Alforjas sobre el ensayo

1

 

Nadie duda en reconocer a Michel de Montaigne como el fundador del ensayo. Se señala como un acto preparado con antelación el nombre que dio, en 1580, a su libro: Les Essais. De otro lado, está el proyecto ensayístico de Bacon, contrario a la subjetividad del ensayo de Montaigne. Algunos, por otra parte, se arrojan a la descripción inmediata del ensayo en función de su etimología.

‘Ensayo’. Análogo al francés essai: (nombre) prueba, experimento, intento. Del latín exagium: (nombre) acto de pensar; (verbo) meditar, examinar la propia mente.

Otros se lanzan a enunciar alguna función implícita del género, como confesarse, persuadir, informar y crear arte. Otros, como Rojas Ortiz, señalan una descripción aparatosamente segmentaria, según cuál sea su finalidad pragmática: descriptiva, narrativa, expositiva y argumentativa; en últimas, un modelo solo aplicable en una abstracción teórica, como ocurre con la teoría de gases ideales. De otro lado, desde la nación mexicana, se señala al ensayo como el ‘centauro de los géneros, así como otros lo tildan de género y otros de archigénero.

Imbert, por su parte, recuerda los juegos con que Eneas honró el sepulcro de su padre. Para él, el ensayo, en esencia, se dibuja en la acción del arquero Alcestes, el vencedor. “Alcestes disparó al aire y su flecha ardió entre las nubes como un astro fugaz”. Y concluye: “¡La flecha en el aire, ardiente y efímera, no la posesión final de un blanco atravesado!” (Imbert 344) Esta es, pues, la esencia del ensayo. Se trata de una combinación armónica entre la poesía y la argumentación, sin fines esencialmente exactos. Por el contrario, sus fines se acercan más a los campos de la provocación, de la estimulación y de la disertación.

Pues bien, el ensayo es un género condenado a vivir bajo tierra. Es a veces difícil de avistar en condiciones normales; vive en madrigueras, se mueve y se desarrolla a la vista de nadie. Posiblemente, algunos lectores hayan alcanzado la muerte sin percatarse de su existencia. Y no es extraño que así suceda. El ensayo es el topo de los géneros, por fuera y a condición de su esencia. Solamente cuando abandona su madriguera y se lanza en acción, toma la forma de esa saeta prodigiosa que se dispara para incendiarse en los cielos. Mientras tanto, el ensayo es un género condenado a moverse bajo la tierra, por el conjunto de detractores de su libertad, de su método y su forma. Sus acciones lo impulsan al disfrute del conocimiento, y la experiencia de la diversidad contenida en él. Por el momento, en virtud de su condena, pasa de ser el “centauro de los géneros” a ser el “topo de los géneros”.

La primera evidencia se encuentra entre las bolsas de viaje. Lo más lógico es que un viajero se acompañe en un tren de la lectura de una novela: “Nadie compra poesía para viajar en ferrocarril”, señala Neruda. Y si la novela, para Neruda, al lado del poema, es un bistec; la poesía, al lado del ensayo, también lo es. Resulta lógico que nadie compre un libro de ensayos para lanzarse al ruedo de un viaje. Y no es gratuito que sean los dos géneros más íntimos los condenados al ostracismo del buen viajero. Aunque el ensayo ha sido relegado, más que cualquier otro género, al sótano de los olvidos, de la incredulidad, la puerilidad y la superficialidad. Por el contrario, la poesía, aunque medianamente condenada, se considera el género de gentes que habitan las bellas letras, el género de lo sublime, la madurez del espíritu creador adornado de musas y genius.

Por lo tanto, el ensayo, como es de esperar, goza de una infausta maldición. El ensayo es un género maldito entre los géneros literarios, relegado al olvido o, como a otros tantos a quienes han arrebatado su valor, condenado a una suerte prometeica del sufrimiento eterno, a causa de llevar la llama al hombre. Ha sido sumido en el campo más cruel de una muerte que no le corresponde. Así, el ensayo es el Prometeo de la modernidad. Y, de otro lado, a razón de sus virtudes, el ensayo se ha vestido de mujer.

