Ojos erectos

“Ojos erectos”

*En clase el profesor Jaime Londoño dijo que escogiera diez posibles títulos para el ensayo, de esos diez se me ocurrió ojos erectos. Pero tan extrañas y a la vez sorpresivas son las coincidencias que tiene la literatura, cuando se está investigando un determinado tema, que después de unos días, consultando el libro de José Assandri “ENTRE BATAILLE Y LACAN Ensayo sobre el ojo, golosina caníbal, encontré una frase que coincidía con el título y que cito llamada: “Los ojos (erectos) de Joan Crawford”. (Assandri, 2007 p. 43). Es por esta razón que he decidido dejar el título ojos erectos.  

 

 

El voyeur, no sólo espía lo prohibido,

sino también lo desconocido.

Alberto Moravia   

 

¿Qué placer causa mirar un libro erótico? Al abordar la pregunta desde la sensibilidad, lo visual causa un impulso amatorio, a través de la experiencia que confluye con la sensación que se dilata entre líneas; atraviesa el infierno del voyerista, cuando infiere en el otro cuerpo u objeto (exhibicionista) como una excitante invitación que pervive en el momento en que se ha tomado el riesgo de escudriñar un texto, una imagen, una pintura, una escultura o un poema erótico.

Alberto Moravia plantea que el voyerismo en la literatura erótica es una compulsión admirativa. Lo que en principio es una secuencia de imágenes y metáforas ordenadas en la narración, después se convierte en un frenesí en el cual el lector imagina el cuerpo o los órganos sexuales en movimiento. La mirada se hace sensible, inquieta hasta llegar a descubrir dentro de su intimidad lo desconocido.

El ojo voyerista del lector se transforma, al espiar en un fálico y penetrante miembro genital que rastrea el mundo de los deseos, cuando su actitud transgresora rompe los límites de lo prohibido. Esta manera de ser del ojo, se configura en una lente sin párpado como lo afirma Henry Barbusse.

Por lo tanto, cuando un novelista describe a dos personajes en el momento de su acoplamiento, en realidad mira y hace que nosotros miremos por un imaginario ojo de la cerradura. (Moravia, 2006, p. 46).

Otro ejemplo de la compenetración de las imágenes se percibe en El hombre sentado en el pasillo de Marguerite Duras.

“El se ha detenido ante ella, proyecta sombra sobre su forma. Por entre los párpados, ella debe percibir el oscurecimiento de la luz, la forma de su cuerpo erguido encima de ella en cuya sombra está atrapada. La tregua del abrasamiento hace que la boca aferrada al vestido se destienda. Él está ahí. Con los ojos aún cerrados, ella suelta el vestido, recoge los brazos a lo largo del cuerpo por el desfiladero de las caderas, modifica la separación de las piernas, las tuerce hacia él con el fin de que él vea en ella aún más que su sexo rajado en su máxima posibilidad de ser visto, que él vea otra cosa en ella, que sobresale de ella cual boca vomitante, visceral.” (Duras, 1996, pp. 15 - 16).

Los ojos, cuando fijan la mirada en un texto erótico, son cómplices del secreto que guardan las palabras; cuando la lectura se hace con la cadencia y la profundidad que se requiere,  las metáforas empiezan a transpirar, forman figuras o imágenes seductoras, que son primordiales en el momento en que las sensaciones hierven y logran una fuerza para que el ojo adopte una posición de espía, mirón o voyerista, que no solo observa palabras o enlaces en los párrafos, sino que examina con amplitud la transverberación de la novela, el relato y el poema.

La íntima complicidad que se tiene con el texto, hace que el voyerista transpire y a su vez se inquiete por lo que se encuentra velado; pero también lo enceguecido se torna seductor, cuando las pulsiones del cuerpo se entregan sin miedo a sentir por medio de los ojos erectos el exhibicionismo, que ocurre por medio de una imaginación activa, que nunca se encierra en sí misma, sino que, al contrario, siempre está abierta y dispuesta para la mirada traviesa.

