La puerkeada culta

Colombia se acaba de recibir como escenario ficcional graduado, de tradición.

 

Si la realidad es un metalenguaje literario, Colombia se acaba de recibir como escenario ficcional graduado, de tradición.

Todo indicaba que el rechoncho filósofo Julio César Turbay quedaría unificado en las páginas de la historia risueña como el hacedor de la apoteosis del aforismo, cuando dijo: “Ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”, reduciendo los ecos del existencialismo a una medianía mística de humor pudiente, celofán de la soberbia y la no aceptación. Infectado o infectando en la inmediatez a sus contemporáneos, como el ex presidente venezolano Carlos Andrés Pérez o el ex mandatario mexicano Luis Echevarría Álvarez, que se hicieron célebres por también decirla, no se sabe cuál genio ambiguo la dijo primero. En la voz nasal del regordete bogotanito, engaño de ingenuidad de un ex presidente colombiano, la frase empató con la candidez de la sapiencia popular, cocina efectiva con que la hipocresía no lo desvistió al decir: “Tenemos que reducir la corrupción a sus justas proporciones”.

Pero a los afables constructores de retahílas, que el tiempo hace literarias, y al mismo Turbay, la repetición eidética de la vanagloria tontarrona se consumó en el presidente colombiano Iván Duque Márquez, lazarillo de la indefinición yuppie, que acaba de decir en París: “Los principios de la Economía Naranja son siete porque siete es un número importante para la cultura: tenemos las siete notas musicales, los siete artes y los siete los enanitos”, como tocando un xilófono ante un auditorio de sordos, y encubriendo la hipocresía con que afirma: “Este manual ha sido diseñado y escrito con el propósito de presentarle las ideas y conceptos clave de un debate en gran parte desconocido”, en el librito de logosímbolos que ¿escribió? para, pienso, hacer un homenaje a su mentor filosófico y recalcar, bajo la influencia de Nostradamus: “cada letra y cada símbolo, han sido ubicados cuidadosamente para compartir ideas y generar conocimiento”.

Todo cobra sentido: hay que decir tonterías para compartir ideas y conocimientos que no se tienen. ¡Son genios!

Si mal quedó Heidegger, Sartre o Zuleta cuando Turbay mandó su lección cohelística, que en realidad fue la recontextualización de la excusa popular de un verdadero ambiguo: Cantinflas (Ahí está el detalle, 1940; y éste a su vez de Groucho Marx), muy mal parado ha quedado ahora el padre de la música, Guido de Arezzo (991-1050), quien nunca pensó que la fonética de las notas musicales que bautizó quedara reducida a una acústica naranjita que ni es sol ni noche –do–; o a los hermanos Grimm, padres de la cuentística desde las historias recogidas de los pueblos anónimos y campestres, pues con no menor brío se abrió paso con Blancanieves y el universo de Disney para hacerse cancioncita moral, fábula por moraleja, pastel de naranja y uno de los tres cerditos, ya sujeto metaficcional de la política contemporánea: por y en contra de la población a la que representa en su propio aislamiento.

Colombia, y los desmanes culturales de dos de sus presidentes, del fanfarrón de la lógica y del trovador de fábulas no líricas –un colorcito para explicar la nada, como si la nada, al no ser negra, fuera entretenida–, son al país literario su vocecita risueña, su risa desvergonzada que recubre la pedantería intelectual de quienes son peores que los ignorantes: los que defienden la ignorancia y la promueven a micrófono abierto, reflejo de la candidez de la ceguera, y de cómo, en el ombligo de la realidad, los colombianitos salimos al paso de la risa con que la tristeza nos permanece silente, como el peso de toda respuesta cultural a la carcajada.

Salimos a decirle a todos que ombligo no tenemos, pero que somos reconstructores de ideologías y artes, perfumadores del lixiviado que tenemos por dentro, sin vergüenza colectiva, sin sonrojo abarcante. Siete íes para un concepto naranja atravesado por una sola, defendida a cabalidad como buena economía solidaria, en el hoy. El balcón de los larillos rojos del estatuto de seguridad nacional del ayer.

Colombia se ha graduado como literatura pura: representamos el género nuevo de la lingüística puerkeada del bestiario culto.

 

 

A propósito:

«Somos los convidados de piedra, nos parecemos a los ídolos de la Isla de Pascua, petrificados y distantes de nosotros mismos. Y hasta los sesudos analistas nos excluyen de sus monografías».

https://www.elheraldo.co/columnas-de-opinion/ni-si-ni-no-sino-todo-lo-contrario-276675

Colombia se acaba de recibir como escenario ficcional graduado, de tradición.