Detengámonos en esto último. Se cuenta que luego de la dificultosa conquista de Ilión, Agamenón tomó entre su botín a la hermosa Casandra, hija de Príamo y Hécuba, a quien Apolo concedió el don de la adivinación del porvenir, y la privó del don de la persuasión. Se cuenta que sus advertencias nunca alcanzaron el feliz término, tal como su propio destino. Advirtió a Agamenón que al regresar a su patria sus parpados no se levantarían de nuevo. Sus palabras, como tantas veces, retumbaron como una tormenta en oídos sordos; y al llegar a su tierra, Agamenón fue muerto por Clitemnestra.

Al ensayo lo han sumido las fuerzas de sus enemigos en una condición de lejanía; se le ha privado la posibilidad de persuadir. Es un género que busca la verdad, pero en la marcha se vale de métodos cargados de la más profunda libertad; pasa por alto el método de las ciencias académicas y la filosofía profesionalizada. Pero, con todo, a través de su argumentación y el orden de la información, el ensayo logra persuadir, por medio del recurso noble del diálogo. Lo que ocurre es que a sus enemigos les cuesta creer que la episteme está por fuera de sus métodos.

 

2

Una parte de los enemigos del ensayo se esconde entre aquellos profetas de un rebaño confundido, esos que han tomado la forma de antiguos oráculos, donde pocos son elegidos para entenderlos. Se desviven en su amor a la ciencia y al conocimiento, mientras sus palabras pasan de largo en la conciencia de las masas. Y no pienso que esté necesariamente mal. Siempre hay espacio para los que apuntan al blanco en el estilo anglosajón y los que lo decoran con el estilo francés. Al contrario, la escritura abre el camino a todo aquel que la busca para dormitar en su seno. Por ello lamento que entre los oráculos se pueda hallar el primer grupo de doctos que condena categóricamente el ensayo por su esencia epistemológica.

Sus razones pueden encontrarse en el pleno de la consolidación de su identidad, en el seno del paradigma positivista, que, a nuestros días, nos deja los rezagos de su doctrina. “Los doctos lo despreciaron o, por mejor decir, se detuvieron en la diferencia de los géneros defendiendo el profesionalismo del saber” (Starobinski 33). Esto no ha hecho más que plastificar la mezquina pequeñez provinciana del conocimiento. Se trata de la excesiva especialización del conocimiento que ha forjado una raza de hombres que dormitan exclusivamente en el seno de un objetivismo fronterizo, más fuertes que las forjas de Hefestos, en el cual nadie puede discurrir en inquietudes o planteamientos epistemológicos plurales que puedan convertirse en algo significativo para todos. Nadie, nadie..., nadie.

En el paradigma positivista, la universidad y la academia lo rechazaron con tal grado de arrogancia, en virtud de los trazos de las reglas inquebrantables de la investigación, “arrojándolos a las tinieblas exteriores a riesgo de prohibir, a la vez, el brillo de su estilo y las audacias de su pensamiento” (Starobinski 33). De tal manera que la historia de la identidad del ensayo no es más que la historia del ostracismo que, sin duda, perdura hasta nuestros días. Y no es extraño que se abrume en señalamientos al ensayo y a su autor, pues, como dice un viejo amigo, “la universidad ha creado a sus propias autoridades, sus propias figuras pontificales”[1], en las que no hay lugar para el método, la libertad y la poética del ensayista.

