Desde la luz preguntan por nosotros poética subversiva y  renovadora de Héctor Rojas Herazo

Desde la luz preguntan por nosotros poética subversiva y  renovadora

 Héctor Rojas Herazo

Foto tomada de: http://lachachara.org/2015/11/para-leer-a-hector-rojas-herazo/

Arderás, lucharás, comerás de tus codos.

El luto ceñirá tu esplendor ceniciento.

Tu eternidad y espacio te colman y saludan:

Expiarás para siempre el haberte encendido.

Héctor Rojas Herazo, Sentencia

  

 

Héctor Rojas Herazo El patiero del riguroso exilio voluntario es el creador de cinco poemarios, tres novelas que conforman la saga narrativa de Celia se pudre, un sinnúmero de ensayos, notas periodísticas e incontables exposiciones de pintura en el país y en el extranjero. Es el hacedor de una revolución integral del lenguaje que desarregló las normas de la poesía nacional, como lo expresa Beatriz Peña Dix en Poesía Rescatada Héctor Rojas Herazo. Obra poética 1938 – 1995 publicada en Bogotá en el año 2004 en la Imprenta Patriótica del Instituto Caro y Cuervo sede Yerbabuena.

Luis Tejada dos décadas antes de la aparición de Rojas Herazo en el panorama de las letras colombianas, consciente del estancamiento de la poesía nacional expresó con mucho acierto lo siguiente:

¿Hasta cuándo nos van a dar los poetas su música cansada de cascabeles, la terrible música monótona de los sonetos y de los cuartetos, la música intonsa de todos los metros correctos, que nos hace pensar con pavor en las recitaciones de las escuelas y de las veladas literarias que se dicen epopeyas atroces? [. . .] Proclamemos la necesidad de que los poetas, los poetas de verdad, no tengan oído ni posean el instinto de la musicalidad fastidiosa de las palabras y de las estrofas. (Tejada, 1977, p. 283).

 

La palabra poética subversiva y renovadora rojasheraciana, fue el arma de resistencia ante un país de gente que escribía en ese entonces bonito. En su ensayo “Nuestro lindo país,” en Boletín Cultural y Bibliográfico, vol. 12, núm. 4, abril de 1969, págs. 105-106. Escribe lo siguiente:

 

Este país nuestro es todavía el país para la gente que escribe “bonito”. Para las vedettes literarias. Para los mistinguettes de la prosa o del verso [. . .] Aquí seguimos creyendo en el escrito de guardapolvos y americana bien ceñida sobre el trasero. En el hombre que usa los adjetivos y los complementos directos como si fuesen adminículos de sastrería. En el que escribe articulitos saludadores y teje virutería retórica como si fuese primores de costurero. (Herazo, 1969, pp. 105-106).

 

Héctor Rojas Herazo arremete contra el provincialismo y la domesticidad como parámetros poéticos, su apuesta se encuentra anclada por una escritura más agresiva, con la invención de instaurar lo poético en una lírica universal basada en la cartografía del hombre y su tránsito melancólico por la tierra. Cabe destacar que la  edificación poética de Rojas Herazo es un acto humano de rebelión permanente. El continúo trabajo de la habilidad verbal. La poesía como una “experiencia física de la palabra, del dialogo íntimo de la carne con las manifestaciones ruidosas, líricas y alteradas del lenguaje.

    

Comulga utilizando la palabra poética subversiva y renovadora llamando cada vez más fuerte los incendios de las angustias, de lo efímero que es el cuerpo cuando es atravesado por los ciegos relámpagos surgidos y alimentados de poetas foráneos como Verlaine, Rimbaud y Mallarmé. La Luz no solo pregunta por nosotros en la obra de Rojas Herazo, trae consigo el azufre y el óxido del cuerpo invocando el olor que yace en el patio.

 

Su rezo o culto subversivo es un himno a la materia, ya que su construcción poética irrumpe entre brazos y follajes extraños hacia una primera comunión corporal. Su íntima lírica transida, exalta las funciones primarias del hombre donde el ruido del cuerpo no se eleva, decrece entre las células de la agonía. Los verbos: resbalando, tocar, besos, miradas, bramando, miradme, corriendo, gritar, encender, crezco, tiemblo entre otros que aparecen en el poema “Primera Afirmación Corporal” son los cimientos en la arquitectura de su poesía hacia el universo de lo sublime. Es de vital importancia el recuentro con esta primera manifestación corporal.

 

PRIMERA AFIRMACIÓN CORPORAL

Dulce materia mía, lento ruido,

de huesos a voz en nervios resbalando.