Al hacer el experimento con los famosos dibujos de los Sonetos lujuriosos o de los xvi modos del pintor Giulio Romano que Marco Antonio Raimondi grabó, se hizo una separación de las imágenes o de las erecciones que se puedan llegar a tener, al hacer el ejercicio como un experimento, primero de observa los dibujos con detenimiento y concentración y después,  de leer los Sonetos Lujuriosos del poeta Pietro Aretino, se analiza que la sensación de la mirada con respecto a los dibujos es contemplativa, porque la forma del dibujo hace que se aprecie una sensación soñadora que evoca a la mirada un deleite profundo, que hace que el ojo viaje por los cercanías de las excitantes formas. También transmite los silencios amorosos de los cuerpos que se aman, en donde son testigos los ojos para comprobar desde la mirada la sensibilidad de la palabra que se desnuda por medio de los cuerpos; pero cuando se lee con pasión el poema primero, la imagen se metamorfosea de acuerdo con la palabra que se oye y se lee a sí misma.  

 

I

-Amémonos sin tasa y sin medida,

puesto que para amar hemos nacido.

Adora mi gorrión, cual yo tu nido,

pues sin ellos, ¿valdría acaso la vida?

 

Y si aún después de ella, ya extinguida

fuese imposible amar, mi bien querido,

para seguir gozando todavía.

 

Gocemos, pues, cual lo hizo dulcemente

la primera pareja de mortales,

aconsejados por la audaz serpiente.

 

Que nos perdieron por amar, ¿se dice?

Blasfemias necias son los dichos tales,

que sólo aquel que no ama es infelice.

 

-Calla, pues, y ama tú también, ¡te digo!

calla, méteme ya hasta los cojones,

jueces del amor, y del amor testigos.

(Aretino, soneto: I, 1960, p.25).

 

Aretino, en el poema, muestra un relativo apetito coitoanalesco, como él lo llama, donde se relaciona el gusto con la mirada. Esta apetencia es un deseo que se entrecruza con la imagen erótica, que aflora no solo en el poema, sino también en la observación. El recorrido de los ojos va evocando una secuencia de movimientos desnudos y lubricados a la vez que se va trazando la forma poética en un conjunto de éxtasis. Se confabulan en esta experiencia las estrofas con la mirada.

En una carta Pietro Aretino expone lo siguiente:

“Ya estoy harto de su vil censura o de esa villana costumbre de cerrar los ojos ante lo que se complacerían en ver”. (Aretino, 1991, p. 18).

Esta afirmación o sentencia de Aretino, la considero como un engranaje que invita a la reflexión; pienso que se deben abrir aún más los ojos, con una habilidad más deleitosa para saborear lo que se desea observar.

La dominación del voyerista permite que su soledad sea prohibida. Pero en esa prohibición se manifiesta los inicios de una sensación, que aumenta bajo la observación que se estudia en secreto.

 En el siguiente fragmento de la novela llamada el infierno de Henry Barbusse, el protagonista deja en libertad el ojo, como un preámbulo a la excitación que empieza a surgir por entre ese agujero que se encuentra en la pared, vaticinando que el mirón es un diablo que observa con indecencia y en el que su pasión se va transfigurando por un hábito que, con el trasegar del tiempo, se hace obligatorio.

“Me pareció, a través de la abertura de la pared, verla desprenderse de su falda marchita, que sin ella no era nada, y distinguí la forma de sus dos piernas. Acaso fue una ilusión, porque los ojos no me servían ya, no sólo por la falta de luz, sino también porque me cegaban el esfuerzo de mi corazón, los latidos de mi vida y todas las tinieblas de mi sangre…

¡Un grito me llenaba por entero! ¡Su vientre! ¿Qué me importaban sus senos o sus piernas? Tan solo como su pensamiento y su rostro, ya desdeñados. Era su vientre lo que yo perseguía, y porfiaba por alcanzar mi salvación. Mis miradas, pesadas como la carne, necesitaban su vientre. Siempre, a despecho de leyes y de ropas, la mirada masculina se lanza y trepa hacia el sexo de las mujeres, como un reptil hacia su guarida.