Y con ello, se trata en primer término de una sospecha de superficialidad en el trabajo ensayístico. Lo que ocurre, señala Imbert, es que pervive el prejuicio sobre el cual un ensayo es un balbuceo de algo que no se conoce, y, por tanto, no es tan digno como un tratado, pero “la historia del ensayo no nos muestra un limbo de indecisos o aprendices, sino de una rotunda asamblea de espíritus que se sentían seguros, ingeniosos y cabales” (Imbert 346). Basta recordar las primeras huellas de su desarrollo. Platón, en El Banquete, dispone a maestro, aprendiz y poeta en una cena adornada de la música de un aedo; todos procuran un acercamiento conceptual al amor. Sus juicios se detienen en la narración de la vivencia, en el diálogo y la divinidad, y todos ellos obedecen a un fuero mediático de la experiencia, de la interiorización del conocimiento subjetivo. Pese a ello, ejercen, y nadie dudaría que se trata del ejercicio filosófico. Estamos en otros tiempos, dirán hoy, y es completamente cierto, pero solo aciertan en eso. ¿Hoy acaso no se ejerce la filosofía en el seno de la experiencia directa en el fenómeno? ¿Acaso el ejercicio filosófico necesariamente es el que se hace hoy, bajo los parámetros estructurales de hoy? Filosofía es una cosa; filosofar, otra.

En efecto, los hombres —ahora y desde el principio— comenzaron a filosofar al quedarse maravillados ante algo, maravillándose en un primer momento ante lo que comúnmente causa extrañeza y después, al progresar poco a poco, sintiéndose perplejos también ante cosas de mayor importancia, por ejemplo, ante las peculiaridades de la luna, y las del sol y los astros, y ante el origen del Todo. Ahora bien, el que se siente perplejo y maravillado reconoce que no sabe. (Aristóteles 76)

Se trata del reconocimiento de la admiración y la ignorancia como móviles de formulación filosófica de problemas, por supuesto, contenidas en el género. De la misma manera sucede al ensayista: es un ser humano que se admira en la marcha de la experiencia y se formula un problema que bien busca resolver a través de la indagación individual, de la introspección de yo, de las ideas del pasado, del presente, de la digresión. Rompe las barreras de la práctica y la teoría, y las reformula. Es decir, se reconoce parcialmente en la ignorancia y la reconoce en su experiencia, luego, se enfrenta de cara a ella, y busca, a su vez, que su lector se reconozca en ella y se enfrente a un camino, de cara a un tema trazado en el ensayo. De tal manera que el grado de subjetividad que abraza el arma del ensayo es el grado primigenio del conocimiento: la experiencia y el reconocimiento del yo en ella, claro está, sin pretensión hedonística, autista o egocéntrica; y la impulsa a un grado mayor de objetividad, en el conjunto de las ideas y la cultura del pasado y el presente. Frente a tal fenómeno tantas veces condenado por los que hacen de la ciencia una labor cientificista-oracular, yace el ensayo.

 

¿Por qué no se ensaya en su casa en vez de ensayarse en público?” (Imbert 346).

 

El ensayista sopesa un tema cualquiera en la experiencia viva de sí mismo en movimiento, es el personaje de su propia obra, quien busca a sus lectores, para acogerlos en su universo y su forma. “El matiz objetivo, en todo caso, es la conciencia que el ensayista tiene su actitud subjetiva” (Dido 44). El ensayo es la obra temática del universo individual del autor, con intensión expansiva hacia el universo individual del lector. Allí reside el grado subjetivo de la labor ensayística, que, a su vez, esconde el grado de su matiz objetivo. De tal manera que el ensayo es un género público; ha bajado el fuego a los mortales para incendiar dioses en su diálogo. Por ello, puede no ser extraño que su condena nazca de quienes dormitan todavía en el Olimpo del conocimiento y el dogmatismo academicista. Para ellos, el concepto está sobre el individuo, para el ensayista, el concepto es creación del individuo en la experiencia, no puede aislarse de él.