Tibia saliva mía, espesa mezcla

de mis células vivas y mi lengua.

De sigilosas venas, de sonidos,

por extraños follajes amparados,

mis dos brazos irrumpen, mis dos brazos,

ávidos de tocar, de ser externos,

como dos instrumentos de agonía.

¡Y tanto muro para tantos besos,

para tantas miradas y tobillos

para tanto plumón y cabellera

al viento somatén dolido y frío!

Este soy yo. Lo sé, lo reconozco,

lo dicen mi volumen y mi sombra,

lo repite una casa y una aldaba,

y un vientre azul lo esparce por el aire

a otras narices y rodillas solas.

Este soy yo. Lo digo con mi fuego,

lo afirmo con mi olor y mi latido

y la luz de mi traje lo pregona.

Ahora soy cartílago y rocío,

de tarde, de vainilla y cementerio.

Un hombre oculto, un hombre que camina,

Un pueblo celular desconocido,

Con hígado y pulmón tras su mirada.

¡Con tanta rosa viva, tanta luna,

tanto ruido bramando y yo tan solo!

Yo solo aquí, miradme, entre mis huesos

embutido en mi piel y mis maneras.

Náufrago de mi sangre.

Responsable de un pecho y una risa,

apretado de nombres y temores,

con ojeras corriendo atolondradas,

con suelas que deshacen la madera,

con hambre de vivir y ser vivido,

con hambre de gritar y que me entiendan

los lirios, las monedas y las tapias.

Este soy yo, lo digo simplemente:

un hombre que se muere por la tarde

para encender al alba su garganta,

un hombre que conoce sin saberlo

a todo lo que vive y se incorpora,

a todo lo que muere y resucita,

a lo que duerme entre la sal y el cielo.

No me pongan un rótulo.

No le pongan color a mi destino.

No me pinten de azul o de amarillo

o de rojo encendido o verde mora

el sudor de mi axila o mi cabello.

No pongan a derecha mis sentidos

ni a izquierda mi dolor y mi sonido.

Yo soy de aquí. De aquí, de donde piso,

de donde crezco y muero,

donde tiemblo y espero,

donde tengo parada mi estatura

y mis cinco sentidos verticales.

No me llamen, siquiera, por un nombre.

Llámenme simplemente

como se llama frío a lo que hiela

o fuego a lo que quema

o viento a lo que esparce y multiplica.

Porque esto soy, no más, esto que miran

sufrir aprisionado en el vacío:

una mezcla de sangre, hueso y nada,

de agua sedienta y clamoroso frío. (Herazo, 1956, pp. 11 – 12 - 13).

 

De esta manera su organismo poético se desnuda frente al mundo, simplemente muestra la realidad que transita y se multiplica palpitante en su carne. Adentrarse en espiar cada partícula viviente que emerge de sus entrañas y posteriormente reconocer lo que tiembla allí adentro, espera o anhela cuando se enciende su garganta en el alba, es reconocer responsablemente la tragedia poética que emana de su cuerpo.

No obstante las ansias de la vida por vivir y ser vivido, se desborda entre lo oculto que camina esperando alcanzar al hombre que es él. Esta funcionalidad de la materia entre lo simple y lo frío, se adhiere por encontrar un lugar oportuno para exponer los instrumentos de la angustia que saltan en carne viva a través del lenguaje poético. Pareciera que la criatura encarnada llega de una constelación que todo el tiempo se encuentra encendida. Cabe destacar en el peregrinaje encendido de Héctor Rojas Herazo el siguiente poema:  

 

CREATURA ENCENDIDA

No es solamente el flujo de la tierra

Lo que ha de herir el vidrio de mis ojos.

No es este gasto de sudor y lodo

Ni esta ceniza que me puso un nombre

Lo que he de combatir y me combate.

Es mi propia creatura, mi sonido de siempre,

mi forma de estar vivo aunque no tenga

un cuerpo qué gastar

o un acto entre los dedos.

Es esta furia mía de saberme encendido,

de tener claridad,

de ser zumbido,

Silbo de Dios,

Silueta diferente.

De estar dentro de mí constituido

para seguir arando sin arado,

para seguir tejiendo sin aguja,

para tener un poco de mi ruido

disperso en un rincón o en un suspiro.

Es esta firme cantidad de esencia

para sufrir, para escanciar destino,

esto que me suplica y me conoce,

que madura mi luto desde siempre.

Este saber que no hay descanso,

ni agua para apagarse,

ni polvo que nos cubra ni deshaga.

