí, ocupando el espacio de los recién llegados, hermanadas con otras que hace tiempo arribaron, como boludo, cojudo y chingada. Y nos dirán que parcero es, posiblemente, una deformación de la palabra partner, una castellanización hecha por los inmigrantes. Y habrá un equipo investigando el origen de esta palabra tan nuestra, y los expertos estarán leyendo  cientos de textos, montañas de libros, para decirnos quién fue el primero en incluirla en la literatura y en el cine, para establecer su acta de nacimiento.

 Ese día me dirán ustedes si la RAE es obsoleta.