Se cree que individuo y colectivo son antagónicos, que hablar del primero es anular al segundo. Pero nuestra especie nunca puede aislarse de tal manera. La individualidad es lo personal entre lo colectivo. El hombre no puede vivir sino a condición de establecer relaciones entre hombres y la naturaleza, por eso el grado de subjetividad del ensayo no es más que la indagación individual construida por la condición de vivir en relación con todos los elementos del mundo, que, a su vez, deviene en el desarrollo de lo objetivo. “El ejercicio de la reflexión interna es inseparable de la inspección de la realidad exterior” (Starobinski 36). Entonces, la subjetividad y la objetividad tienen una relación dialéctica; están en constante relación y pugna. Al menos, la reflexión interna de un elemento particular se convierte en realidad de la que no es ajena gran parte del conjunto de la sociedad. Por ejemplo, cuando de amor se trata, de la muerte, del chisme, del sexo, de la política, de los valores, de la moral, de los celos, en fin, el yo personal e individual se convierte de golpe en un todo que se entrega con nobleza al otro, y reconoce que el otro, como él, también ensaya.

Desde luego, en virtud de su “ensayarse en público”, el ensayo es entonces un buen amigo. Ensayarse es dialogar, y allí radica una de sus más grandes experiencias. Se para sobre temas de gran importancia, sin distinción para condonar una deuda primigenia de la filosofía, la Duda, la Fenomenología y el Diálogo. Le ha sido otorgado el don de la libertad espiritual y la capacidad de la memoria y la experiencia. Cualquier tema menor es importante: Montaigne ensayó sobre los dedos pulgares, Mariátegui sobre el Chaplin y el oro, Borges sobre un auditorio y los sueños. Ninguno es menor. Por ello, el ensayo es capaz de establecer un diálogo ilimitado con lo marginal y lo aclamado. En donde busca no solo persuadir a su interlocutor, sino desafiarlo a una lucha sin tregua; declara abiertamente que sus objetivos no son otros que el conflicto espiritual, pivote de la condición humana. El ensayo, por tanto,  no puede existir sino a condición de dialogar, “Uno explica y el otro se confiesa” (Skirius 10). Por eso, considero que esta es su característica más relevante.  

Miremos un ejemplo dictado por el profesor Carlos Mario González sobre el amor. González alguna vez se preguntó de qué manera podría explicarse adecuadamente el amor y quiénes podrían hacerlo. Es un tema general, divulgado entre la experiencia de la cuna a la muerte. El amor es eso que todos conocemos y nadie puede explicar con el grado de las ciencias exactas sin caer en el riesgo del ridículo. Y aquí la ciencia juega a encerrarse en su laboratorio, más Carlos Mario González sale al ruedo y se cuestiona, en el juego de la experiencia. ¿Cómo puede explicarse el amor desde la neurociencia si es en realidad una estructura poética, un mecanismo de excepcional de idealización? Y aquí es donde las figuras “católicas de la universidad” surgen efecto. El amor, dinámico por excelencia, en transformación constante en virtud del grado de desarrollo de las sociedades; para ellos no es lo que la experiencia dicta, sino lo que la episteme determine. Por eso, el ensayo es el buen amigo, es el diálogo de las experiencias de unos y otros que buscan persuadir y apelar a la experiencia para convencer, motivar, y como si fuera poco, desafiar.   

Si tenemos un problema con la programación de canales televisivos, continúa González, ¿acaso acudimos a un técnico para que indague en el televisor lo que reside en la programación? No, el amor se indaga desde la multidiciplinariedad, en la experiencia propia y en el curso de sopesar los argumentos, en el fuero interno del ensayista. Donde se descubre que puede hallar los principios generales del amor, del amor en sociedad, del amor religioso, del amor mitológico, del amor determinado por la experiencia y el saber del individuo, por ejemplo, en la escena amena de un banquete como el de Platón.