Somos esto, sepamos, somos esto,

esto terrible y encendido y cierto:

algo que tiene que vivir y vive

por siempre sollozando pero vivo. (Herazo, 1956, pp. 7-8).

 

El mar, la asombrosa acuarela viviente

En la segunda parte del libro Desde la luz preguntan por nosotros aparece El archipiélago  de oro, otro libro de poemas incrustado desde la magnificencia y la crueldad de los colores infinitos que trae el mar. En el artículo Viento de mar, en Diario de Colombia Telón de Fondo, 29 de diciembre de 1954, Rojas Herazo expresa en el poema u oda Aldebarán que “El mar es el color en movimiento. Cambia con el tiempo y urge el espacio. Tiene la monotonía de las grandes verdades. El mar es la destrucción sobre el hombre, la madera y el hierro. Labio insaciable, no se cansa de besar destruyendo […] Nada se opone a su empuje devastador. Empuja la piel y los sueños. Reseca las órbitas, chupa la piel y tritura los huesos. La muerte sale del mar a buscarnos por todos los rincones de la tierra. A traer nuevamente los desperdicios de nuestro sudor, de nuestro aliento, de nuestras ropas y de nuestros miembros”.

 

¿Qué somos?

Este poco de mar, estos crustáceos,

estas islas de fósforo que llevamos dormidas.

Somos, también, estas pedrezuelas impasibles

y ese niño que atesora un naufragio en su memoria.

De aquí somos y esto somos.

Lo demás es tristeza, ruido de nadie, mundo.

Levantamos, en cada respirar, en cada poro nuestro,

un poco de estos grumos,

de estas chozas con vientres olorosos a fiebre.

Miramos un camino con un hombre cantando,

extendemos los ojos,

vemos un árbol, ¡un árbol solamente en la playa insaciable!

Y más allá los barcos, el mar de olas eternas.

Nos sentimos totales, furiosamente solos.

Solos como si nada nos doliese en la frente.

Somos de aquí, de este orbe rumoroso,

de esta arena con olas y naranjas,

de este diario morir frente a la sal,

de este podrirse con caracoles y totumos,

de estas paredes rotas,

de estos trozos de esquifes

que siguen navegando por las calles.

De este patio enlutado donde ronda la abuela,

donde mataron una casa

y aventaron sus puertas, su quicio y sus ventanas.

Esto somos no más: mar que se pudre

que camina y se pudre con nosotros. (Herazo, 1956, pp. 45-46). Fragmento del poema Aldebarán.

Vendedora de pargo. Foto tomada de: http://www.pintoreslatinoamericanos.com/2012/09/pintores-colombianos-hec...

Nausícrates, Ricardo el habitante de Tolú (Sucre) asomándose a una ventana con la toalla en la mano

En el Rey de alcoba Héctor Rojas Herazo hace la construcción poética de Nausícrates Ricardo como analogía al habitante de su pueblo natal Tolú Sucre, el personaje encarna aquello que él mismo llama “el héroe común y corriente” que vive sumergido en el anonimato del diario vivir. Beatriz Peña Dix afirma que con este tipo de poesía en prosa, Rojas Herazo destruye, en buena medida, a los héroes míticos y bíblicos de sus primeros trabajos para construir la grandeza del habitante cotidiano: “El mejor tema –aquel que no ha sido ni podrá ser nunca lo suficientemente bien explotado en ningún orden de la ficción – es el del hombre a quien no ocurre nada [….] Y en el libro de notas y ensayos Señales y garabatos del habitante, op. Cit., pp. 163-165). Éste sería el tema, el grande y siempre desconocido y promisorio tema de un hombre oyendo fluir el tiempo, sintiendo pasar esquirlas de eternidad sobre sus células, oyendo ese latido de tambor de su sangre en la intrincada red de túneles de sus venas, bajo su traje. Éste sería un hombre asomándose a una ventana con una toalla en la mano. Asomado simplemente.

EL CARNAVAL DE NAUSÍCRATES

 Soy el único ser a quien desasosiegan los insectos. El que conoce, individualmente, todas las rendijas de un cuarto. Me tiemblan de placer los muslos cuando un cuchicheo enciende lamparitas de anhelo detrás de mi puerta. El lecho es mi gran zona de aire, mi oscura geografía de placer. Soy el amo absoluto de la toalla y el jabón con que he de limpiar el lodo de mis espasmos. Soy el rey de esta alcoba. Aquí soy grande, espléndido y triunfal. Tengo un nombre de muchas sílabas. Soy el amo del sueño y el hierro. El as de bastos me corona la frente. ¿Qué me importan, a esta hora, una locomotora sacudiendo un puente o un ciudadano pagando sus impuestos tras la rejilla de una oficina pública? Cada uno de mis pensamientos es delicia.

