Tres poemas de Santiago Erazo

Datos biográficos

 

Santiago Erazo (Bogotá, 1993). Estudia Creación Literaria en la Universidad Central. Poemas y cuentos suyos han aparecido en diferentes revistas literarias colombianas. Miembro del grupo literario Contracartel Segunda Generación.

 

Safari

 

Con sus binoculares de viento,

son los paisajes los que nos contemplan

mientras aparecemos

en las ventanas de los autos y los buses.

 

Desde la distancia

podríamos lucir

apenas moscas en el asfalto,

efímeras sombras de carne y aburrimiento,

pero los paisajes han sabido apreciar

esos otros milagros de la naturaleza:

 

el insomnio enlagunado

en los párpados de la madre

que madruga a cocinar para los suyos,

 

la sonrisa con la que el padre,

como si fuera una serpiente,

ha mudado por un instante en su piel

la tristeza por su hija desaparecida,

 

esos tizones de luz

que los ojos del niño aún albergan

a pesar de disolverse

cada vez con más frecuencia

entre las lágrimas

que en el patio de su colegio

deja sembradas.

 

De golpe,

un trueno retumba en la carretera.

En el auto,

desprevenidos,

todos miran hacia el cielo

sin saber que aquel fue el flash

con el que los paisajes

suelen tomar sus daguerrotipos.

 

 

Urbanística

 

Me dijiste que estabas al borde de las lágrimas.

Entonces te vi como una funámbula,

equilibrándote sobre el filo de una gota.

 

A un lado del abismo,

ese pudor de llevar dentro del bus

la cara mojada como una máscara transparente;

las preguntas que imaginas verle crecer

a los que te miran

como tallos espinosos

de sus bocas a tus oídos.

 

Al otro lado,

el dolor de atrincherarte el dolor,

de tener y detener el llanto

como una nota musical

 sostenida entre los ojos,

de ser una nube que camina entre las calles,

sin saber cómo llover.

 

Eres una funámbula

que camina por el borde de una gota

hasta que, sin darte cuenta,

ya estás en tu cuarto

y tu gata resuelve tus preguntas

confundiendo tus mejillas

con su plato de agua.

 

 

 

El infierno

 

Quién no te dice a ti

que esta lluvia mordisqueando los techos de las casas

es el mar,

como una de esas grandes aves migratorias,

que ha viajado

despedazado

   por

      el

        viento;

es el mar que te ladra en tu sombrilla.

 

Es el mar que te ladra en tu sombrilla,

pero quién no te dice a ti

que también es el mar

el que rasguña de humedad

las esquinas de tu cuarto,

el que le ebulle en la sangre

a quien te escribe "ola" en vez de "hola",

o el que se drena en las lágrimas

de la mujer que llora junto a ti en el autobús.

 

La sospecha es esta:

el mar es la versión líquida del infierno.

Y el alma del pecador tan solo se evapora.

Y las sombrillas son las aureolas

que nos coronan de bienaventuranza

mientras llueve.

 

Así, todos somos santos cuando llueve.

Y yo también soy santo

pero debo confesar

que fantaseo con la idea

de salir de la ciudad,

en su hábitat natural cazar al mar,

freírlo como a un pescado

y comérmelo.