Por todo esto, el ensayo, como señala Efrén Giraldo, es un género de grandes riesgos, busca nuevas perspectivas, nuevos datos, es capaz de desentrañar lo que se considera olvidado y, a su vez, sepultar con una aguda demostración la banalidad de una teoría o concepto considerado en gran estima. Su laboriosidad, por tanto, lo pone de cara a un eventual fusilamiento por parte de su lector, o, de otro lado, de los detractores del género. Todo ello porque el ensayo le propone al hombre una pregunta: “¿No ha sentido usted a veces la imperiosa necesidad de registrar un pensamiento que se escapa?” (Giraldo 69). Por supuesto que la academia también propone la misma pregunta, pero su naturaleza burocrática le señala que para no dejar escaparlo debe sistematizar los resultados, crear herramientas de corroboración, etcétera, etcétera, sustentarlo a través de voces autorizadas, etcétera, etcétera… El ensayo, por su parte, impulsa al hombre a crear su método de investigación, el orden de la información y la jerarquía de los argumentos. No pide permiso para hablar, no solicita la aprobación de autoridades, más que la autoridad de la experiencia de él y de sus lectores.

 

3

Ahora, piénsese en el ensayo latinoamericano del siglo xx, donde un Martí advierte de ese coloso imperialista de siete leguas, o, donde un Neruda discurre sobre el mapuche chileno, y un Mariátegui, el padre del marxismo latinoamericano, discurre, por su parte, sobre la situación política peruana. ¿No es acaso, con las características anteriores, el ensayo un ejercicio perfecto para la agitación política? El gusto por los temas marginales y el plus de su forma y el arma retórica permiten crear una convulsión del conocimiento que metamorfosea al panfleto, al periodismo político hacia las aguas indomables del clímax ensayístico. 

Abordemos un ejemplo para ilustrar la incapacidad de convulsionar, y otro que sí cuenta con esta capacidad. Se trata, el segundo, de uno de los libros que a sus 150 años sigue facturando y agotando los tirajes, y otro, el primero, un libro olvidado: El manifiesto del partido comunista y Principios del comunismo, respectivamente. El primero goza de una gran capacidad de convencer a sus lectores de entender el mundo y transformarlo con ayuda del materialismo histórico dialéctico, a través de una glosa magistral, un martillazo, más que político, retórico; y de otro lado, están los Principios del comunismo, una serie de preguntas concretas y por lo mismo carentes de toda convulsión. Ahora, si nos preguntamos por qué nadie lee los principios del comunismo de Engels, sin duda llegaremos a concluir que, en la forma, más que en el contenido, está el arma. Y esto, muy bien lo entienden Marx y Engels: la necesidad de aprender el arma retórica del ensayo.  

Al acento lírico que recae en todo buen ensayo. (Urriago 130)

Más que un simple artilugio, es un arma de comunicación. Se trata, pues, de “una obra de arte construida conceptualmente; es una estructura lógica, pero donde la lógica se pone a cantar” (Urriago 130). Es, como dijimos anteriormente, una saeta que apunta a un tema y levita alrededor de él antes de dar al blanco, se incendia en su camino y se convierte, pues, en un camino lógico que canta, una oda al y del intelecto. Y esta preocupación nace del grado de importancia que atribuye al diálogo de lograr armonizar la lectura, de preocuparse por el lector. Por ello, vamos a dejar de lado a los inaccesibles oráculos, para introducirnos en su forma, el segundo flanco de ataque al ensayo.

Alguna vez hemos oído decir que uno u otro texto es fácil de leer. Pero ¿por qué es fácil de leer? Existen dos formas de hacer accesible un texto. La primera, estupidizar al lector y, en virtud de ello, colmarlo de artificios lógicos domesticados que no son menos que estereotipos. Se lo trata con tan falsa ternura, que cada texto da la impresión que no oculta nada, que no somete al lector a la necesidad de desentrañar entre líneas lo que puede hallarse oculto. Y cuando de ellos se dice que cualquiera puede entenderlos, no es menos que mirar al lector con el rostro de una madre que ve arañar los primeros pasos de su bebito. La segunda, ensayar en la forma.

