¿A qué nos referimos cuando hablamos de distanciamiento social?

La elasticidad del lenguaje es una de sus características más llamativa. Está consistente, básicamente, en la flexibilidad que alcanzan las palabras, imágenes, señas y símbolos para producir diversos, múltiples y, en algunas ocasiones, contradictorios sentidos. El significado (la descripción conceptual de algo, lo que nos ofrece una aclaración de qué se entiende cuando nos referimos a un objeto) otorgado a un significante (su forma gráfica de expresarse, por ejemplo, una palabra o una imagen), como lo enseñó el giro lingüístico, no depende de una lógica interna del lenguaje. Esta estriba, por el contrario, del contexto histórico-social desde donde se enuncian las palabras, se producen las imágenes, señas o símbolos. Por lo tanto, los significados que les atribuidos a todas las cosas que nos rodean en el mundo son producto de un juego semántico mediado por el contexto histórico, social, político y cultural que posibilita que las mismas signifiquen lo que socialmente significan. Y esto es dinámico.

Es así como el lenguaje y los significados que se producen por medio de este nunca son estáticos y dados para siempre. Por el contrario, son productos, productores y portadores de la historia colectiva, cargando las huellas de su época, en la cual se inscriben los individuos y grupos sociales. Al tiempo que son un instrumento de socialización por medio del cual estos últimos orientan sus percepciones, valoraciones culturales, acciones y relaciones concretas que establecen entre sí y con su mundo circundante. El significado que se le otorgó durante la década del cincuenta y sesenta al significante izquierda en Colombia es un ejemplo ilustrativo al respecto, con resultados trágicos para la historia del país.

Un concepto que emergió y tomó fuerza en el discurso político, mediático y médico, casi a nivel mundial, durante la emergencia generada por el covid-19 fue el de distanciamiento social. Este, según la Organización Mundial de la Salud -OMS-, se entiende como la necesidad de mantener una distancia física, mínimo, de un metro entre las personas para evitar un posible contagio y propagación del virus. El gobierno de Colombia, el Ministerio de Salud y los demás entes gubernamentales se adhirieron a esta conceptualización y, por lo tanto, sus políticas y lineamientos han girado en este sentido: mantener una distancia física de dos metros entre las personas, evitar aglomeraciones y suspender actividades que impliquen una asistencia masiva de público como conciertos, eventos, entre otros.

Esta definición y su apropiación cultural, dada, en parte, porque proviene de personas o instituciones autorizadas y legitimadas para ello, como la OMS, evidencia la elasticidad del lenguaje y su capacidad de producir prácticas e interrelaciones sociales como las que hemos vivido y experimentado en estos últimos días en Colombia: evitar el contacto directo y cercano con las personas; aislarlos en los lugares de residencia, para los que nos es posible; apelar a la virtualidad como medio para reuniones de trabajo, ocio o para compras.

No obstante, lo interesante en términos sociolingüísticos de esta definición de distanciamiento social gravita en dos elementos: 1) que la misma puede ser interpretada como una aporía o una galimatías y 2) que con esta se refuerza, tal vez de manera no intencionada, una práctica producida y reproducida por un modelo de socialización basado en principios de diferenciación y distinción sociocultural. Respecto al primer punto, la definición de distanciamiento social que circula por estos días es una contradicción lógica en la medida que el distanciamiento, según la Real Academia Española -RAE-, es una acción que tiende a “Desunir o separar moralmente a las personas por desafecto, diferencias de opinión, etcétera”; mientras lo social, relativo a la sociedad, se entiende como una “Agrupación natural o pactada de personas, organizada para cooperar en la consecución de determinados fines”. Bajo esta lógica, la definición de distanciamiento social es una imposibilidad lógica ya que el primer término de la relación -distanciamiento- es la negación del segundo, mientras lo social es lo apuesto al distanciamiento: es una agrupación organizada para cooperar. Pero como ya se dijo, el lenguaje es elástico y no sigue reglas internas para producir significados. Adicional, es importante tener presente que una cosa son las cosas de la lógica y otra muy diferente la lógica de las cosas.

En cuanto al segundo punto, la definición de distanciamiento social elaborada por la OMS refuerza una de las principales prácticas que se encuentra en la raíz del modelo de socialización moderno capitalista occidental: la diferenciación y distinción social, la cual se mide de acuerdo con los diferentes niveles de capital -económico, social, político, cultural, simbólico- que hayan logrado acumular los individuos en el transcurso de su vida y las prácticas que ello les permite. En otros términos, la posibilidad de distanciarme socialmente de los otros se basa en lo que yo poseo, puedo utilizar, en qué grado, frecuencia, y los otros no; lo que se materializa en estos tiempos en que algunas personas, incluido el que escribe estas líneas, se pueden quedar en casa, trabajar desde allí, realizar los pedidos de comida a través de una aplicación, disfrutar de conciertos en línea, o de rutinas de ejercicio para mantenerse en forma, acceder a museos de forma virtual y a bibliotecas con un número importante de títulos. Las demás personas no pueden disfrutar de estos mismos beneficios. Son las que deben llevar los domicilios, los que deben ir a trabajar a los supermercados, los que deben transportar a los que comparten su misma suerte, los que mantienen las redes de internet y eléctricas en buen funcionamiento, los que cuidan los edificios, etcétera.

En esta medida, la distancia social que existe entre individuos y grupos sociales en el mundo actual es un indicador de cómo se distribuyen los diferentes bienes o capitales -por ejemplo, educación, salud, trabajo, diversión-, de la posibilidad de acceso a estos y de poderlos transformar en mejores condiciones de vida; en último término, del grado de democracia real y existente en una sociedad. Y como nos ha demostrado la situación actual, la sociedad contemporánea tiene como rasgos definitorios, el inequitativo acceso y distribución de los capitales sociales. Basta para ello el caso de los barrios marginales o periféricos en ciudades como Bogotá, donde muchos de sus habitantes no tienen mayor opción ante el riesgo de contraer el covid-19 que salir a trabajar o rebuscarse el diario dejando a un lado la definición de distanciamiento social elaborada por la OMS. Una definición pensada desde el privilegio. Otro caso ilustrativo es el de los afroamericanos pobres en Estados Unidos, la población más golpeada por el covid-19, los cuales carecen de acceso a un sistema de salud de calidad. Para Colombia el balance no debe ser más alentador.

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