Ella no era ya para mí más que su sexo, no era sino esa herida misteriosa que se abre como una boca, sangra como un corazón y vibra como una lira. Y de ella se desprendía un perfume que me calaba por entero y que no era ya el perfume artificial que impregnaba su ropa, la esencia con que se perfumaba, sino el olor profundo de ella misma, montaraz, vasto como el del mar; el olor de su soledad, de su calor, de su amor, el secreto de sus entrañas.

Con los ojos inyectados y enrojecidos como dos bocas pálidas, me inclinaba yo hacia esta aparición de terrible atractivo. Me volvía feroz en mi triunfo. Su boca era un largo beso fugitivo, y yo crispaba la mía en un largo beso estéril.

Entonces ella se quedó inmóvil, inexplicable, borrada. En un sobresalto violento, quise tocarla, derribar aquella pared o salir de mi cuarto, echar abajo la puerta del suyo, arrojarme sobre ella…” (Barbusse, 1982, pp. 32 - 33).

Lo más significativo del voyerista en una obra literaria es la experiencia que se va enardeciendo hasta lograr una aproximación al cuerpo íntimo, al expresarse en el hecho de ser observado. Las carnes aumentan, la belleza o fealdad del cuerpo no se abandonan, porque el ojo va reduciendo el espacio hasta encontrar el centro más instigador para que la mirada proyecte la sensación de convertirse en una acción aniquiladora, que se arrastra olfateando cada agujero despojado de la inhibición.

En la obra de Mempo Giardinelli Puro erotismo, se descubre la sensibilidad del escritor en cada una de sus líneas, para abrir una puerta en la que el lector es consumido por el voyerismo literario, cuando el efecto que produce trasciende más allá de su perspectiva erótica, como un demonio que no deja de castigarlo con una sevicia placentera.

“Hasta se sintió vulgar, despreciable, porque apenas la espiaba de reojo, como un voyeurista adolescente que miraba calzones en los tendederos y se masturbaba imaginándose los contenidos.” (Giardinelli, 2001, p. 19).

“Así fue. Y ya no me quedaron dudas de que Berta se hacía la dormida, mientras su mano me imantaba la vista, moviéndose como una culebra, ofídicamente, maravillosamente sensual sobre su sexo. Ella también se movía, excitada, y su cuerpo grueso parecía el de una maja ondulándose sobre el asiento de cuero que crujía con un chirrido exasperante. Me quedé tieso, absorto, mirando su mano que viboreaba y el alzarse rítmico de sus enormes tetas, y su boca entreabierta, por donde su respiración producía un silbidito que por un momento me pareció acompasado con la música que se oía a lo lejos.” (Giardinelli, 2001, pp.19, 41).  

 Las imágenes eróticas, que Giardinelli va despertando en el lector a medida en que la lectura se hace más intimista, permiten que al sentir cada esencia de las imágenes, el ojo, más que erecto, trace las posibilidades de los encuentros inoportunos de su experiencia, para revalidar que el voyerismo en la literatura erótica crea una explosión en los sentidos, hasta que la liberación del deseo aumenta para seguir alimentando la satisfacción entre la lectura y la contemplación perversa, al hacer una observación que va más allá de la elucidación. La explosión de los sentidos que son la consecuencia de la experiencia voyerista, es una verdad que anuncia una libertad, porque reacciona en un sentido cuando la mirada se entrecruza con la lectura o la relectura, propiciando una sensación que gira en torno a lo que se prohíbe.  

  Desde la experiencia voyerista de Bataille al considerar el ojo como un agujero, comparto la definición que hace él del ojo y la mirada. Allí el puro agujero desgarrado del cuerpo, el ojo-agujero, es otra presencia de la mirada, es un nuevo punctum. Punto-objeto. (Bataille, 2007, p. 124). Este punto-objeto es devorado por la mirada del lector/espectador. La explicación de Georges Bataille hace que la palabra erótica no solo hiera el apasionamiento de los ojos, sino que hace que ese agujero arda en sus universos enfebrecidos hasta reverberar en el éxtasis de la desnudez junto a la contemplación.