El ensayo, por su parte, condena la ingenuidad. Aboga por un carácter crítico-dialógico: un combate sin tregua entre dos interlocutores que se reconocen ignorantes en el proceso de conocer. Luego su forma no es el equivalente a facilidad; es un desafío, al tiempo que es un recurso de accesibilidad del lector al trazo lógico y epistemológico del tema trazado. Es el lugar donde la lógica canta, donde el intelecto se hace poema. Es una la dialéctica del escondido que se esconde para ser encontrado. Desafía a buscar, a desentrañar en la lógica del texto algo más allá de lo aparente, pero, de la misma manera, traza el camino de antorchas y piedras hacia el encuentro. 

A todas estas, es imprescindible indagar sobre la forma en el ensayo. Para Skirius se trata de crear arte; pero vamos a mirarlo con detalle, no con el fin de desgastar las líneas en procurar la definición de ‘arte’, sino a fin de evaluar la idea viciosa que descansa en el sentido común. Si vemos que el ensayo es una confesión, una experiencia con el mundo, un proceso reflexivo y dialógico que despierta y dispara la discrepancia en el lector, de qué manera eso que llamamos arte aleja al lector y al escritor del ensayo. Eso que los aleja no es más que otro grupo de simpatizantes y, aunque no lo sepan, de doctos. Para muchos el arte es eso tan sublime y selecto para los que pocos son elegidos. Por tanto, el ensayo no es un género adecuado para las gentes. Y de ninguna manera es así. Eso que llama Skirius una forma de arte no es más que la preocupación por la forma del ensayo; se trata de una experiencia bella, un diálogo de enamorados.

En una clase, durante la presentación de un proyecto, uno de mis profesores frunció el ceño al oír la palabra ‘ensayo’ junto a la palabra ‘bachilleres’. Prefiere creer que para el ensayo hay que graduarse de un programa de literatura –de ser así, el ostracismo sería una virtud frente a su estado de extinción–. El ensayo es de todos y para todos. ¿Acaso el diario no es una forma, digámoslo, amateur de ensayarse? Creyó ese profesor que crear arte es para los “doctos de la literatura”; pero ¿qué lo obliga a pensar eso? Lo que para unos es superficialidad en la consideración de conocer, para otros es la incapacidad del lector de desenvolverse.

Algunos piensan que la forma bella está exclusivamente en la metáfora perfectamente elaborada, y desaciertan. ¿Acaso una metáfora agradable no ha podido nacer de un joven principiante? Por eso mismo pretendo cambiar aquello de ‘crear arte’ por hacer un diálogo ameno y bello. Es mejor. De esta manera la servidumbre profesoral, y aunque cueste creerlo, de literatura, se permitirá acceder a lo que en vano creían las aguas turbias, tan cercanas a la muerte, para sus estudiantes.

En la literatura, cuando se piensa en poesía, en arte, lo primero que acude es la imagen de las harpías que llevan por nombre ‘metáforas’. Y nuevamente se cree que solo pueden ser creadas por hombres de otros tiempos, tan sublimes y sagrados, tan inaccesibles, hechos por poetas capaces de “crear arte”. Pero… ¿alguien ha escuchado una entrevista de Juan Rulfo? O, de otro lado, ¿alguien ha escuchado hablar a Neruda de literatura? No hay formas refinadas, no hay frases elaboradas por aquellos invisibles que escriben libros. Basta oírlos para comprender que aquellos que forman arte son tan comunes como nosotros mismos. De la misma manera sucede al ensayo, o más bien, a la belleza. Se hace preciso desmitificar la creación de la belleza, que no es más que el trabajo de un hombre intrépido entre las palabras, los colores, los sonidos y los movimientos. Claro que hay trabajo en eso; pero no por ello es necesariamente imposible comprenderlas y producirlas.

El ensayo goza de tal grado de nobleza, que la metáfora no es la única forma de crear la belleza en su género. Para Imbert es “poetizar en prosa”, o el lugar “donde los conceptos suelen brillar como metáforas” (Imbert 147). Pero va más allá. De lo que se trata es de ensayarse, de tener una constante preocupación por la forma y el contenido. Como la combinación de colores, cada uno por separado anula su belleza, pero unidos abandonan sus principios para volverse un todo bello.