 

  Cada movimiento, aquí, en mi lecho, es júbilo de mi alma. Afuera alguien golpea agudamente un objeto metálico para deformar un automóvil. Acá hay un dulce perfume y el cuarto es silencioso, vibrante, imperativo, como el gesto acordado entre dos cómplices. Mi cuarto me conoce y me vive. Cuando muera me enterrarán debajo de mi lecho, debajo de mi orín, debajo de los temblores que he dejado acá arriba. Ahora me usan, ahora se deleitan en mi sangre, tumban de bruces a una solterona y se ponen a cantar de alegría en la mordiente velocidad que alisa sus rodillas. Pregunto: ¿no es suficiente todo esto para que un río pueda eternamente llenar de música las órbitas de un hombre dormido? Vuelvo a testiguar aquí – para seguridad de todos – que jamás he leído un texto de geografía pero sí he visto la nariz del sexo de una doncella al mediodía. (Herazo, 1956, 61-62).

 

Walt Whitman, el evangelio del hombre da un golpe con sus botas en la arena de nuestra casa

  

En la última parte de la obra poética Desde la luz preguntan por nosotros de Héctor Rojas Herazo aparece Medusa y el huésped como una reivindicación  a los héroes mitológicos, bíblicos y literarios. La poética subversiva y renovadora de Rojas Herazo se instaura con el componente de la tradición y herencia del legado más antiguo de la poesía que nació en Long Island, en 1819 y falleció en Nueva Jersey 1892. Walt Whitman, el profeta de la complejidad de lo realmente simple aparece encendiendo las lámparas en el comedor de nuestra casa. Traza con su extraña energía que brota de sus testículos la oración al persignar los bolsillos de los obreros. Y luego como un hombre viejo se sienta en el comedor y habla frente a nosotros.

 El tiempo no llega cansado simplemente viaja a otros sueños, el poeta o el profeta viene a anunciar el evangelio. Entre la alegría o la prolongación del destrozo siempre está el recibimiento de las palabras del hombre.

Según la crítica peninsular de Luis Rosales y Félix Grande, el Walt Whitman de Rojas Herazo supera, por su hondura e intimidad, al de Darío: “En un país de hierro vive el gran viejo, / bello como un patriarca, sereno y santo. / Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo / algo que impera y vence con noble encanto (RUBÉN DARÍO, “Walt Whitman”, Azul (1888), en Poesías completas, Madrid, Aguilar, 1968, pág. 538); así como también supera al de García Lorca, aunque este último posee también una singular pasión y fuerza: “Ni un solo momento, viejo hermoso, Walt Whitman, / he dejado de ver tu barba llena de mariposas, / ni tus hombros de pana gastados por la luna, / ni tus muslos de Apolo virginal, / ni tu voz como una columna de ceniza; anciano hermoso como la niebla / que gemías igual que un pájaro / con el sexo atravesado por una aguja” (FEDERICO GARCÍA LORCA, “Oda a Walt Whitman”, Poeta en Nueva York (1929-1930), en Obras completas, Madrid, Aguilar, 1966, pág. 522).

 

WALT WHITMAN ENCIENDE LAS LÁMPARAS EN EL COMEDOR DE NUESTRA CASA

IV

Por eso queremos ahora

que sacudas tus zapatos a la puerta de nuestra casa.

Que reconozcas el umbral

y escojas tu sitio

y los rumbos futuros que has de trazar

                                                             entre nosotros.

El dibujo de tu rostro nos recuerda

                                                    el más largo camino

y queremos por eso ofrecerte las viandas

                                                                 que sosiegan.

Porque un hombre no es solamente

la alegría o el cansancio o la maldición

de unos meses o un año

o los años que entretejen su vida.

Un hombre es el cansancio o la alegría

o el destrozo de su prolongación,

el cansancio de sus palabras

y la alegría de sus palabras en la llaga o el espasmo

o simplemente la necesidad que de su luto

                                                                      y su sueño

tuvieron otros sueños para vivir.

Te recibimos en tus palabras como un hombre.

En tus palabras que tienen la respiración

                                                           de tu epidermis

y el murmullo de tu habla

cuando nos llamabas entre el boscaje

                                                     de tus días terrestres.

queremos ahora, tus músculos forrando

                                                  tus costillas y tu pecho,

la viviente historia de tus mejillas,

la extraña energía de tus testículos

                                                cuando mirabas el alba,

la oración con que persignaste los bolsillos

                                                                  de un obrero

y la música que escuchaste en las bielas

y el quejido de un soldadito de diez y ocho años

cuando te mostraba, expirando,

a su madre acurrucada en el cañón de su fusil.