El ver permanece insaciable, justamente porque los deseos se satisfacen sólo de manera simbólica y está faltando la verdadera satisfacción. El deseo de mirar desea más que sólo ver. El ojo se comporta casi como un órgano genital, anhelando unificación y satisfacción física. (Döpp, 2006, p.117).

Los testigos silenciosos requieren desarrollar una mirada “fascinada”. La palabra latina fascinum- según Gaston Vorberg en su Glossarium Eroticum- fue utilizada por los romanos para describir el hechizo de una persona utilizando un maleficio, pero también se utilizó para “el miembro masculino como una herramienta contra un embrujo”. Por lo tanto, el ojo fascinado (o excitado) tiene cualidades fálicas y sirve para defenderse de una amenaza inminente (Döpp, 2006, p.125).

No obstante ¿cuál es el riesgo de dar una oportunidad y permitir que los ojos vaguen como un lente ó cámara para que la búsqueda sea más interesante, cuando se aborda de una manera silenciosa y a escondidas esta clase de literatura erótica, que revela el secreto a través del exhibicionismo que se va desnudando junto a la prosa o el verso tentador?

 Georges Bataille reconoce otros efectos que posee el ojo devorante y devorado afirmando que no solo es una ventana del alma sino que también es una golosina caníbal.

Bataille comienza con la expresión “Golosina caníbal”, señalando el temor y la fascinación por el ojo, nada tan atrayente y fuente de horrores, tanto en animales como en humanos: “… la seducción extrema probablemente está en el límite del horror”. (Bataille, 2007, p. 42).

La idea planteada por Bataille va encadenada al ojo oculto, en que una obra erótica incita al lector a adquirir un mecanismo donde se esconde una fuerte atracción sexual, que vivifica el deseo de observar hasta sentir como un activo voyerista.

La relación que hace Bataille cuando nombra el ojo como una golosina caníbal, permite estudiar la palabra desde un punto de vista, como una grafía de endocaníbalismo donde lo devorante y lo devorado, como lo expresa Bataille se despedazan entre sí, eso quiere decir que el voyerismo en la literatura erótica no solo se complace en estar a la expectativa, sino que también se adentra en sentir lo que en un principio fue sensualmente admirado.

La naturaleza del deseo permite que el voyerismo en la literatura erótica escudriñe por medio de las combinaciones de las palabras nuevas sensaciones, para que el descifrador, que en cierta medida es un espía, llegue al aprendizaje de la observación, el de mayor disciplina y concentración. Ese deseo, que en principio se relaciona con una experiencia única, va adquiriendo una posibilidad de encuentros eróticos a través de la mirada que hace de la interpretación una experiencia que con el tiempo se torna reveladora para el voyerista.    

El enfoque que aborda el voyerismo en la literatura erótica es totalmente amenazador, controlador y es también una gimnasia que se sitúa en la esquina o abertura más recóndita que pueda existir en la geografía del cuerpo, como un deleite que solo se llega al éxtasis por la estrategia del ocultamiento, sin que por ello deje de ser tan exquisito como penetrante. Al considerar el ojo en la literatura erótica como un avizor, se puede comprender que la amenaza y lo que se busca controlar, son inversos en las virtudes que tiene el ojo cuando pone en funcionamiento el ejercicio de descubrir o descifrar lo que en un principio se encontraba oculto.  

El mundo de los deseos y la lujuria en la literatura erótica se convierten en un cuadro de imágenes que transmiten sensaciones o placeres para ser deleitados. El observar concede un éxtasis estético. El lector apasionado se transforma en un mirón o voyerista de imágenes sensuales hasta llegar a la cumbre de la poética del cuerpo que se desea.