Por ejemplo, un enamorado que a solas procura palabras lindas para su amante sabe que no basta con recitar los versos de Virgilio o de Quevedo; él se engalana de fragancias y de un buen vestir. Entendamos la forma bella del ensayo de esta manera: es un buen vestir. El ensayo es un buen muchacho, agradable y buen conversador, un buen mozo. De otro lado, las fragancias son recursos que vienen a ser las anécdotas, historias, y relatos que acorralan al lector hacia donde el ensayista quiere ser hallado. De allí que la belleza no está necesariamente en la metáfora, y esto aplica para cualquier otro género literario: la belleza está vestida de otras formas. En el género ensayístico, la digresión, por ejemplo, es una estratagema que simula “que nos apartamos deliberadamente de la materia que era la principal, para producir un efecto estético en la memoria, una vez volvamos al cauce” (Giraldo 72). Es una fragancia que, dinámica, dota al discurso de una intensidad múltiple, vistosa y dinámica.

Con lo cual el buen vestir y una agradable fragancia son las formas bellas que nutren al ensayo de una capacidad de persuasión y de gusto por el conocimiento, el dialogo y la filosofía. Entonces, se trata de una combinación armónica de las palabras, que de buen grado conducen, como un buen enamorado, al borde de los labios. ¿Acaso no todo el mundo tiene la capacidad de engalanarse?

Es por ello que llamo serviles a una raza de profesores que se desviven entre los versos de las bellas letras, mientras miran con desdén a aquellos que buscan crearlas en el ensayo y la poesía. Vale la pena categorizar a cierto tipo de profesor de literatura, al mal profesor de literatura del que he venido hablando. Uno, el que se la juega dentro de la literatura y estupidiza al estudiante, creyéndolo incapaz de comprender y crear; y otro, el ingenuo que niega la enseñanza del ensayo, a razón de su incapacidad para comprender el género. En cualquier caso, el ensayo, al menos en la academia, es un topo al que no han dejado ver la luz; y no se adivina muy pronta su salida.

Para terminar, me gustaría señalar que la verdadera preocupación por el lector es una verdadera introducción a cualquiera de los géneros. Y, en este caso, al ensayo, que se preocupa, se inquieta y despierta un gusto por la labor de filosofar, de conocer; de hacer del conocimiento una fiesta de bellas inquietudes, porque sin inquietud no hay ensayo, no hay filosofía, no hay poesía, no hay gusto por conocimiento. Y el ensayo deplora estas visiones dogmáticas y religiosas de la belleza y el saber, más bien apunta hacia una secularización de la sociedad académica. Entre tanto nos preocupamos por el ensayo y arrancamos la ciencia, la filosofía y la belleza de sus creencias formales, y las disponemos como la llama que ha robado Prometeo.

 


 

[1] Verdaderamente me lo dijo un amigo. Está modificado por mí.

 

 

Referencias

 

Giraldo, Efrén. Cartas a una joven ensayista. Medellín, Colombia: Colección Ediciones Eafit.

Imbert, Anderson. Los domingos del profesor. “Defensa del ensayo”. Buenos Aires, Argentina

Starobinski, Jean. “¿Es posible definir el ensayo? En Cuadernos Hispanoamericanos. Madrid, n.° 575, 31-40.

Urriago, Hernando. Ensayo poético argumentativo. Hacia una didáctica de la escritura del ensayo. Revista Poligramas, n.° 26, 127-142.

Skirius, John. “El centauro de los géneros”. En El ensayo hispanoamericano del siglo xx. México D. F., México: Fondo de Cultura Económica. 

Dido, Juan Carlos. “Ensayo sobre el ensayo”. En Cuadernos Hispanoamericanos. Madrid, n.° 656, 41-47.

Aristóteles. La metafísica. Madrid, España: Gredos.

Neruda, Pablo. García Márquez, Gabriel. (18-04-14). Gabriel García Márquez entrevista a Pablo Neruda [Archivo de video]. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=1520QZIclmI

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