Todo esto es lo que vemos y queremos de ti

                                                                  ­_ ¡Oh Walt! –

con tu silueta de pariente en una silla de la casa,

con tu peso y volumen de hombre bueno

comiendo y hablando frente a nosotros.

 

Todavía hay cosas más simples,

más secretas y simples, más duras todavía,

que te iremos contando mientras crecen los niños

y el sol seca la ropa en el alambre del huerto

y nuestra hermana pule dulcemente

                                                el vidrio de los retratos

o sacude polvillo dejado por los insectos

en un rincón de la alacena.

Nos pondremos en paz, hermano Walt,

en esa paz oscura donde hablar

                                                   es tomarse las manos

y esperar en silencio que regresen las lámparas.

Después saldremos a la plaza y ayudaremos

                                                                a la multitud

a sembrar el follaje de un futuro estandarte.

después juntaremos nuestras voces en una sola voz

y nuestro aliento en un solo latido.

Porque es necesario que anunciemos tu llegada.

Y es necesario, también, que todos acudan

a entibiarse en el fuego que ilumina tus hombros. (Herazo, 2004, pp. 182-183- 184).  

 

SENTENCIA

 

La baba te dará su miel oscura.

El carbón tiznará tus hombros claros.

El agua amasará tu sacrificio

sin apagar tu sed ni aplacar tu amargura.

 

Tendrás humores pues tendrás un cuerpo.

Pisarás firmemente con tu efímero polvo.

Negarás tantas veces que serás afirmado

de lo mismo que niegas y lo mismo que huyes.

 

Nadie dirá: “lo he visto, lo he tocado en su centro”.

Vivirás prisionero de tu ser escondido.

Dudarás de ti mismo, sufrirás, de tus ojos,

cantarás sin que nadie te mitigue la frente.

No alzarás la mirada ni pedirás sosiego.

Ni paz a tus pulmones ni reposo a tu sangre.

No dirás: “he vivido, dadme un poco de olvido”

porque la luz está sellada con tu nombre.

 

Arderás, lucharás, comerás de tus codos.

El luto ceñirá tu esplendor ceniciento.

Tu eternidad y espacio te colman y saludan:

Expiarás para siempre el haberte encendido. (Herazo, 1956, pp. 121-122).

 

 

Desde la luz preguntan por nosotros del poeta Héctor Rojas Herazo es un libro que empieza a nombrar la materia y luego se traslada en El archipiélago de oro, que es la alusión al mar como un epicentro de desafíos, furia y tempestad que en algunos momentos se eleva para arremeter contra el hombre. Después el transito llega al Rey de alcoba en donde lo simple y monótono de la vida alcanza la revelación de sus angustias dentro de la alcoba con un tono humano por la construcción del lenguaje poético. Nausícrates el habitante de Tolú Sucre, habla de sí mismo con una elocuencia pausada, prosaica que permite observar detenidamente los giros de efecto hacia el monólogo interior al preguntarse por la vida, la muerte, la sensualidad que siente entre el deterioro de los días cuando transcurren con la pasividad del mar en calma.

 

Y finaliza con Medusa y el huésped  retomando el mito bíblico, las leyendas mitológicas y la cercanía del verso como una conversación cuando Walt Whitman se sienta en el comedor de nuestra casa para sacudir el polvo de cien años. Aunque la obra manifiesta varias temáticas siempre su poética está atravesada por la imagen agresiva y renovada rompiendo las estructuras del estilo que aún no se habían atrevido sus contemporáneos a explorar. Y para cerrar con un broche de cobre su poética anuncia su sentencia como una letanía cargada de agujas incendiarias para clavarse en el lugar más recóndito del alma.

 

LISTA DE REFERENCIAS

Herazo, R. H. (1956). Desde la luz preguntan por nosotros. Bogotá: Editorial Kelly.

Herazo, R. H. (2004). Poesía rescatada 2. Héctor Rojas Herazo. Obra poética 1938-1995. Estudio preliminar y notas de Beatriz Peña Dix. Bogotá: Imprenta Patriótica del Instituto Caro y Cuervo Yerbabuena.

Herazo, R. H. (2002). Señales y garabatos del habitante. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, Colección de autores nacionales, 1972. 2ª ed., Sincelejo, Unión de escritores de Sucre, 2002.