En la obra de Alberto Moravia El hombre que mira, el autor empieza a valorar esa compulsión admirativa del voyerismo a través del personaje principal llamado Dodo cuando lee un poema de Mallarmé que empieza “Una negra por el demonio poseída…”  

 

Una negra por el demonio poseída

de una niña doliente, nuevos y criminales,

probar quiere los frutos bajo el roto vestido;

la glotona se apresta a trabajos arteros:

 

con su vientre roza, dos pezones felices,

y, tan alto a la mano para intentar cogerlo,

al igual que una lengua inhábil al placer,

arroja el choque oscuro de sus dos borceguíes.

 

Contra la asustadiza desnudez de gacela

temblorosa, de espaldas, tal un loco elefante,

derribada, ella espera y se admira con celo,

riéndole a la niña con los dientes ingenuos;

 

y entre sus piernas donde la víctima reposa,

alzando una piel negra bajo la crin abierta,

avanza el paladar de tan extraña boca

color pálido y rosa como una concha marina.

 

Pero lo que más me interesa no es la obscenidad, sino el voyeurismo, que es doble en el poema. Mallarmé no solo nos permite espiar algo especialmente íntimo, como es el caso de una escena de amor lesbiano, sino algo íntimo dentro de la intimidad, es decir la parte interna del sexo femenino, que normalmente está cubierta por el vello púbico. Podemos mirar hasta hartarnos a una mujer desnuda por el ojo de la cerradura, y únicamente veremos lo que la naturaleza quiso que viéramos, a menos que, como nos dicen los versos de Malarmé, la miremos mientras <<se mueve>>.

 Así que a este poema al voyeurismo se añade cierta curiosidad profanadora, pues ¿no es acaso una profanación ir con la mirada más allá de los límites impuestos por la naturaleza? (Moravia, 2006, pp. 47- 48). 

Lo que aparentemente es inviolable en el poema, en el lector se va haciendo cada vez más atrayente, porque los versos son la revelación del deseo que empieza a desnudar en imágenes el cuerpo hasta llegar a la violación de lo sagrado. El lector acepta el voyerismo y se convence que al mirar amplia y profundiza el conocimiento. Un impulso viaja en su interior hasta transgredir el temor o la timidez, cuando se atreve en un acto místico a ser seducido y sometido por los instintos del placer.

 La singularidad se va triplicando por el ardor de las sensaciones que le van provocando, en pequeñas proporciones, una dosis de desenfreno, hasta llegar a un razonamiento que permite que su deseo culmine consagrando el espíritu erótico en la literatura que en siglos anteriores fue tan perseguida por las religiones. El voyerismo en la literatura erótica no solo atrapa al lector, sino que llega hacerlo partícipe de una íntima complicidad con el narrador, que le muestra los secretos más estimados pero también más velados.

  

 REFERENCIAS BIBLIOGRAFÍCAS

Barbusse, Henry. (1982). El infierno. Bogotá: Círculo de Lectores.

Duras, Marguerite. (1996). El hombre sentado en el pasillo (4ª ed.) Barcelona: Tusquets Editores.

Aretino, Pietro. (1960). Sonetos lujuriosos. Milán: Ediciones Bandera Negra.

Moravia, Alberto. (2006). El hombre que mira. España: Debolsillo.

Giardinelli, Mempo. (2001). Puro erotismo. Santiago de Chile: LOM Ediciones.

Giardinelli, Mempo. (2004). Luna caliente. Barcelona: Ediciones B.

Assandri, José. (2007). Entre Bataille y Lacan ensayo sobre el ojo, golosina caníbal. Buenos Aires: El Cuenco de Plata.  

Döpp Jürgen- Hans. (2006). Arte erótico. Bogotá: Panamericana Editorial.

Bataille Georges. (1980). El erotismo (2ª ed.). Barcelona: Marginales Tusquets Editores.

Bataille Georges. (1995). Historia del ojo (2ª ed.). Ediciones: Coyoacán, México D.F.